Los medios de comunicación contaban esta semana que Isabelle, la primera mujer en el mundo a quien se hizo un trasplante parcial de cara, podía ahora sonreír. Su vida, sin la desfiguración sufrida por la mordedura de un perro, le promete otra oportunidad de ser feliz.
Cuando se aproxima un nuevo año, a menudo pensamos en lo que vendrá y planificamos. Es un buen momento para decidir si mantenemos las desfiguraciones del propio rostro o nos hacemos un transplante de cara que permita la aparición de una sonrisa de paz.
En todo orden de cosas, existen perros que hieren, con o sin conciencia de lo que hacen, y a veces dejan huellas que amargan la existencia. Las marcas son difíciles de borrar y condicionan en muchos casos la vida futura. El problema es decidir si destinamos el resto del tiempo a analizar con amargura lo que sucedió. A pensar qué hicimos para merecer ese castigo. A determinar cuál fue realmente el perro responsable. A juzgar si era malo o mordió obedeciendo a su naturaleza. O, por el contrario, aceptamos someternos a un transplante y dejamos el rostro feo en el pasado para mirar hacia delante intentando darle belleza.
A veces, como en el caso de Isabelle, se requiere de una gran valentía. Primero se debe perdonar al perro, pensando en el propio bienestar. Comprender o al menos aceptar que lo sucedido ya pasó y admitir la propia responsabilidad, en caso de que exista. Sólo después de aquello se siente ese alivio que permite dejar las cicatrices en el pasado.
Poco se logra con destinar nuestras energías a sufrir recordando. Asumir la realidad de lo ya vivido y buscar una solución lo más satisfactoria posible es lo que permite volver a sonreír, como sucedió a Isabelle. Vale la pena intentarlo en un nuevo año tanto en lo personal como en lo social .
viernes, diciembre 29, 2006
domingo, diciembre 03, 2006
Pistolas y temores
Algunos periódicos nacionales han destacado en estos días dos temas que dan que pensar: el aumento en la compra de armas y el crecimiento del negocio de la seguridad personal, a través de empresas que ofrecen guardaespaldas, para que los hijos vayan a carretear o las mujeres se sientan más protegidas.
Al leer los mencionados artículos me dio la impresión de estar en un país de bandoleros, donde las personas no pueden circular por las calles ni tampoco permanecer tranquilas en sus casas, si no tienen pistolas para recibir con balas a cualquier visitante inoportuno.
El miedo a los posibles asaltos o ladrones parece ser la consecuencia de una larga campaña del terror realizada por ciertos medios de comunicación que dedican gran parte de sus noticieros a la prensa roja.
Si bien existen casos de delincuencia, algunos bastante audaces, no son el pan de cada día de la mayoría de las personas. Basta pensar cuántas personas de las que usted conoce han sufrido una experiencia de ese tipo.
Mostrar, caso a caso, los hechos de sangre publicando hasta sus más crueles detalles es una forma fácil de atraer el morbo y asustar a quienes no tienen una capacidad crítica. También una manera de captar audiencia o lectores, que disfrutan de la tristeza que produce el mal ocurrido a los otros.
Sin embargo, sembrar el miedo para crear la incertidumbre puede tener respuestas más graves que el problema inicial. Cada uno de los que cree estar en un mundo lleno de peligrosos malhechores, reacciona en forma diferente frente a esta realidad y no comprueba si esa situación es cierta. “Ya no se puede andar en micro-me comentaba una amiga- Dicen que andan, de a cinco, robando carteras”. Por eso ella nunca se moviliza en locomoción colectiva y no puede darse cuenta de que eso no es cierto. Yo lo compruebo diariamente, cuando ocupo estos servicios y puedo asegurarlo.
El miedo trae consigo no sólo el alza de las ventas de los medios informativos. Crea también un ambiente de inseguridad que hace que las personas busquen su propia defensa, comprando armas que no saben manejar y que lo más probable es que sirvan más a los asaltantes si las encuentran, que a ellos para defenderse.
Contar con guardaespaldas para que los jóvenes puedan ir a “carretear” hasta altas horas de la madrugada parece un poco exagerado. Mejor sería, sin duda, que los padres hicieran entender a sus hijos el peligro que significa andar en lugares donde se comercializa droga y se mueven muchos delincuentes para que eviten ese tipo de diversión.
La seguridad no existe en ningún lugar del mundo. Ésta es vulnerada hasta en sus más fuertes expresiones. Hemos visto cómo se puede matar a un Presidente de Estados Unidos, pese al aparataje de protección que tiene y, también, atentar contra el Papa.
Antes de invertir en armas o en guardaespaldas personales sería bueno preguntarse cuántos casos concretos de asaltos y robos conocemos y cuántas veces la tenencia de armas en las casas han hecho daño a los mismos propietarios por accidentes o mal uso. Podemos llevarnos una sorpresa.
También verifiquemos, reloj en mano, cuánto tiempo dedica la televisión a narrar casos policiales y recordemos la programación de antes. Es bueno tomar conciencia que es mayor la publicidad de los hechos policiales de hoy, que su aumento real.
Si bien conviene ser prudente en el actuar también lo es vivir tranquilo, sin aplicar la justicia por nuestras propias manos. Eso sería volver a los tiempos primitivos del “Ojo por ojo. diente por diente” , en que cualquiera mataba por venganza o por placer. En ese caso sin duda el remedio es peor que la enfermedad.
Al leer los mencionados artículos me dio la impresión de estar en un país de bandoleros, donde las personas no pueden circular por las calles ni tampoco permanecer tranquilas en sus casas, si no tienen pistolas para recibir con balas a cualquier visitante inoportuno.
El miedo a los posibles asaltos o ladrones parece ser la consecuencia de una larga campaña del terror realizada por ciertos medios de comunicación que dedican gran parte de sus noticieros a la prensa roja.
Si bien existen casos de delincuencia, algunos bastante audaces, no son el pan de cada día de la mayoría de las personas. Basta pensar cuántas personas de las que usted conoce han sufrido una experiencia de ese tipo.
Mostrar, caso a caso, los hechos de sangre publicando hasta sus más crueles detalles es una forma fácil de atraer el morbo y asustar a quienes no tienen una capacidad crítica. También una manera de captar audiencia o lectores, que disfrutan de la tristeza que produce el mal ocurrido a los otros.
Sin embargo, sembrar el miedo para crear la incertidumbre puede tener respuestas más graves que el problema inicial. Cada uno de los que cree estar en un mundo lleno de peligrosos malhechores, reacciona en forma diferente frente a esta realidad y no comprueba si esa situación es cierta. “Ya no se puede andar en micro-me comentaba una amiga- Dicen que andan, de a cinco, robando carteras”. Por eso ella nunca se moviliza en locomoción colectiva y no puede darse cuenta de que eso no es cierto. Yo lo compruebo diariamente, cuando ocupo estos servicios y puedo asegurarlo.
El miedo trae consigo no sólo el alza de las ventas de los medios informativos. Crea también un ambiente de inseguridad que hace que las personas busquen su propia defensa, comprando armas que no saben manejar y que lo más probable es que sirvan más a los asaltantes si las encuentran, que a ellos para defenderse.
Contar con guardaespaldas para que los jóvenes puedan ir a “carretear” hasta altas horas de la madrugada parece un poco exagerado. Mejor sería, sin duda, que los padres hicieran entender a sus hijos el peligro que significa andar en lugares donde se comercializa droga y se mueven muchos delincuentes para que eviten ese tipo de diversión.
La seguridad no existe en ningún lugar del mundo. Ésta es vulnerada hasta en sus más fuertes expresiones. Hemos visto cómo se puede matar a un Presidente de Estados Unidos, pese al aparataje de protección que tiene y, también, atentar contra el Papa.
Antes de invertir en armas o en guardaespaldas personales sería bueno preguntarse cuántos casos concretos de asaltos y robos conocemos y cuántas veces la tenencia de armas en las casas han hecho daño a los mismos propietarios por accidentes o mal uso. Podemos llevarnos una sorpresa.
También verifiquemos, reloj en mano, cuánto tiempo dedica la televisión a narrar casos policiales y recordemos la programación de antes. Es bueno tomar conciencia que es mayor la publicidad de los hechos policiales de hoy, que su aumento real.
Si bien conviene ser prudente en el actuar también lo es vivir tranquilo, sin aplicar la justicia por nuestras propias manos. Eso sería volver a los tiempos primitivos del “Ojo por ojo. diente por diente” , en que cualquiera mataba por venganza o por placer. En ese caso sin duda el remedio es peor que la enfermedad.
Consumidor alerta: Un seguro para reconocer la verdad
Frente a un gran titular de diario que dice: “Juan González es el peor entrenador de la Selección” una mayoría inocente piensa de inmediato que se afirma es cierto. Sólo los que entienden el proceso de la información, leen más allá y se preguntan: ¿quién dijo eso? ¿Le conviene al periódico donde aparece, que todos crean lo que allí se dice? ¿O venderá más ejemplares por poner esa aseveración? ¿Es Juan González, un opositor a ese medio informativo o lo ha ofendido de alguna forma?
Con frecuencia los lectores comunes no se cuestionan nada y creen a pie juntillas lo que se dice en letras de imprenta. El periódico afirma algo que tal vez dijo el peor enemigo del afectado y da lo mismo que sea o no la verdad. El medio no se expone a nada porque, en letra muy chica, aclara quien emitió esa opinión.
El problema para él o los afectados con este tipo de información es mayor si se trata de un diario de alta circulación o de una radio o canal de televisión de alta audiencia, porque serán muchos los que se queden con lo que allí se afirma: “Juan González es el peor entrenador de la Selección” sin pensar en quién lo dice.
La verdad como valor, importa poco hoy. Además, si se trata de discutir el tema, no faltara quién diga que ésta es subjetiva. Lo que para alguno es azul para otro es rojo. Sin embargo, hay hechos muy objetivos como el robo, el crímen y muchos más, que son verdades muy concretas.
Para reconocer cuál es la verdad de lo que se afirma, se requiere no sólo una formación más crítica del consumidor de medios informativos sino también que exista una representación variada de líneas de pensamiento y tendencias ideológicas en la información, lo que ya no sucede en Chile.
La concentración de la propiedad de los medios informativos en representantes de una sóla ideología no parece sana. Va en contra de la tan popular transparencia que se solicita en todo tipo de actividades y puede, por lo tanto, favorecer la corrupción. También hace posible condenar a inocentes sin posibilidad de defensa frente a la opinión pública.
El país requiere con urgencia mayor formación de los consumidores de medios informativos e idealmente, un mayor equilibrio de tendencias en los dueños de los medios de comunicación.
Sólo así, con un abanico de posibilidades de información, el lector podrá llegar a su propia percepción de la verdad que nace de escuchar, leer o ver el acontecer nacional desde diferentes miradas y seleccionar la que prefiere.
Con frecuencia los lectores comunes no se cuestionan nada y creen a pie juntillas lo que se dice en letras de imprenta. El periódico afirma algo que tal vez dijo el peor enemigo del afectado y da lo mismo que sea o no la verdad. El medio no se expone a nada porque, en letra muy chica, aclara quien emitió esa opinión.
El problema para él o los afectados con este tipo de información es mayor si se trata de un diario de alta circulación o de una radio o canal de televisión de alta audiencia, porque serán muchos los que se queden con lo que allí se afirma: “Juan González es el peor entrenador de la Selección” sin pensar en quién lo dice.
La verdad como valor, importa poco hoy. Además, si se trata de discutir el tema, no faltara quién diga que ésta es subjetiva. Lo que para alguno es azul para otro es rojo. Sin embargo, hay hechos muy objetivos como el robo, el crímen y muchos más, que son verdades muy concretas.
Para reconocer cuál es la verdad de lo que se afirma, se requiere no sólo una formación más crítica del consumidor de medios informativos sino también que exista una representación variada de líneas de pensamiento y tendencias ideológicas en la información, lo que ya no sucede en Chile.
La concentración de la propiedad de los medios informativos en representantes de una sóla ideología no parece sana. Va en contra de la tan popular transparencia que se solicita en todo tipo de actividades y puede, por lo tanto, favorecer la corrupción. También hace posible condenar a inocentes sin posibilidad de defensa frente a la opinión pública.
El país requiere con urgencia mayor formación de los consumidores de medios informativos e idealmente, un mayor equilibrio de tendencias en los dueños de los medios de comunicación.
Sólo así, con un abanico de posibilidades de información, el lector podrá llegar a su propia percepción de la verdad que nace de escuchar, leer o ver el acontecer nacional desde diferentes miradas y seleccionar la que prefiere.
martes, noviembre 21, 2006
Ética y educación: ¿se enseña con el ejemplo?
La cátedra de ética se enseña en la mayoría de las carreras de las universidades e institutos profesionales, lo cual es muy positivo. Sin embargo, ésta no siempre se aplica allí. Hay ocasiones en que se predica pero no con el ejemplo. Por eso conviene estar alerta y saber distinguir si la entidad que se escoge es realmente de ésas donde se actúa con ética o sólo se tiene ésta como fachada.
Es verdad que en un sistema de libre mercado cualquier persona o entidad puede ofrecer un producto o servicio y el consumidor tiene la libertad de tomarlo o dejarlo. También, que los precios se deben ajustar a la oferta y la demanda. Pero no es menos cierto que para que el sistema funcione bien, debe existir un consumidor informado. Por lo tanto, debe dársele a conocer a quién paga por cierta educación, lo bueno y lo malo que tiene lo ofrecido. Como esto no ocurre en forma natural, porque a nadie que hace un negocio le conviene decir lo malo de lo que ofrece, el consumidor debe preguntar a personas confiables y estar consciente de la necesidad de informarse antes de adoptar una decisión, cosa que en Chile no siempre ocurre.
En este momento, por ejemplo, algunas universidades e institutos profesionales ofrecen carreras que tienen copado su campo de trabajo, pero nadie difunde este problema. Lo saben los que ofrecen el servicio pero, pocas veces, quienes lo adquieren. Tampoco las entidades cierran las carreras sobre saturadas, como correspondería, si se considerara el punto de vista ético.
En muchas universidades e institutos profesionales, mientras existan personas que deseen inscribirse en el estudio de un determinada profesión, ésta sigue funcionando. No importa que éticamente no sea correcto, porque se defrauda al alumno, quién pierde tiempo y recursos, a veces muy escasos, ya que al terminar de estudiar no tendrá el trabajo esperado.
Para contrarestar la disminución de alumnos en estas carreras, se admite a quienes lo deseen y no a quiénes son aptos para ejercerla. Poco a poco, se baja la exigencia de puntajes de ingreso. Se eliminan los exámenes de admisión. Se otorgan hasta tres oportunidades, en algunas universidades, para que los alumnos aprueben sus exámenes: sí o sí. Y lo que es más grave aún, en las carreras que requieren de habilidades especiales para escribir, dibujar o cualquiera otra, éstas no se miden al ingreso, por lo que es casi seguro que el alumno se dé cuenta en medio de la carrera, cuando ya ha pagado mucho dinero, que no es apto para ejercerla.
Como si esto fuera poco, cuando escasean los alumnos, los profesores tienen que visitar los últimos años de los colegios y organizar actividades para convencer a los ingenuos estudiantes que ése es el establecimiento y profesión que soñó.
Por otra parte, cada día se inventan carreras de ayudantes de profesionales y otras que nunca tuvieron estudios especiales y por lo tanto, sus egresados deben competir con muchas personas autoformadas o no profesionales.
La ética aunque se enseña mucho, importa poco en algunos establecimientos educacionales. Y pese a que saben que los alumnos pagarán sus mensualidades en vano, porque no tiene “dedos para el piano” o porque su carrera no ofrece un buen campo de trabajo, los aceptan y los aprueban. Lo que interesa realmente es que entre a la escuela y pague. Lo que pase con él después no es problema suyo. Si repite, mejor. Es un año más que cancela las mensualidades.
No todos los establecimientos son así. Los hay buenos y exigentes, pero el consumidor debe estar alerta, informarse bien para saber distinguir a los más honestos y premiarlos con su elección.
Es verdad que en un sistema de libre mercado cualquier persona o entidad puede ofrecer un producto o servicio y el consumidor tiene la libertad de tomarlo o dejarlo. También, que los precios se deben ajustar a la oferta y la demanda. Pero no es menos cierto que para que el sistema funcione bien, debe existir un consumidor informado. Por lo tanto, debe dársele a conocer a quién paga por cierta educación, lo bueno y lo malo que tiene lo ofrecido. Como esto no ocurre en forma natural, porque a nadie que hace un negocio le conviene decir lo malo de lo que ofrece, el consumidor debe preguntar a personas confiables y estar consciente de la necesidad de informarse antes de adoptar una decisión, cosa que en Chile no siempre ocurre.
En este momento, por ejemplo, algunas universidades e institutos profesionales ofrecen carreras que tienen copado su campo de trabajo, pero nadie difunde este problema. Lo saben los que ofrecen el servicio pero, pocas veces, quienes lo adquieren. Tampoco las entidades cierran las carreras sobre saturadas, como correspondería, si se considerara el punto de vista ético.
En muchas universidades e institutos profesionales, mientras existan personas que deseen inscribirse en el estudio de un determinada profesión, ésta sigue funcionando. No importa que éticamente no sea correcto, porque se defrauda al alumno, quién pierde tiempo y recursos, a veces muy escasos, ya que al terminar de estudiar no tendrá el trabajo esperado.
Para contrarestar la disminución de alumnos en estas carreras, se admite a quienes lo deseen y no a quiénes son aptos para ejercerla. Poco a poco, se baja la exigencia de puntajes de ingreso. Se eliminan los exámenes de admisión. Se otorgan hasta tres oportunidades, en algunas universidades, para que los alumnos aprueben sus exámenes: sí o sí. Y lo que es más grave aún, en las carreras que requieren de habilidades especiales para escribir, dibujar o cualquiera otra, éstas no se miden al ingreso, por lo que es casi seguro que el alumno se dé cuenta en medio de la carrera, cuando ya ha pagado mucho dinero, que no es apto para ejercerla.
Como si esto fuera poco, cuando escasean los alumnos, los profesores tienen que visitar los últimos años de los colegios y organizar actividades para convencer a los ingenuos estudiantes que ése es el establecimiento y profesión que soñó.
Por otra parte, cada día se inventan carreras de ayudantes de profesionales y otras que nunca tuvieron estudios especiales y por lo tanto, sus egresados deben competir con muchas personas autoformadas o no profesionales.
La ética aunque se enseña mucho, importa poco en algunos establecimientos educacionales. Y pese a que saben que los alumnos pagarán sus mensualidades en vano, porque no tiene “dedos para el piano” o porque su carrera no ofrece un buen campo de trabajo, los aceptan y los aprueban. Lo que interesa realmente es que entre a la escuela y pague. Lo que pase con él después no es problema suyo. Si repite, mejor. Es un año más que cancela las mensualidades.
No todos los establecimientos son así. Los hay buenos y exigentes, pero el consumidor debe estar alerta, informarse bien para saber distinguir a los más honestos y premiarlos con su elección.
viernes, noviembre 03, 2006
Niños y mascotas: Una relación desequilibrada
La primera vez que visité los países europeos, hace ya muchos años, me llamó la atención observar el lugar privilegiado que ocupaban las mascotas, en la vida diaria. Muchas veces reemplazaban a los niños, que ya en ese momento no eran demasiados. En el Chile de esa época, los perros aún comían carne y guisos sobrantes y los gatos cazaban ratones. Los niños abundaban en las familias chilenas, especialmente en las más pobres. Los menos afortunados vagaban por las calles y eran acogidos por el entonces Padre Hurtado o la Fundación Mi Casa, entre otras instituciones.
Las cosas han variado sustancialmente en nuestro país. Pero principalmente para las mascotas. La realidad de hoy nos muestra cómo éstas han subido de categoría. Para ellas hay comida especial, que sus amos compran sin fijarse en precios. También, champú con Aloe Vera, camas ergonométricas, radio-collar educativos y hasta hoteles, para que nunca estén solos o mal cuidados.
Los niños de escasos recursos, en cambio, siguen en una situación parecida a la de entonces. Y quizás peor. Porque ahora ven en televisión la gran variedad de productos creados para ellos, pero no tienen a nadie que se los compre. También algunos siguen sin recibir cariño. Además, hoy proliferan los abusadores sexuales y quienes los protegen, acallando cualquier escándalo que enlode a personas “respetables”.
A los niños pobres, antes y ahora, les falta ese alguien que los animales encuentran con facilidad. Esa persona, que como los amos de las mascotas, los quiera, se preocupe de ellos y de sus necesidades básicas. Los que vagan por las calles, igual que antes, si tienen suerte, son acogidos por instituciones. Si viven en familia, hay que hacer campañas para que cada cuál tenga su propia cama y colectas para que coman. Sin duda no tienen la suerte de las mascotas, que cada vez les quitan más espacio al interior de hogares donde los animales son mucho más importantes que los seres humanos desvalidos.
En los países europeos, no crea problemas de conciencia que quien quiera dedique tiempo y dinero a las mascotas, porque los niños tienen asegurada, al menos, una buena subsistencia. En Chile, en cambio, se importó la buena costumbre de proteger a los animales, pero se olvidó que también pertenecen a ese género los seres humanos.
Es posible que los dueños de mascotas no puedan o no quieran, por la razón que sea, preocuparse de los niños. Pero sería muy lindo que, junto con cuidar a sus gatos y perros regalones, se propusieran gastar el mismo dinero y tiempo afectivo, en los pequeños seres de la raza humana.
Las cosas han variado sustancialmente en nuestro país. Pero principalmente para las mascotas. La realidad de hoy nos muestra cómo éstas han subido de categoría. Para ellas hay comida especial, que sus amos compran sin fijarse en precios. También, champú con Aloe Vera, camas ergonométricas, radio-collar educativos y hasta hoteles, para que nunca estén solos o mal cuidados.
Los niños de escasos recursos, en cambio, siguen en una situación parecida a la de entonces. Y quizás peor. Porque ahora ven en televisión la gran variedad de productos creados para ellos, pero no tienen a nadie que se los compre. También algunos siguen sin recibir cariño. Además, hoy proliferan los abusadores sexuales y quienes los protegen, acallando cualquier escándalo que enlode a personas “respetables”.
A los niños pobres, antes y ahora, les falta ese alguien que los animales encuentran con facilidad. Esa persona, que como los amos de las mascotas, los quiera, se preocupe de ellos y de sus necesidades básicas. Los que vagan por las calles, igual que antes, si tienen suerte, son acogidos por instituciones. Si viven en familia, hay que hacer campañas para que cada cuál tenga su propia cama y colectas para que coman. Sin duda no tienen la suerte de las mascotas, que cada vez les quitan más espacio al interior de hogares donde los animales son mucho más importantes que los seres humanos desvalidos.
En los países europeos, no crea problemas de conciencia que quien quiera dedique tiempo y dinero a las mascotas, porque los niños tienen asegurada, al menos, una buena subsistencia. En Chile, en cambio, se importó la buena costumbre de proteger a los animales, pero se olvidó que también pertenecen a ese género los seres humanos.
Es posible que los dueños de mascotas no puedan o no quieran, por la razón que sea, preocuparse de los niños. Pero sería muy lindo que, junto con cuidar a sus gatos y perros regalones, se propusieran gastar el mismo dinero y tiempo afectivo, en los pequeños seres de la raza humana.
viernes, octubre 27, 2006
El tiempo y la rigurosidad: valores olvidados
Uno de los grandes problemas de la sociedad chilena es la poca importancia que se le da al tiempo, especialmente al de los demás.
Los que vienen de otras tierras reclaman por la impuntualidad, convertida en hábito y la falta de rigurosidad en la información, que tambié deriva entre otros, en pérdidas de tiempo. Esto lleva como consecuencia al incumplimiento de lo acordado.
Tal vez le ha pasado alguna vez. Va a comprar tinta para su impresora y el vendedor le da el número equivocado o solicita una talla y le envuelven otra. Y claro, le hacen posteriormente el cambio pero ¿cuánto tiempo y dinero en locomoción ha perdido?
Pero no es sólo eso. Si queda de encontrarse con alguien en cualquier lugar o reunión, lo citan a una hora y lo reciben, al menos, media hora después. ¡Qué decir de los días en que visita al dentista, al médico o al peluquero! Puede pasar horas en espera, no tanto por culpa de los profesionales sino de los pacientes o clientes que normalmente llegan atrasados. También es común el atraso de los maestros. Quedan de ir y no van. Se comprometen a entregar sus productos un día y llegan una semana después.
Resulta extraño para quienes vienen de países más desarrollados, observar esta mala costumbre. En sus tierras hasta el transporte colectivo pasa a la hora exacta anunciada y los cumpleaños infantiles comienzan y terminan según lo pre- determinado por los dueños de casa.
Si sólo nos acercáramos un poco a esas buenas costumbres, podríamos crecer en confiabilidad y progresar, en el más amplio sentido de la palabra. Mientras se esté conforme con el actual estado de cosas, los maestros seguirán entregándo sus productos días más tarde y toda la cadena involucrada en este sistema de gasto del tiempo dará como fruto la desconfianza del extranjero y de los que dentro del país quieren cumplir con el avance de sus proyectos.
Los que vienen de otras tierras reclaman por la impuntualidad, convertida en hábito y la falta de rigurosidad en la información, que tambié deriva entre otros, en pérdidas de tiempo. Esto lleva como consecuencia al incumplimiento de lo acordado.
Tal vez le ha pasado alguna vez. Va a comprar tinta para su impresora y el vendedor le da el número equivocado o solicita una talla y le envuelven otra. Y claro, le hacen posteriormente el cambio pero ¿cuánto tiempo y dinero en locomoción ha perdido?
Pero no es sólo eso. Si queda de encontrarse con alguien en cualquier lugar o reunión, lo citan a una hora y lo reciben, al menos, media hora después. ¡Qué decir de los días en que visita al dentista, al médico o al peluquero! Puede pasar horas en espera, no tanto por culpa de los profesionales sino de los pacientes o clientes que normalmente llegan atrasados. También es común el atraso de los maestros. Quedan de ir y no van. Se comprometen a entregar sus productos un día y llegan una semana después.
Resulta extraño para quienes vienen de países más desarrollados, observar esta mala costumbre. En sus tierras hasta el transporte colectivo pasa a la hora exacta anunciada y los cumpleaños infantiles comienzan y terminan según lo pre- determinado por los dueños de casa.
Si sólo nos acercáramos un poco a esas buenas costumbres, podríamos crecer en confiabilidad y progresar, en el más amplio sentido de la palabra. Mientras se esté conforme con el actual estado de cosas, los maestros seguirán entregándo sus productos días más tarde y toda la cadena involucrada en este sistema de gasto del tiempo dará como fruto la desconfianza del extranjero y de los que dentro del país quieren cumplir con el avance de sus proyectos.
domingo, octubre 22, 2006
Valentía y hombría: Un difícil equilibrio
En un programa de televisión, uno de los integrantes del show manifestaba el otro día, que tenía miedo de que alguno de sus movimientos de baile pudiera parecer afeminado. Me impresionó su comentario, porque es lo que muchos hombres en Chile temen en su actuar diario. Y me llegó mucho su comentario, porque evidencia una carga que la sociedad impone a los varones desde que son muy chicos.
Los hombres no pueden llorar ni expresar muchos de sus sentimientos por temor a parecerse a las mujeres. Tampoco moverse de determinadas formas porque puede presumirse que son amanerados. Cualquier cosa que los haga distintos a lo que se les muestra como propio de su género, puede llamar la atención de los demás y por lo tanto, no deben arriesgarse a ser como son.
La mochila con que la sociedad más tradicional carga a los representantes del sexo masculino para que los acepten como machos es tan grande, que los que deciden cargarla, pasan su vida demostrando que son capaces de lucir las cualidades que se les han asignado durante décadas: tener muchas mujeres, ser lo más brutos y autoritarios posibles, no demostrar sus lados tiernos, ni el miedo que a veces sienten frente ante muchos hechos que cualquiera teme.
Quienes se ajustan permanentemente a la opción de demostrar que son machos no se dan cuenta de su gran debilidad: no son capaces de decir que no a un sistema que les impone actuar muchas veces como no lo sienten, sólo por temor a que otros interpreten su forma de ser como distinta a la del macho tradicional. Ese tipo de hombre creado quizás por qué mentes perversas, violentas e impositivas, y que afortunadamente hoy va en retirada. Ese prototipo de persona que no respeta a los demás, demuestra la mayor brutalidad posible y oculta lo más valioso que tiene: su amor por los otros, su ternura, su deseo proceder en forma más justa, equitativa y respetuosa con quiénes son diferentes a él.
Afortunadamente, los machos de ese tipo están dejando paso, aunque lentamente, a los hombres de verdad, con más sentimientos, más respeto por los otros, y con mayor valentía, para enfrentar a una sociedad que no les gusta ni corresponde a su verdadera aspiración.
Los hombres no pueden llorar ni expresar muchos de sus sentimientos por temor a parecerse a las mujeres. Tampoco moverse de determinadas formas porque puede presumirse que son amanerados. Cualquier cosa que los haga distintos a lo que se les muestra como propio de su género, puede llamar la atención de los demás y por lo tanto, no deben arriesgarse a ser como son.
La mochila con que la sociedad más tradicional carga a los representantes del sexo masculino para que los acepten como machos es tan grande, que los que deciden cargarla, pasan su vida demostrando que son capaces de lucir las cualidades que se les han asignado durante décadas: tener muchas mujeres, ser lo más brutos y autoritarios posibles, no demostrar sus lados tiernos, ni el miedo que a veces sienten frente ante muchos hechos que cualquiera teme.
Quienes se ajustan permanentemente a la opción de demostrar que son machos no se dan cuenta de su gran debilidad: no son capaces de decir que no a un sistema que les impone actuar muchas veces como no lo sienten, sólo por temor a que otros interpreten su forma de ser como distinta a la del macho tradicional. Ese tipo de hombre creado quizás por qué mentes perversas, violentas e impositivas, y que afortunadamente hoy va en retirada. Ese prototipo de persona que no respeta a los demás, demuestra la mayor brutalidad posible y oculta lo más valioso que tiene: su amor por los otros, su ternura, su deseo proceder en forma más justa, equitativa y respetuosa con quiénes son diferentes a él.
Afortunadamente, los machos de ese tipo están dejando paso, aunque lentamente, a los hombres de verdad, con más sentimientos, más respeto por los otros, y con mayor valentía, para enfrentar a una sociedad que no les gusta ni corresponde a su verdadera aspiración.
jueves, octubre 12, 2006
Decálogo para una familia feliz
Cuando tenía veinte años, era soltera y daba mis primeros pasos en el periodismo, escribía una columna en un conocido diario, donde aconsejaba a los padres sobre cómo debían educar a sus hijos. Hoy siento algo de vergüenza de haber tenido la audacia, tan propia de esa edad, de dictar cátedra sobre temas tan complejos cuya solución es distinta en cada caso. Algo similar me ocurre cuando escucho a grupos y personas que se creen poseedores de la verdad, diciendo que esto o aquello atenta contra la familia o la destruye. Inventando decálogos para lograr que esa institución sea perfecta.
La experiencia, que me dan los años y los hijos, me hace ver las cosas de manera diferente. He conocido familias de esas en que se da todo lo que, según los fundamentalistas del tema, no se debe dar: matrimonios separados, hijos nacidos fuera de la unión legal, nuevas parejas, etc... Y pese a ello, las he visto cohesionadas y felices. En su interior los unos están preocupados y ocupados de los otros. Se otorgan mutua protección y bienestar espiritual y material, sin juzgarse. En ellas he palpado muchos lazos de amor que a veces no se dan en otras, constituidas de la manera tradicional.
La complejidad del tema requiere de un análisis caso a caso y no de la masificación que hoy se pretende dar. Las familias perfectas, muchas veces sólo parecen serlo porque destierran o acallan a algunos de sus miembros, a los que tienen una opinión u opción diferente. Con tal de proyectar una imagen impecable frente a la sociedad, no se mezclan ni acogen a los separados, a los homosexuales o a cualquiera otro que pueda infectarlos con el virus de lo humano.
Durante años en nuestra sociedad los matrimonios se mantuvieron unidos para siempre aunque el amor, el respeto o la fidelidad fueran cosas del pasado. En esas familias ideales de antes, si las niñas se embarazaban debían casarse a la fuerza o irse muy lejos, lo que normalmente no sucedía a los varones. Los hermanos o hermanas de pensamiento menos conservador, debían dejar el alero del hogar y partir. En ese modelo de familia que algunos añoran, muchas veces lo que parecía perfecto no lo era tanto, porque se excluía a personas de la misma sangre, sin piedad ni caridad cristiana.
Sería perfecto y saludable tener una familia con un papá, una mamá, hijos y abuelos que se quieran mucho y se apoyen en todo. Pero eso no siempre se logra, porque hay factores y situaciones humanas que lo impiden.
Hoy existe una variedad inmensa de familias que pueden tener igual o mejor calidad de vida que la tradicional. Porque no es cierto que una familia se destruye al separarse un matrimonio. O cuando alguien se casa con una mujer o un hombre que aporta otros hijos. No es lo más fácil ni lo ideal y requiere de un tiempo de adaptación. Pero en esos casos, si existe verdadero cariño, la familia no se desintegra, se amplía.
Todo depende de la cantidad de amor que se dé en las relaciones humanas al interior de un hogar. Porque, finalmente, la familia es un albergue para las tristezas, un lugar donde se acoge al que tiene problemas y se le otorga lo que necesita, en la medida de lo posible. Donde se puede llegar y esperar un abrazo, sin que nadie juzgue cómo se actuó. Todo ello, por lazos de sangre, de afecto o de conocimiento profundo y cercano que uno tiene del otro.
La experiencia, que me dan los años y los hijos, me hace ver las cosas de manera diferente. He conocido familias de esas en que se da todo lo que, según los fundamentalistas del tema, no se debe dar: matrimonios separados, hijos nacidos fuera de la unión legal, nuevas parejas, etc... Y pese a ello, las he visto cohesionadas y felices. En su interior los unos están preocupados y ocupados de los otros. Se otorgan mutua protección y bienestar espiritual y material, sin juzgarse. En ellas he palpado muchos lazos de amor que a veces no se dan en otras, constituidas de la manera tradicional.
La complejidad del tema requiere de un análisis caso a caso y no de la masificación que hoy se pretende dar. Las familias perfectas, muchas veces sólo parecen serlo porque destierran o acallan a algunos de sus miembros, a los que tienen una opinión u opción diferente. Con tal de proyectar una imagen impecable frente a la sociedad, no se mezclan ni acogen a los separados, a los homosexuales o a cualquiera otro que pueda infectarlos con el virus de lo humano.
Durante años en nuestra sociedad los matrimonios se mantuvieron unidos para siempre aunque el amor, el respeto o la fidelidad fueran cosas del pasado. En esas familias ideales de antes, si las niñas se embarazaban debían casarse a la fuerza o irse muy lejos, lo que normalmente no sucedía a los varones. Los hermanos o hermanas de pensamiento menos conservador, debían dejar el alero del hogar y partir. En ese modelo de familia que algunos añoran, muchas veces lo que parecía perfecto no lo era tanto, porque se excluía a personas de la misma sangre, sin piedad ni caridad cristiana.
Sería perfecto y saludable tener una familia con un papá, una mamá, hijos y abuelos que se quieran mucho y se apoyen en todo. Pero eso no siempre se logra, porque hay factores y situaciones humanas que lo impiden.
Hoy existe una variedad inmensa de familias que pueden tener igual o mejor calidad de vida que la tradicional. Porque no es cierto que una familia se destruye al separarse un matrimonio. O cuando alguien se casa con una mujer o un hombre que aporta otros hijos. No es lo más fácil ni lo ideal y requiere de un tiempo de adaptación. Pero en esos casos, si existe verdadero cariño, la familia no se desintegra, se amplía.
Todo depende de la cantidad de amor que se dé en las relaciones humanas al interior de un hogar. Porque, finalmente, la familia es un albergue para las tristezas, un lugar donde se acoge al que tiene problemas y se le otorga lo que necesita, en la medida de lo posible. Donde se puede llegar y esperar un abrazo, sin que nadie juzgue cómo se actuó. Todo ello, por lazos de sangre, de afecto o de conocimiento profundo y cercano que uno tiene del otro.
¿Y ahora qué hago?
Al observar las noticias en los medios de comunicación, resulta inevitable sentir junto a sus protagonistas, las emociones e impactos que les producen las tragedias o acontecimientos graves que pueden reorientar su vida para siempre.
Los cambios pueden plantearles sin duda muchas preguntas, más aún si son inesperados: ¿Por qué me pasó a mí, que actué tal “como debía”? ¿Valió la pena sacrificarse tanto para que después les pasara ésto? ¿Lo hice bien?
Además de analizar las razones de lo ocurrido y cuestionarse, los afectados se enfrentan a la pregunta ¿qué voy a hacer ahora? Sienten que su vida está frente a una página en blanco y todos sus proyectos, de un minuto a otro, se desvanecieron. Su sufrimiento también hace pensar a los televidentes o lectores, que harían si fueran ellos los protagonistas de esos hechos.
Encontrar la respuesta frente a un cambio puede ser un proceso difícil, especialmente si se cree que los principios que guiaron las acciones pasadas fracasaron, al no obtener los resultados esperados. Por distintos caminos y situaciones, los afectados y quienes los observan pueden llegarse a plantearse ¿qué hacemos ahora para darle un sentido a la vida? Como las necesidades del espíritu son absolutamente individuales, cada uno tiene la respuesta y no es posible que otro se la dé.
Detenerse en la carrera diaria y pensar qué hacer de ahí en adelante no sólo es bueno cuando sucede una tragedia. Es algo que debería hacerse cada cierto tiempo para ir por el camino que más nos ajusta y hace felices. Es bueno preguntarse cada cierto tiempo: ¿Estoy contento con mi actual forma de vivir? ¿Me gustaría hacer algunos cambios? ¿Cómo lleno mi día con actividades que me den satisfacción espiritual? ¿Por qué camino oriento mi futuro?
Las personas reflexivas muchas veces se formulan estas preguntas. Otros, en cambio, dejan que el tiempo se vaya entre sus manos sin más inquietud que resolver los problemas día a día, comer, beber y, de paso, respirar.
Quijotes y Sanchos marchan por el mundo hasta que algo externo e impactante puede cambiar sus vidas. También, puede sumirlos en la impotencia o la depresión, si no se replantean el camino y hacen, como tanto dicen los empresarios, de la crisis una oportunidad.
Todo depende de la reacción frente a los hechos. No de lo sucedido.
Los cambios pueden plantearles sin duda muchas preguntas, más aún si son inesperados: ¿Por qué me pasó a mí, que actué tal “como debía”? ¿Valió la pena sacrificarse tanto para que después les pasara ésto? ¿Lo hice bien?
Además de analizar las razones de lo ocurrido y cuestionarse, los afectados se enfrentan a la pregunta ¿qué voy a hacer ahora? Sienten que su vida está frente a una página en blanco y todos sus proyectos, de un minuto a otro, se desvanecieron. Su sufrimiento también hace pensar a los televidentes o lectores, que harían si fueran ellos los protagonistas de esos hechos.
Encontrar la respuesta frente a un cambio puede ser un proceso difícil, especialmente si se cree que los principios que guiaron las acciones pasadas fracasaron, al no obtener los resultados esperados. Por distintos caminos y situaciones, los afectados y quienes los observan pueden llegarse a plantearse ¿qué hacemos ahora para darle un sentido a la vida? Como las necesidades del espíritu son absolutamente individuales, cada uno tiene la respuesta y no es posible que otro se la dé.
Detenerse en la carrera diaria y pensar qué hacer de ahí en adelante no sólo es bueno cuando sucede una tragedia. Es algo que debería hacerse cada cierto tiempo para ir por el camino que más nos ajusta y hace felices. Es bueno preguntarse cada cierto tiempo: ¿Estoy contento con mi actual forma de vivir? ¿Me gustaría hacer algunos cambios? ¿Cómo lleno mi día con actividades que me den satisfacción espiritual? ¿Por qué camino oriento mi futuro?
Las personas reflexivas muchas veces se formulan estas preguntas. Otros, en cambio, dejan que el tiempo se vaya entre sus manos sin más inquietud que resolver los problemas día a día, comer, beber y, de paso, respirar.
Quijotes y Sanchos marchan por el mundo hasta que algo externo e impactante puede cambiar sus vidas. También, puede sumirlos en la impotencia o la depresión, si no se replantean el camino y hacen, como tanto dicen los empresarios, de la crisis una oportunidad.
Todo depende de la reacción frente a los hechos. No de lo sucedido.
sábado, septiembre 30, 2006
TUGAR, TUGAR SALIR A JUGAR
En una sociedad en la que todos deben demostrar seriedad como signo de adultez, resulta difícil jugar. Hasta a los niños se les reprime este impulso y se les orienta hacia la quietud y el silencio, frente al computador. Y en algunos estratos económicos más bajos, éstos no tienen tiempo para divertirse porque deben asumir obligaciones domésticas o de trabajo cuando aún son muy chicos.
Según un estudio de la psicóloga Pilar Sordo, publicado en su libro “Viva la diferencia”, el problema es más grave en las mujeres que, para peor, desde pequeñas se toman en serio hasta sus juegos: a las muñecas les ponen nombre, son sus hijas y eso les crea muchos deberes.
El juego es una herramienta importante para la comunicación y en los niños, un facilitador de aprendizaje. Existen muchas teorías respecto a la necesidad de jugar. Algunos expertos dicen que sirve para gastar la energía sobrante. Otros aseguran que es una actividad permanente del ser humano y que hace la vida más saludable.
El adulto canaliza su deseo de jugar en actividades artísticas o en un buen sentido del humor. Son facetas que los transforman en personas más saludables y que los hacen sentirse mejor.
Antiguamente, jugar a las cartas era una forma habitual de entretención de los adultos. En la segunda mitad del siglo pasado, los té-canasta hacían furor y los matrimonios se entretenían de esta forma entre amigos, mientras hacían hora para ir a buscar a los hijos a las fiestas. Era una forma económica de pasarlo bien durante horas. También era una actividad habitual entre nietos y abuelos y entre padres e hijos.
Hoy sólo se juega al naipe en vacaciones de verano y son escasas las actividades que hacen reír y convivir en armonía. A lo más se hace algún deporte, aunque la mayoría de las veces se asiste de observador a las competencias. Esto contribuye a algunos de los males de esta época, entre ellos el estrés y la falta de comunicación.
Tal vez es el momento de promover el juego entre los adultos y también entre los jóvenes que así dedicarían, como antes, su tiempo a “carretes” más inocentes y menos dañinos que los actuales.
Según un estudio de la psicóloga Pilar Sordo, publicado en su libro “Viva la diferencia”, el problema es más grave en las mujeres que, para peor, desde pequeñas se toman en serio hasta sus juegos: a las muñecas les ponen nombre, son sus hijas y eso les crea muchos deberes.
El juego es una herramienta importante para la comunicación y en los niños, un facilitador de aprendizaje. Existen muchas teorías respecto a la necesidad de jugar. Algunos expertos dicen que sirve para gastar la energía sobrante. Otros aseguran que es una actividad permanente del ser humano y que hace la vida más saludable.
El adulto canaliza su deseo de jugar en actividades artísticas o en un buen sentido del humor. Son facetas que los transforman en personas más saludables y que los hacen sentirse mejor.
Antiguamente, jugar a las cartas era una forma habitual de entretención de los adultos. En la segunda mitad del siglo pasado, los té-canasta hacían furor y los matrimonios se entretenían de esta forma entre amigos, mientras hacían hora para ir a buscar a los hijos a las fiestas. Era una forma económica de pasarlo bien durante horas. También era una actividad habitual entre nietos y abuelos y entre padres e hijos.
Hoy sólo se juega al naipe en vacaciones de verano y son escasas las actividades que hacen reír y convivir en armonía. A lo más se hace algún deporte, aunque la mayoría de las veces se asiste de observador a las competencias. Esto contribuye a algunos de los males de esta época, entre ellos el estrés y la falta de comunicación.
Tal vez es el momento de promover el juego entre los adultos y también entre los jóvenes que así dedicarían, como antes, su tiempo a “carretes” más inocentes y menos dañinos que los actuales.
lunes, septiembre 25, 2006
Manejo de dinero: Orgullo y perjuicio
Muchas generaciones de chilenos fueron educadas en la cultura del ahorro que se iniciaba con la apertura, al nacer, de una libreta del Banco del Estado, sucesor de la Caja de Ahorros. Así se enseñaba a los niños, apenas crecían un poco, que debían depositar los pesos que reunían en su alcancía: un chanchito de greda o un buzón con llave, que sólo se abría cuando estaba repleto de monedas. La cultura del ahorro y el pago oportuno de las cuentas era motivo de orgullo para los nacidos en este país y constituía un signo de honestidad.
Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.
El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .
A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.
El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.
Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.
Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.
Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!
Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.
El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .
A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.
El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.
Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.
Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.
Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!
jueves, septiembre 21, 2006
El doble estándar de la píldora
Como en muchos otros temas, el doble estandar chileno surge en la polémica por el uso de la píldora del día después: no se trata el problema de fondo sino se discute lo secundario y se lleva a través de la generalización y cierto tremendismo, a la destrucción de la familia y otras expresiones similares que agrandan las cosas sin solucionarlas.
El enfoque es curioso. Especialmente si se considera que la píldora está hace algún tiempo a la venta en farmacias y puede comprarla cualquier persona que tenga el dinero y se consiga una receta médica, si es que realmente se la piden, ya que se ha visto en reportajes de televisión cómo hasta los productos más peligrosos se comercializan a cualquiera sin mayores problemas. Entonces ¿cuál es la razón para poner el tema en la discusión pública como si en éste se fuera la vida de los jóvenes y de la familia chilena? ¿Por qué no dedicar esta misma energía y espacio en los periódicos para educar sanamente sobre sexualidad y en las relaciones padre e hijo con lo que se evitaría que los padres no ignoren lo que hacen sus hijos? ¿Para qué hacer toda esta discusión teórica de algo que ya está superado por una realidad en la que hay adolescentes entrevistadas por los canales de televisión que usan la t de cobre, que sí es abortiva?¿Intereses políticos? ¿Aparentar que tenemos una sociedad perfecta?
Con frecuencia en nuestro país se dan estos debates que se muestran como valóricos y poco tienen que ver realmente con ese tema. Si se propone educación sexual, surgen muchos diciendo que esta materia es sólo responsabilidad de la familia y no de los colegios. Basta recordar la discusión en torno a las Jocas que se produjo hace algunos años. Entonces, se retira de la educación formal el tema, aunque se sabe que los padres no siempre se atreven o están preparados para conversar con sus hijos estos temas. Y volvemos a punto cero. Y vienen las consecuencias, los embarazos no deseados, las relaciones sexuales prematuras y todo el problema que hoy tenemos al respecto. Entonces los mismos que se opusieron a la educación reclaman otra vez.
Sería ideal que la educación en sexualidad la diera la familia, pero no siempre se dan las condiciones para que esto ocurra. Muchos padres crecieron sin recibirla de las generaciones anteriores, por considerarse un tema tabú. Y aunque en apariencia eso ha terminado, aún algunos sienten un pudor que les impide éstas conversaciones con sus hijos. No todos por supuesto. Depende en parte de los niveles socioeconómicos y culturales en que se desenvuelven. Como también depende de éstos, el acogimiento o la paliza que recibe una adolescente que le cuenta a sus progenitores que ha mantenido relaciones sexuales prematuras. De ahí su temor a confesar lo sucedido y la necesidad de que puedan comprar un anticonceptivo de emergencia por sí mismos, ya que existe la incapacidad de algunos adultos de comprender lo que le sucedió a su hija. Porque al hijo no le dirían nada y hasta lo felicitarían por “hacerse hombre”.
Frente a situaciones tan naturales como la relación sexual, se han tejido socialmente una serie de conceptos que parece increíble que aún existan. He oído a jóvenes decirle a otros que no piensen “cochinadas” refiriéndose al sexo, lo que poco tiene que ver con una de las más lindas expresiones de lo humano. ¿Cuánto queda aún en el inconsciente colectivo de esa antigua concepción sucia sobre la relación íntima de una pareja, creada tal vez por mentes que no conocen de qué hablan? ¿Qué grado de machismo subsiste aún en los padres como para que sus hijas teman confesarles su relación con un hombre?
La discusión inspirada en el habitual doble estándar de los chilenos debería reorientarse. Fomentar la educación sexual, una educación acorde a los valores que cada uno tiene, oportuna y completa. Junto a esto debería centrarse la conversación en el respeto del cuerpo y de la voluntad del otro. También, cultivar la fuerza de voluntad para decir no, si alguien lo considera necesario. Para ser responsable de lo que se hace. Para que ambos integrantes de la pareja asuman sus actos. Porque normalmente sólo la mujer debe afrontar las consecuencias del embarazo y la censura social.
Ya es tiempo de dejar de hablar de la píldora del día después y centrarse en la educación. La sexualidad y las relaciones humanas son temas hasta ahora secundarios en la educación formal y también en el hogar, como la mayoría de los que preparan para la vida. Sólo importa a la sociedad chilena, tener buen puntaje para ingresar a la Universidad y, ahora que está de moda, estudiar un magíster o doctorado, inglés y, si es posible, chino. Todo lo que puede aparentemente llevar al éxito económico. Y ese es el error.
Las buenas relaciones familiares fundadas en la comprensión, el respeto y el cariño, son también fundamentales. Nadie es feliz sólo con dinero. Requiere, además, un éxito en las relaciones humanas. Esto permite, aún en la pobreza, que los padres se comuniquen bien con los hijos, se enteren de lo que les sucede sin que los hijos les teman y los aconsejen, incluso en la decisión de compra o retiro de un anticonceptivo de emergencia.
El problema no es que la píldora del día después esté a disposición de quien quiera usarla, pagando o no, lo que parece justo. El tema es que la sociedad chilena actual promueve a través de los medios masivos de comunicación las relaciones sexuales hasta para vender pasta de dientes, sin proporcionar una educación formal o familiar. Y después se horroriza, con su tradicional doble estándar, de lo que sembró atribuyendo la culpa al gobierno de turno.
El enfoque es curioso. Especialmente si se considera que la píldora está hace algún tiempo a la venta en farmacias y puede comprarla cualquier persona que tenga el dinero y se consiga una receta médica, si es que realmente se la piden, ya que se ha visto en reportajes de televisión cómo hasta los productos más peligrosos se comercializan a cualquiera sin mayores problemas. Entonces ¿cuál es la razón para poner el tema en la discusión pública como si en éste se fuera la vida de los jóvenes y de la familia chilena? ¿Por qué no dedicar esta misma energía y espacio en los periódicos para educar sanamente sobre sexualidad y en las relaciones padre e hijo con lo que se evitaría que los padres no ignoren lo que hacen sus hijos? ¿Para qué hacer toda esta discusión teórica de algo que ya está superado por una realidad en la que hay adolescentes entrevistadas por los canales de televisión que usan la t de cobre, que sí es abortiva?¿Intereses políticos? ¿Aparentar que tenemos una sociedad perfecta?
Con frecuencia en nuestro país se dan estos debates que se muestran como valóricos y poco tienen que ver realmente con ese tema. Si se propone educación sexual, surgen muchos diciendo que esta materia es sólo responsabilidad de la familia y no de los colegios. Basta recordar la discusión en torno a las Jocas que se produjo hace algunos años. Entonces, se retira de la educación formal el tema, aunque se sabe que los padres no siempre se atreven o están preparados para conversar con sus hijos estos temas. Y volvemos a punto cero. Y vienen las consecuencias, los embarazos no deseados, las relaciones sexuales prematuras y todo el problema que hoy tenemos al respecto. Entonces los mismos que se opusieron a la educación reclaman otra vez.
Sería ideal que la educación en sexualidad la diera la familia, pero no siempre se dan las condiciones para que esto ocurra. Muchos padres crecieron sin recibirla de las generaciones anteriores, por considerarse un tema tabú. Y aunque en apariencia eso ha terminado, aún algunos sienten un pudor que les impide éstas conversaciones con sus hijos. No todos por supuesto. Depende en parte de los niveles socioeconómicos y culturales en que se desenvuelven. Como también depende de éstos, el acogimiento o la paliza que recibe una adolescente que le cuenta a sus progenitores que ha mantenido relaciones sexuales prematuras. De ahí su temor a confesar lo sucedido y la necesidad de que puedan comprar un anticonceptivo de emergencia por sí mismos, ya que existe la incapacidad de algunos adultos de comprender lo que le sucedió a su hija. Porque al hijo no le dirían nada y hasta lo felicitarían por “hacerse hombre”.
Frente a situaciones tan naturales como la relación sexual, se han tejido socialmente una serie de conceptos que parece increíble que aún existan. He oído a jóvenes decirle a otros que no piensen “cochinadas” refiriéndose al sexo, lo que poco tiene que ver con una de las más lindas expresiones de lo humano. ¿Cuánto queda aún en el inconsciente colectivo de esa antigua concepción sucia sobre la relación íntima de una pareja, creada tal vez por mentes que no conocen de qué hablan? ¿Qué grado de machismo subsiste aún en los padres como para que sus hijas teman confesarles su relación con un hombre?
La discusión inspirada en el habitual doble estándar de los chilenos debería reorientarse. Fomentar la educación sexual, una educación acorde a los valores que cada uno tiene, oportuna y completa. Junto a esto debería centrarse la conversación en el respeto del cuerpo y de la voluntad del otro. También, cultivar la fuerza de voluntad para decir no, si alguien lo considera necesario. Para ser responsable de lo que se hace. Para que ambos integrantes de la pareja asuman sus actos. Porque normalmente sólo la mujer debe afrontar las consecuencias del embarazo y la censura social.
Ya es tiempo de dejar de hablar de la píldora del día después y centrarse en la educación. La sexualidad y las relaciones humanas son temas hasta ahora secundarios en la educación formal y también en el hogar, como la mayoría de los que preparan para la vida. Sólo importa a la sociedad chilena, tener buen puntaje para ingresar a la Universidad y, ahora que está de moda, estudiar un magíster o doctorado, inglés y, si es posible, chino. Todo lo que puede aparentemente llevar al éxito económico. Y ese es el error.
Las buenas relaciones familiares fundadas en la comprensión, el respeto y el cariño, son también fundamentales. Nadie es feliz sólo con dinero. Requiere, además, un éxito en las relaciones humanas. Esto permite, aún en la pobreza, que los padres se comuniquen bien con los hijos, se enteren de lo que les sucede sin que los hijos les teman y los aconsejen, incluso en la decisión de compra o retiro de un anticonceptivo de emergencia.
El problema no es que la píldora del día después esté a disposición de quien quiera usarla, pagando o no, lo que parece justo. El tema es que la sociedad chilena actual promueve a través de los medios masivos de comunicación las relaciones sexuales hasta para vender pasta de dientes, sin proporcionar una educación formal o familiar. Y después se horroriza, con su tradicional doble estándar, de lo que sembró atribuyendo la culpa al gobierno de turno.
jueves, septiembre 07, 2006
Manejo del dinero: Orgullo y perjuicio
Muchas generaciones de chilenos fueron educadas en la cultura del ahorro que se iniciaba con la apertura, al nacer, de una libreta del Banco del Estado, sucesor de la Caja de Ahorros. Así se enseñaba a los niños, apenas crecían un poco, que debían depositar los pesos que reunían en su alcancía: un chanchito de greda o un buzón con llave, que sólo se abría cuando estaba repleto de monedas. La cultura del ahorro y el pago oportuno de las cuentas era motivo de orgullo para los nacidos en este país y constituía un signo de honestidad.
Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.
El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .
A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.
El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.
Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.
Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.
Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!
Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.
El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .
A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.
El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.
Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.
Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.
Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!
Manejo del dinero:
Muchas generaciones de chilenos fueron educadas en la cultura del ahorro que se iniciaba con la apertura, al nacer, de una libreta del Banco del Estado, sucesor de la Caja de Ahorros. Así se enseñaba a los niños, apenas crecían un poco, que debían depositar los pesos que reunían en su alcancía: un chanchito de greda o un buzón con llave, que sólo se abría cuando estaba repleto de monedas. La cultura del ahorro y el pago oportuno de las cuentas era motivo de orgullo para los nacidos en este país y constituía un signo de honestidad.
Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.
El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .
A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.
El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.
Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.
Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.
Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!
Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.
El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .
A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.
El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.
Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.
Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.
Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!
viernes, septiembre 01, 2006
La necesidad de dar frutos
En un país como Chile, donde los escritores son los que menos se benefician económicamente de la venta de sus propios libros, siguen surgiendo talentos casi por inercia: porque sus razones no tienen que ver con el dinero, sino con su naturaleza creadora, que los impulsa a dar frutos.
Para ellos es importante saber, al menos, que existe otro grupo que se mueve con similares motivaciones: el de quienes sienten la necesidad de leer y no tienen dinero para adquirir libros, por lo que los solicitan en las bibliotecas.
Ambos grupos han celebrado con alegría los diez años de existencia del Bibliometro, período en el cual este sistema ha prestado más de un millón y medio de libros a lectores que no sólo los devolvieron a tiempo, sino a veces los entregaron forrados, para que tuvieran la mayor protección posible.
El proyecto crece junto con las estaciones del Metro. Esto demuestra que no es falta de interés por leer sino el alto precio, lo que hace que los chilenos no compren muchos libros.
Cada vez que se habla de este tema, inmediatamente se destaca la necesidad de quitar a estos productos el Iva, medida que bajaría un poco su valor. Pero nadie comenta, tal vez por desconocimiento, el recargo enorme que aplican a su precio inicial, los locales que los venden.
Después del largo proceso que implica crear una obra, escribirla, corregirla muchas veces, diagramarla e imprimirla, financiando la totalidad de los costos de los profesionales e insumos, los editores obtienen el valor final del producto. Entonces llega el momento de la distribución y la librería o local de ventas, normalmente, duplica esta suma y, además, le agrega el Iva. De esta forma, un libro cuyo valor final es de cuatro mil pesos, se vende en ocho mil pesos más Iva al comprador final.
Los derechos de autor que se dicen defender impidiendo el “pirateo” son, en su mayoría, irrisorios. Si el libro lo costea una editorial, probablemente, le corresponda a quien lo escribió, el 10% de la ganancia obtenida por ésta al entregarlo a librería, una vez descontado el valor de impresión, diagramación y otros. Lo que quiere decir el 10% de casi nada.
El esfuerzo de escribir y corregir, que dura meses o años, es muy poco valorado. Y si los escritores siguen creando sus obras es por naturaleza: no pueden evitarlo. Son como los árboles que dan sus frutos sin preguntar en cuánto los van a comercializar. Además, cuando tienen éxito, se siente contentos y, si se hacen famosos, disfrutan de lo positivo y negativo que tiene transformarse en un personaje público.
La mayor satisfacción a la que puede aspirar un escritor chileno es, aparentemente, sentirse valorado por sus lectores. Y leído por aquellos que visitan las bibliotecas y el Bibliometro.
Para ellos es importante saber, al menos, que existe otro grupo que se mueve con similares motivaciones: el de quienes sienten la necesidad de leer y no tienen dinero para adquirir libros, por lo que los solicitan en las bibliotecas.
Ambos grupos han celebrado con alegría los diez años de existencia del Bibliometro, período en el cual este sistema ha prestado más de un millón y medio de libros a lectores que no sólo los devolvieron a tiempo, sino a veces los entregaron forrados, para que tuvieran la mayor protección posible.
El proyecto crece junto con las estaciones del Metro. Esto demuestra que no es falta de interés por leer sino el alto precio, lo que hace que los chilenos no compren muchos libros.
Cada vez que se habla de este tema, inmediatamente se destaca la necesidad de quitar a estos productos el Iva, medida que bajaría un poco su valor. Pero nadie comenta, tal vez por desconocimiento, el recargo enorme que aplican a su precio inicial, los locales que los venden.
Después del largo proceso que implica crear una obra, escribirla, corregirla muchas veces, diagramarla e imprimirla, financiando la totalidad de los costos de los profesionales e insumos, los editores obtienen el valor final del producto. Entonces llega el momento de la distribución y la librería o local de ventas, normalmente, duplica esta suma y, además, le agrega el Iva. De esta forma, un libro cuyo valor final es de cuatro mil pesos, se vende en ocho mil pesos más Iva al comprador final.
Los derechos de autor que se dicen defender impidiendo el “pirateo” son, en su mayoría, irrisorios. Si el libro lo costea una editorial, probablemente, le corresponda a quien lo escribió, el 10% de la ganancia obtenida por ésta al entregarlo a librería, una vez descontado el valor de impresión, diagramación y otros. Lo que quiere decir el 10% de casi nada.
El esfuerzo de escribir y corregir, que dura meses o años, es muy poco valorado. Y si los escritores siguen creando sus obras es por naturaleza: no pueden evitarlo. Son como los árboles que dan sus frutos sin preguntar en cuánto los van a comercializar. Además, cuando tienen éxito, se siente contentos y, si se hacen famosos, disfrutan de lo positivo y negativo que tiene transformarse en un personaje público.
La mayor satisfacción a la que puede aspirar un escritor chileno es, aparentemente, sentirse valorado por sus lectores. Y leído por aquellos que visitan las bibliotecas y el Bibliometro.
jueves, agosto 24, 2006
El peligro de buscar la belleza actual
Una reciente encuesta internacional, que también se realizó en nuestro país, determinó que sólo el 2% de las chilenas está contenta con su apariencia física, una de cada cuatro dice estar gorda y un alto porcentaje ha pensando hacerse una cirugía estética, entre ellas las adolescentes.
El 70% de las chilenas declara que la publicidad y los medios de comunicación han impuesto un modelo de belleza imposible de alcanzar.
Las consecuencias de este fenómeno son, entre otras, un aumento creciente de los cuadros ansiosos, un alto consumo de ansiolíticos; mayor cantidad de cuadros de depresión; un aumento de los casos de bulimia y anorexia y crecientes adicciones, no sólo al alcohol .
A las mujeres de hoy, junto con la responsabilidad de procrear, se le exige ser extremadamente delgadas. Ambos aspectos se contraponen, si se toma en cuenta que para tener buenos partos se requiere de caderas anchas y algo de grasa .
Sería interesante un debate sobre el rol de las comunicaciones en este tema. Qué o quiénes han determinado los actuales cánones de belleza y cuán válidos son éstos.
Muchas personas nunca se han detenido a pensar qué intereses se mueven detrás de la obligación que tiene la mujer en esta sociedad de mujer ser flaca, abandonando sus formas naturales que, normalmente, son las que más atraen a los hombres.
El espacio televisivo que tantas veces se dedica a programas que no aportan mucho a la comunidad, podría incluir temas como éste, que afectan a la sociedad entera. La anorexia y la bulimia constituyen un problema de salud pública cada vez más presente en Chile.
Las exigencias que se ponen hoy para considerar a una mujer bella no son de siempre. En la antigüedad y Edad Media los patrones de belleza ni siquiera se vinculaban al sexo femenino y por lo tanto, tampoco constituian una exigencia para ellas. Esto ocurre recién en el Renacimiento, cuando pasaron a ser “un objeto decorativo”. Y, en todo caso no hay que olvidar que antes: “la gordura era parte de la hermosura”.
Sería conveniente conversar como sociedad, cuáles son las razones de promover una imagen femenina de flacura extrema, como la actual. Es posible que al menos tomemos conciencia del problema y no hagamos el juego a quienes se benefician con la cultura de los productos “light” y otras modas del momento.
Sólo así evitaremos los peligros de tener una belleza predeterminada por los medios de comunicación en vez de la real, que nace en sí misma.
El 70% de las chilenas declara que la publicidad y los medios de comunicación han impuesto un modelo de belleza imposible de alcanzar.
Las consecuencias de este fenómeno son, entre otras, un aumento creciente de los cuadros ansiosos, un alto consumo de ansiolíticos; mayor cantidad de cuadros de depresión; un aumento de los casos de bulimia y anorexia y crecientes adicciones, no sólo al alcohol .
A las mujeres de hoy, junto con la responsabilidad de procrear, se le exige ser extremadamente delgadas. Ambos aspectos se contraponen, si se toma en cuenta que para tener buenos partos se requiere de caderas anchas y algo de grasa .
Sería interesante un debate sobre el rol de las comunicaciones en este tema. Qué o quiénes han determinado los actuales cánones de belleza y cuán válidos son éstos.
Muchas personas nunca se han detenido a pensar qué intereses se mueven detrás de la obligación que tiene la mujer en esta sociedad de mujer ser flaca, abandonando sus formas naturales que, normalmente, son las que más atraen a los hombres.
El espacio televisivo que tantas veces se dedica a programas que no aportan mucho a la comunidad, podría incluir temas como éste, que afectan a la sociedad entera. La anorexia y la bulimia constituyen un problema de salud pública cada vez más presente en Chile.
Las exigencias que se ponen hoy para considerar a una mujer bella no son de siempre. En la antigüedad y Edad Media los patrones de belleza ni siquiera se vinculaban al sexo femenino y por lo tanto, tampoco constituian una exigencia para ellas. Esto ocurre recién en el Renacimiento, cuando pasaron a ser “un objeto decorativo”. Y, en todo caso no hay que olvidar que antes: “la gordura era parte de la hermosura”.
Sería conveniente conversar como sociedad, cuáles son las razones de promover una imagen femenina de flacura extrema, como la actual. Es posible que al menos tomemos conciencia del problema y no hagamos el juego a quienes se benefician con la cultura de los productos “light” y otras modas del momento.
Sólo así evitaremos los peligros de tener una belleza predeterminada por los medios de comunicación en vez de la real, que nace en sí misma.
El quinto poder: un consumidor bien informado
Una información fidedigna es indispensable para tomar buenas decisiones, de cualquier naturaleza. Conocer aquello que ocurre en nuestro entorno, es una tarea cada vez más compleja y supera nuestra capacidad de observación directa. Por eso usamos, y confiamos, en los medios de comunicación o “cuarto poder del Estado”. Sin embargo, es importante mantener una actitud conciente, saber cuál es la inspiración ideológica o económica que éstos tienen y qué imágenes o productos nos quieren vender.
El consumidor común muchas veces desconoce esta realidad y asimila con inocencia lo que el medio le dice, interpretándolo como una verdad absoluta, sólo porque “salió en los diarios”. Esto produce a veces injusticias, ya que puede deformar la visión de los hechos y de las personas involucradas en éstos.
Más allá del trabajo periodístico de recopilar y redactar la noticia, existe una labor editorial que determina los temas que se darán a conocer y qué se dirá al respecto, ciñéndose a la línea del medio informativo. Ésta resguarda el pensamiento y los ingresos, no sólo de las empresas periodísticas y sus avisadores, sino de todos los integrantes del holding de los dueños del diario, radio o canal de televisión.
El consumidor de medios debe asumir un rol activo y conocer lo que orienta a su fuente de información. Debe saber quiénes son los dueños de los diarios, radios o canales de televisión en que se informa, conocer su pensamiento y sus intereses económicos. Sólo así podrá determinar, por sí mismo, qué le conviene o no internalizar, constituyéndose en el quinto poder del Estado, tan necesario para regular el proceso democrático y también, el del mercado.
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El consumidor común muchas veces desconoce esta realidad y asimila con inocencia lo que el medio le dice, interpretándolo como una verdad absoluta, sólo porque “salió en los diarios”. Esto produce a veces injusticias, ya que puede deformar la visión de los hechos y de las personas involucradas en éstos.
Más allá del trabajo periodístico de recopilar y redactar la noticia, existe una labor editorial que determina los temas que se darán a conocer y qué se dirá al respecto, ciñéndose a la línea del medio informativo. Ésta resguarda el pensamiento y los ingresos, no sólo de las empresas periodísticas y sus avisadores, sino de todos los integrantes del holding de los dueños del diario, radio o canal de televisión.
El consumidor de medios debe asumir un rol activo y conocer lo que orienta a su fuente de información. Debe saber quiénes son los dueños de los diarios, radios o canales de televisión en que se informa, conocer su pensamiento y sus intereses económicos. Sólo así podrá determinar, por sí mismo, qué le conviene o no internalizar, constituyéndose en el quinto poder del Estado, tan necesario para regular el proceso democrático y también, el del mercado.
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Alerta frente a la información
Los medios de comunicación para financiar sus productos se valen, principalmente, de la publicidad. Por esta razón, permanecen divididos entre su misión social de informar y los intereses de sus clientes, a quienes no pueden descuidar si desean continuar subsistiendo. Esto hace que muchas veces los editores, que eligen los temas que se van a tratar y lo que se va a decir o callar sobre éstos, sean presionados por las gerencias comerciales de sus empresas. Se trata de lograr que destaquen aquello que directa o indirectamente favorece el consumo de los productos que ofrecen los avisadores del medio informativo, sean o no beneficiosos para los receptores de la información.
En la misma medida que los editores ceden a esta presión y hacen prevalecer los intereses de sus clientes por sobre los de sus lectores o teleauditores, la sociedad entera puede ser conducida a consumir aquello que no la beneficia y más bien le daña. Un ejemplo son los artículos que promueven la compra de elementos nocivos como el cigarro, la comida chatarra o alimentos que tienen productos químicos cancerígenos.
El tratamiento que se da en los medios de comunicación a la nutrición humana, por ejemplo, puede ser muy variado. Cuando se enfoca el tema pensando en el lector o teleauditor, se habla de alimentación equilibrada y de consultar a un especialista, antes de iniciar dietas para adelgazar o incluir medicamentos que tienen este objetivo. Si en cambio el editor hace prevalecer el interés de las empresas avisadoras por sobre el de su público, puede promover, por ejemplo, el uso tratamientos reductores con productos específicos que, “por simple coincidencia” forman parte de su avisaje habitual .
El lector, auditor o teleauditor no puede modificar esta realidad interna de los medios de comunicación pero sí, estar alerta y distinguir la información que sirve sus intereses y aquella que le puede hacer daño. Para ello debe actuar como un consumidor responsable, lo que implica informarse en fuentes variadas, directas, confiables y lo más objetivas posibles. De esta manera, tendrá a mano los elementos para distinguir entre lo que los medios de comunicación le entregan como una información valiosa y aquello que constituye sólo una forma de venta de productos o ideas determinadas.
Una posición más crítica frente a la información impedirá que su actuación sea la de un títere, movido por hilos que otros manejan de acuerdo a lo que desean venderle o hacerle creer.
En la misma medida que los editores ceden a esta presión y hacen prevalecer los intereses de sus clientes por sobre los de sus lectores o teleauditores, la sociedad entera puede ser conducida a consumir aquello que no la beneficia y más bien le daña. Un ejemplo son los artículos que promueven la compra de elementos nocivos como el cigarro, la comida chatarra o alimentos que tienen productos químicos cancerígenos.
El tratamiento que se da en los medios de comunicación a la nutrición humana, por ejemplo, puede ser muy variado. Cuando se enfoca el tema pensando en el lector o teleauditor, se habla de alimentación equilibrada y de consultar a un especialista, antes de iniciar dietas para adelgazar o incluir medicamentos que tienen este objetivo. Si en cambio el editor hace prevalecer el interés de las empresas avisadoras por sobre el de su público, puede promover, por ejemplo, el uso tratamientos reductores con productos específicos que, “por simple coincidencia” forman parte de su avisaje habitual .
El lector, auditor o teleauditor no puede modificar esta realidad interna de los medios de comunicación pero sí, estar alerta y distinguir la información que sirve sus intereses y aquella que le puede hacer daño. Para ello debe actuar como un consumidor responsable, lo que implica informarse en fuentes variadas, directas, confiables y lo más objetivas posibles. De esta manera, tendrá a mano los elementos para distinguir entre lo que los medios de comunicación le entregan como una información valiosa y aquello que constituye sólo una forma de venta de productos o ideas determinadas.
Una posición más crítica frente a la información impedirá que su actuación sea la de un títere, movido por hilos que otros manejan de acuerdo a lo que desean venderle o hacerle creer.
Facilidades para no estudiar
Dicen que "Lo que natura non da Salamanca non presta", aludiendo a la necesidad de contar con ciertas condiciones intelectuales para estudiar en la universidad. Lo recordé hace poco, cuando un alumno de periodismo confesó a su profesor, en mi presencia, que no tenía facilidad para escribir, ni menos para leer.
Aunque el reconocimiento de su inhabilidad para esta profesión me quedó claro de inmediato, me pareció increíble que cursara el cuarto año de la carrera ¿Cómo había ingresado a estudiar allí si no tenía habilidades para escribir? ¿Cómo había permanecido y aprobado los cursos durante tanto tiempo?
La primera respuesta me la dio sin querer un profesor de planta de esa escuela, cuando le pregunté sobre el examen de selección para entrar a primer año: "Sólo se conversa con ellos, para detectar si tienen problemas psicológicos-me dijo- pero ya no hay pruebas de habilidades de lenguaje, ni de actualidad, como antes. La matrícula ha bajado mucho y no hay que poner problemas".
De acuerdo a la información obtenida, esto sucede en algunas escuelas no sólo de periodismo, ya que en algunas universidades se privilegia lo comercial sobre lo académico. Esto respondió mi segunda pregunta. Hay casos en que esos establecimientos dan tantas facilidades para que los alumnos aprueben las cátedras, que éstos tienen hasta tres oportunidades de examen final en cada semestre.
La idea, aparentemente, es que las promociones se renueven y la universidad funcione, recibiendo los ingresos necesarios para subsistir. También, evitarse problemas con los alumnos.
Algunos profesores, sometidos a tomar exámenes tres veces cada semestre, optan por hacer evaluaciones más simples y aprobar de inmediato a los alumnos. Como éstos perciben cuáles son las reglas del juego, no se preocupan mucho de estudiar: al final aprobarán de todas formas: "la fulanita no viene nunca a clases y siempre sale bien”-comentan. Además, afirman ellos, "la asistencia corre sólo en el reglamento, porque en la práctica no se aplica".
La calidad de profesionales que está saliendo de algunos establecimientos de educación superior, es un problema nuevo para una sociedad como la nuestra, donde estas instituciones, en general, tienen un prestigio merecidamente ganado por el esfuerzo de muchas generaciones. En el caso del periodismo, los profesionales con una mala formación representarn un serio peligro ya que por ignorancia o falta de preparación pueden escribir informaciones erróneas, poco rigurosas o mal redactadas que produzcan equívocos, lleven a la deshonra de las personas e instituciones o conduzcan a la toma decisiones equivocadas. Además, si por cualquier razón ajena a la calidad, alcanzan el cargo de editor, no tendrán la formación apropiada para conducir a un grupo de profesionales en una misión tan importante como la de informar a la comunidad.
Aunque el reconocimiento de su inhabilidad para esta profesión me quedó claro de inmediato, me pareció increíble que cursara el cuarto año de la carrera ¿Cómo había ingresado a estudiar allí si no tenía habilidades para escribir? ¿Cómo había permanecido y aprobado los cursos durante tanto tiempo?
La primera respuesta me la dio sin querer un profesor de planta de esa escuela, cuando le pregunté sobre el examen de selección para entrar a primer año: "Sólo se conversa con ellos, para detectar si tienen problemas psicológicos-me dijo- pero ya no hay pruebas de habilidades de lenguaje, ni de actualidad, como antes. La matrícula ha bajado mucho y no hay que poner problemas".
De acuerdo a la información obtenida, esto sucede en algunas escuelas no sólo de periodismo, ya que en algunas universidades se privilegia lo comercial sobre lo académico. Esto respondió mi segunda pregunta. Hay casos en que esos establecimientos dan tantas facilidades para que los alumnos aprueben las cátedras, que éstos tienen hasta tres oportunidades de examen final en cada semestre.
La idea, aparentemente, es que las promociones se renueven y la universidad funcione, recibiendo los ingresos necesarios para subsistir. También, evitarse problemas con los alumnos.
Algunos profesores, sometidos a tomar exámenes tres veces cada semestre, optan por hacer evaluaciones más simples y aprobar de inmediato a los alumnos. Como éstos perciben cuáles son las reglas del juego, no se preocupan mucho de estudiar: al final aprobarán de todas formas: "la fulanita no viene nunca a clases y siempre sale bien”-comentan. Además, afirman ellos, "la asistencia corre sólo en el reglamento, porque en la práctica no se aplica".
La calidad de profesionales que está saliendo de algunos establecimientos de educación superior, es un problema nuevo para una sociedad como la nuestra, donde estas instituciones, en general, tienen un prestigio merecidamente ganado por el esfuerzo de muchas generaciones. En el caso del periodismo, los profesionales con una mala formación representarn un serio peligro ya que por ignorancia o falta de preparación pueden escribir informaciones erróneas, poco rigurosas o mal redactadas que produzcan equívocos, lleven a la deshonra de las personas e instituciones o conduzcan a la toma decisiones equivocadas. Además, si por cualquier razón ajena a la calidad, alcanzan el cargo de editor, no tendrán la formación apropiada para conducir a un grupo de profesionales en una misión tan importante como la de informar a la comunidad.
El despido inesperado: una práctica inhumana
Uno de los momentos más difíciles de enfrentar para el afectado es aquel en que se le despide del trabajo. En algunos casos es algo que se ve venir, por incompatibilidades con su superior o algún desacierto en el desempeño de las funciones. En otros, los peores, el despido es inesperado ya que el jefe o la empresa, con una falta de transparencia enorme, pese a que hace tiempo quiere eliminar al trabajador nunca se lo ha siquiera insinuado. Conozco casos en que hasta se ha felicitado quince días antes al empleado por su desempeño y, luego, se le ha “desvinculado de su trabajo” como se dice elegantemente hoy, de un minuto a otro, en un acto que puede aparecer algo sádico.
Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.
Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.
Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.
En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.
Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.
Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.
Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.
Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.
En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.
Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.
El despido inesperado: una práctica inhumana
Uno de los momentos más difíciles de enfrentar para el afectado es aquel en que se le despide del trabajo. En algunos casos es algo que se ve venir, por incompatibilidades con su superior o algún desacierto en el desempeño de las funciones. En otros, los peores, el despido es inesperado ya que el jefe o la empresa, con una falta de transparencia enorme, pese a que hace tiempo quiere eliminar al trabajador nunca se lo ha siquiera insinuado. Conozco casos en que hasta se ha felicitado quince días antes al empleado por su desempeño y, luego, se le ha “desvinculado de su trabajo” como se dice elegantemente hoy, de un minuto a otro, en un acto que puede aparecer algo sádico.
Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.
Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.
Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.
En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.
Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.
Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.
Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.
Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.
En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.
Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.
lunes, agosto 14, 2006
Prevenir “a la chilena”
A menudo se dice que “después de la batalla todos somos generales” y, sin duda, hay algo de cierto.
Después de conocer el daño provocado a las investigaciones científicas a raíz del incendio del laboratorio de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, muchos se preguntan cómo es posible que no existiera el respaldo suficiente de lo que allí se hacía o si lo había, cómo se guardaba todo en un mismo lugar.
Este lamentable suceso nos pone en alerta sobre la forma en que actuamos, a diario, la gran mayoría de los chilenos y deja a la luz una de las razones por las que somos un país subdesarrollado. He visto a escritores perder un libro a punto de terminar que tenían en su computador por no haber previsto que se podía dañar su disco duro, por dar otro ejemplo.
La imprevisión es una de las características nacionales al igual que la falta de rigurosidad y la impuntualidad, entre tantas otras. Lo importante es aprender la lección y tratar de aplicarla en un ámbito más amplio que el atingente a este caso.
Ultimamente, por ejemplo, se ha hablado mucho en los medios de comunicación sobre lo que ocurriría en el país, en un próximo sismo de la intensidad de otros anteriores. La recreación virtual dada a conocer por el National Geographic de cómo quedarían Valparaíso y Viña del Mar, si ocurriera un terremoto, en vez de crear pánico y molestia entre los televidentes, los debería llevar a alegrarse de que no sea cierto aún y a pensar en tomar las precauciones para el futuro.
En Santiago también sería conveniente revisar, por ejemplo, lo construido y fiscalizar en detalle la edificación que ha proliferado en los últimos años y que no siempre ha respetado las normas de seguridad necesarias para casos como estos. Las edificaciones con abundancia de vidrios y de gran altura aún no han pasado por la experiencia de un sismo de gran intensidad.
Prevenir situaciones de riesgo y ser rigurosos en la adopción de medidas de seguridad, en general, debería ser parte importante de nuestras preocupaciones de hoy para no lamentar en el futuro pérdidas importantes de valiosa información, de recursos materiales y lo que es peor de vidas humanas.
Después de conocer el daño provocado a las investigaciones científicas a raíz del incendio del laboratorio de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, muchos se preguntan cómo es posible que no existiera el respaldo suficiente de lo que allí se hacía o si lo había, cómo se guardaba todo en un mismo lugar.
Este lamentable suceso nos pone en alerta sobre la forma en que actuamos, a diario, la gran mayoría de los chilenos y deja a la luz una de las razones por las que somos un país subdesarrollado. He visto a escritores perder un libro a punto de terminar que tenían en su computador por no haber previsto que se podía dañar su disco duro, por dar otro ejemplo.
La imprevisión es una de las características nacionales al igual que la falta de rigurosidad y la impuntualidad, entre tantas otras. Lo importante es aprender la lección y tratar de aplicarla en un ámbito más amplio que el atingente a este caso.
Ultimamente, por ejemplo, se ha hablado mucho en los medios de comunicación sobre lo que ocurriría en el país, en un próximo sismo de la intensidad de otros anteriores. La recreación virtual dada a conocer por el National Geographic de cómo quedarían Valparaíso y Viña del Mar, si ocurriera un terremoto, en vez de crear pánico y molestia entre los televidentes, los debería llevar a alegrarse de que no sea cierto aún y a pensar en tomar las precauciones para el futuro.
En Santiago también sería conveniente revisar, por ejemplo, lo construido y fiscalizar en detalle la edificación que ha proliferado en los últimos años y que no siempre ha respetado las normas de seguridad necesarias para casos como estos. Las edificaciones con abundancia de vidrios y de gran altura aún no han pasado por la experiencia de un sismo de gran intensidad.
Prevenir situaciones de riesgo y ser rigurosos en la adopción de medidas de seguridad, en general, debería ser parte importante de nuestras preocupaciones de hoy para no lamentar en el futuro pérdidas importantes de valiosa información, de recursos materiales y lo que es peor de vidas humanas.
jueves, agosto 03, 2006
¿ Somos monstruos ?
Los seres humanos a menudo sorprenden con su violencia. El impacto que ésta produce cuando se conoce directamente o a través de los medios de comunicación, hace sufrir a algunos y a otros, disfrutar en forma morbosa, sin que siquiera tengan conciencia de ello. Esa es la razón por la que se informan en la televisión y los diarios, hasta los últimos detalles de los crímenes más horrorosos, cuyo sólo anuncio nos deja atónitos.
Los episodios últimos de la guerra en Oriente Medio muestran los extremos a los que se puede llegar en una confrontación en que el fin parece, a los involucrados, justificar los medios. La muerte masiva de niños produce repulsión a cualquier persona bien inspirada al igual que la de tantos otros inocentes que viven allí o están en misión de paz, para buscar una solución al conflicto.
Además de la confrontación entre países, existe también la guerra permanente entre las personas, con similares horrores. Escuchamos las noticias nacionales y conocemos casos de padres que violan y matan a sus propios hijos. De adultos que disparan a niños de dos años. De torturadores que encuentran justificado su oficio.
¿De qué monstruosa sociedad estamos hablando? ¿Quiénes somos realmente?
La violencia que en otro contexto social, tal vez se usaba como una forma ancestral de defenderse frente al ataque de animales, hoy se fomenta para favorecer diversos intereses económicos, a través de las series de televisión, las películas y juegos de niños. Y en cualquier momento da sus frutos. Los pequeños que gustan del combate y la guerra, tienen su agresividad desarrollada y lista para proyectarla, como adultos, en la sociedad.
Por otra parte, las torturas que algunos aprenden en escuelas militares como algo permitido para hacer hablar o castigar al “enemigo” se transforma en realidad cuando hay conflictos y se usan para demostrar poder y descargar cualquier rabia. De estas terribles prácticas se toman hasta fotografías, no sólo para denunciar los hechos sino para que otros disfruten observándolas.
Basta mirar las entretenciones que los adultos proponen o permiten a sus hijos, especialmente a los varones, para comprender en qué mundo estamos. A ellos se les regalan armas de juguete, series guerreras o cualquier otro objeto que sirve para dañar a los demás y se les deja entrever que si no los usan no son hombres. Deben ser héroes de guerra, personajes capaces de golpear bien y matar a otros, si es necesario. Eso es lo más importante para pertenecer al género masculino.
Como sociedad deberíamos detenernos y repensar estos juegos. Sería conveniente escoger actividades más positivas y eliminar estas prácticas desde la primera infancia. Ya está bueno de seguir en eso. Hay que hacer algo por contribuir aunque sea con un gesto puntual, al término de este mundo violento en que todo se hace por la fuerza, la imposición y el poder de unos contra otros. Esta sociedad en que cualquier signo de tolerancia, paz o amor se considera “debilidad” y sólo se desea en Nochebuena.
Comencemos a contribuir a la paz. Tomemos conciencia de lo monstruosos que somos los seres humanos. Tratemos de aportar en nuestro entorno inmediato, aunque sea una acción diaria, que revierta este proceso. Una acción de amor, de no violencia, de incentivo a vivir en paz. Puede parecer ingenuo, pero todas las grandes acciones empezaron así, por lo que unos pocos hicieron. Lentamente, la masa crece y se llega al punto crítico en que la situación se revierte.
Intentemos contrarrestar esos impulsos que todos tenemos y nos conducen a la guerra: en el trabajo, el hogar y la comunidad.Aunque siempre existirán seres y hechos violentos, las cosas pueden a futuro ser mejores: si cada uno se transforma y fomenta el cambio; si no pedimos a otros ejercer el autoritarismo, el de “golpear la mesa”; si construimos una sociedad en que se respete a los demás, de esas que algunos consideran “débiles” y que son las únicas realmente fuertes, estables y generadoras de paz social.
La violencia sólo fomenta respuestas igualmente duras y desata una espiral sin fin, que perpetúa la desgracia humana. Canalicemos la necesidad de lucha, propia del hombre, hacia fines que favorezcan la paz y no hacia aquellos que la destruyen.
Los episodios últimos de la guerra en Oriente Medio muestran los extremos a los que se puede llegar en una confrontación en que el fin parece, a los involucrados, justificar los medios. La muerte masiva de niños produce repulsión a cualquier persona bien inspirada al igual que la de tantos otros inocentes que viven allí o están en misión de paz, para buscar una solución al conflicto.
Además de la confrontación entre países, existe también la guerra permanente entre las personas, con similares horrores. Escuchamos las noticias nacionales y conocemos casos de padres que violan y matan a sus propios hijos. De adultos que disparan a niños de dos años. De torturadores que encuentran justificado su oficio.
¿De qué monstruosa sociedad estamos hablando? ¿Quiénes somos realmente?
La violencia que en otro contexto social, tal vez se usaba como una forma ancestral de defenderse frente al ataque de animales, hoy se fomenta para favorecer diversos intereses económicos, a través de las series de televisión, las películas y juegos de niños. Y en cualquier momento da sus frutos. Los pequeños que gustan del combate y la guerra, tienen su agresividad desarrollada y lista para proyectarla, como adultos, en la sociedad.
Por otra parte, las torturas que algunos aprenden en escuelas militares como algo permitido para hacer hablar o castigar al “enemigo” se transforma en realidad cuando hay conflictos y se usan para demostrar poder y descargar cualquier rabia. De estas terribles prácticas se toman hasta fotografías, no sólo para denunciar los hechos sino para que otros disfruten observándolas.
Basta mirar las entretenciones que los adultos proponen o permiten a sus hijos, especialmente a los varones, para comprender en qué mundo estamos. A ellos se les regalan armas de juguete, series guerreras o cualquier otro objeto que sirve para dañar a los demás y se les deja entrever que si no los usan no son hombres. Deben ser héroes de guerra, personajes capaces de golpear bien y matar a otros, si es necesario. Eso es lo más importante para pertenecer al género masculino.
Como sociedad deberíamos detenernos y repensar estos juegos. Sería conveniente escoger actividades más positivas y eliminar estas prácticas desde la primera infancia. Ya está bueno de seguir en eso. Hay que hacer algo por contribuir aunque sea con un gesto puntual, al término de este mundo violento en que todo se hace por la fuerza, la imposición y el poder de unos contra otros. Esta sociedad en que cualquier signo de tolerancia, paz o amor se considera “debilidad” y sólo se desea en Nochebuena.
Comencemos a contribuir a la paz. Tomemos conciencia de lo monstruosos que somos los seres humanos. Tratemos de aportar en nuestro entorno inmediato, aunque sea una acción diaria, que revierta este proceso. Una acción de amor, de no violencia, de incentivo a vivir en paz. Puede parecer ingenuo, pero todas las grandes acciones empezaron así, por lo que unos pocos hicieron. Lentamente, la masa crece y se llega al punto crítico en que la situación se revierte.
Intentemos contrarrestar esos impulsos que todos tenemos y nos conducen a la guerra: en el trabajo, el hogar y la comunidad.Aunque siempre existirán seres y hechos violentos, las cosas pueden a futuro ser mejores: si cada uno se transforma y fomenta el cambio; si no pedimos a otros ejercer el autoritarismo, el de “golpear la mesa”; si construimos una sociedad en que se respete a los demás, de esas que algunos consideran “débiles” y que son las únicas realmente fuertes, estables y generadoras de paz social.
La violencia sólo fomenta respuestas igualmente duras y desata una espiral sin fin, que perpetúa la desgracia humana. Canalicemos la necesidad de lucha, propia del hombre, hacia fines que favorezcan la paz y no hacia aquellos que la destruyen.
¿ Somos monstruos ?
Los seres humanos a menudo sorprenden con su violencia. El impacto que ésta produce cuando se conoce directamente o a través de los medios de comunicación, hace sufrir a algunos y a otros, disfrutar en forma morbosa, sin que siquiera tengan conciencia de ello. Esa es la razón por la que se informan en la televisión y los diarios, hasta los últimos detalles de los crímenes más horrorosos, cuyo sólo anuncio nos deja atónitos.
Los episodios últimos de la guerra en Oriente Medio muestran los extremos a los que se puede llegar en una confrontación en que el fin parece, a los involucrados, justificar los medios. La muerte masiva de niños produce repulsión a cualquier persona bien inspirada al igual que la de tantos otros inocentes que viven allí o están en misión de paz, para buscar una solución al conflicto.
Además de la confrontación entre países, existe también la guerra permanente entre las personas, con similares horrores. Escuchamos las noticias nacionales y conocemos casos de padres que violan y matan a sus propios hijos. De adultos que disparan a niños de dos años. De torturadores que encuentran justificado su oficio.
¿De qué monstruosa sociedad estamos hablando? ¿Quiénes somos realmente?
La violencia que en otro contexto social, tal vez se usaba como una forma ancestral de defenderse frente al ataque de animales, hoy se fomenta para favorecer diversos intereses económicos, a través de las series de televisión, las películas y juegos de niños. Y en cualquier momento da sus frutos. Los pequeños que gustan del combate y la guerra, tienen su agresividad desarrollada y lista para proyectarla, como adultos, en la sociedad. Por otra parte, las torturas que algunos aprenden en escuelas militares como algo permitido para hacer hablar o castigar al “enemigo” se transforma en realidad cuando hay conflictos y se usan para demostrar poder y descargar cualquier rabia. De estas terribles prácticas se toman hasta fotografías, no sólo para denunciar los hechos sino para que otros disfruten observándolas.
Basta mirar las entretenciones que los adultos proponen o permiten a sus hijos, especialmente a los varones, para comprender en qué mundo estamos. A ellos se les regalan armas de juguete, series guerreras o cualquier otro objeto que sirve para dañar a los demás y se les deja entrever que si no los usan no son hombres. Deben ser héroes de guerra, personajes capaces de golpear bien y matar a otros, si es necesario. Eso es lo más importante para pertenecer al género masculino.
Como sociedad deberíamos detenernos y repensar estos juegos. Sería conveniente escoger actividades más positivas y eliminar estas prácticas desde la primera infancia. Ya está bueno de seguir en eso. Hay que hacer algo por contribuir aunque sea con un gesto puntual, al término de este mundo violento en que todo se hace por la fuerza, la imposición y el poder de unos contra otros. Esta sociedad en que cualquier signo de tolerancia, paz o amor se considera “debilidad” y sólo se desea en Nochebuena.
Comencemos a contribuir a la paz. Tomemos conciencia de lo monstruosos que somos los seres humanos. Tratemos de aportar en nuestro entorno inmediato, aunque sea una acción diaria, que revierta este proceso. Una acción de amor, de no violencia, de incentivo a vivir en paz.
Puede parecer ingenuo, pero todas las grandes acciones empezaron así, por lo que unos pocos hicieron. Lentamente, la masa crece y se llega al punto crítico en que la situación se revierte. Intentemos contrarrestar esos impulsos que todos tenemos y nos conducen a la guerra: en el trabajo, el hogar y la comunidad.
Aunque siempre existirán seres y hechos violentos, las cosas pueden a futuro ser mejores: si cada uno se transforma y fomenta el cambio; si no pedimos a otros ejercer el autoritarismo, el de “golpear la mesa”; si construimos una sociedad en que se respete a los demás, de esas que algunos consideran “débiles” y que son las únicas realmente fuertes, estables y generadoras de paz social.
La violencia sólo fomenta respuestas igualmente duras y desata una espiral sin fin, que perpetúa la desgracia humana. Canalicemos la necesidad de lucha, propia del hombre, hacia fines que favorezcan la paz y no hacia aquellos que la destruyen.
Los episodios últimos de la guerra en Oriente Medio muestran los extremos a los que se puede llegar en una confrontación en que el fin parece, a los involucrados, justificar los medios. La muerte masiva de niños produce repulsión a cualquier persona bien inspirada al igual que la de tantos otros inocentes que viven allí o están en misión de paz, para buscar una solución al conflicto.
Además de la confrontación entre países, existe también la guerra permanente entre las personas, con similares horrores. Escuchamos las noticias nacionales y conocemos casos de padres que violan y matan a sus propios hijos. De adultos que disparan a niños de dos años. De torturadores que encuentran justificado su oficio.
¿De qué monstruosa sociedad estamos hablando? ¿Quiénes somos realmente?
La violencia que en otro contexto social, tal vez se usaba como una forma ancestral de defenderse frente al ataque de animales, hoy se fomenta para favorecer diversos intereses económicos, a través de las series de televisión, las películas y juegos de niños. Y en cualquier momento da sus frutos. Los pequeños que gustan del combate y la guerra, tienen su agresividad desarrollada y lista para proyectarla, como adultos, en la sociedad. Por otra parte, las torturas que algunos aprenden en escuelas militares como algo permitido para hacer hablar o castigar al “enemigo” se transforma en realidad cuando hay conflictos y se usan para demostrar poder y descargar cualquier rabia. De estas terribles prácticas se toman hasta fotografías, no sólo para denunciar los hechos sino para que otros disfruten observándolas.
Basta mirar las entretenciones que los adultos proponen o permiten a sus hijos, especialmente a los varones, para comprender en qué mundo estamos. A ellos se les regalan armas de juguete, series guerreras o cualquier otro objeto que sirve para dañar a los demás y se les deja entrever que si no los usan no son hombres. Deben ser héroes de guerra, personajes capaces de golpear bien y matar a otros, si es necesario. Eso es lo más importante para pertenecer al género masculino.
Como sociedad deberíamos detenernos y repensar estos juegos. Sería conveniente escoger actividades más positivas y eliminar estas prácticas desde la primera infancia. Ya está bueno de seguir en eso. Hay que hacer algo por contribuir aunque sea con un gesto puntual, al término de este mundo violento en que todo se hace por la fuerza, la imposición y el poder de unos contra otros. Esta sociedad en que cualquier signo de tolerancia, paz o amor se considera “debilidad” y sólo se desea en Nochebuena.
Comencemos a contribuir a la paz. Tomemos conciencia de lo monstruosos que somos los seres humanos. Tratemos de aportar en nuestro entorno inmediato, aunque sea una acción diaria, que revierta este proceso. Una acción de amor, de no violencia, de incentivo a vivir en paz.
Puede parecer ingenuo, pero todas las grandes acciones empezaron así, por lo que unos pocos hicieron. Lentamente, la masa crece y se llega al punto crítico en que la situación se revierte. Intentemos contrarrestar esos impulsos que todos tenemos y nos conducen a la guerra: en el trabajo, el hogar y la comunidad.
Aunque siempre existirán seres y hechos violentos, las cosas pueden a futuro ser mejores: si cada uno se transforma y fomenta el cambio; si no pedimos a otros ejercer el autoritarismo, el de “golpear la mesa”; si construimos una sociedad en que se respete a los demás, de esas que algunos consideran “débiles” y que son las únicas realmente fuertes, estables y generadoras de paz social.
La violencia sólo fomenta respuestas igualmente duras y desata una espiral sin fin, que perpetúa la desgracia humana. Canalicemos la necesidad de lucha, propia del hombre, hacia fines que favorezcan la paz y no hacia aquellos que la destruyen.
viernes, julio 28, 2006
Evolución de la prensa femenina: el difícil despertar de la bella durmiente
Las mujeres constituyen, según el Censo 2002, un poco más de la mitad de los chilenos. De ellas, un tercio son jefes de hogar y casi se ha duplicado en los últimos diez años, el número de las que han pasado por la educación superior. [1]Sin embargo, aún hay quienes creen, con o sin razón, que se les puede mantener en calidad de bellas durmientes o en estado vegetal, como se diría ahora, a la espera de un príncipe que solucione sus problemas. La droga para lograr este sopor se canaliza, en parte, a través de los medios de comunicación que, con el fin de acrecentar la publicidad que los sustenta, les entregan contenidos adormecedores y las mantiene entretenidas con una promoción cada vez más abundante de productos de consumo; dietas para adelgazar, muchas veces innecesarias; comentarios sobre la vida privada de nobles o artistas; y la teleserie de turno.Leer o escuchar estos contenidos no hace ningún daño a quienes están en estado de alerta y saben los intereses que se mueven tras ellos, pero pueden convertir en marionetas a quienes no los conocen e invierten su tiempo y energía en aplicar todo lo que se dice o recomienda en la publicidad o en los artículos más livianos.A veces, incluso, puede llevar su salud a límites inconvenientes. No es casual, por ejemplo, que la anorexia se produzca casi exclusivamente entre las mujeres y en años que coinciden con una fuerte promoción de los regímenes alimenticios.El “sueño de la bella durmiente” es una dolencia que no sólo las afecta a ellas, porque mientras se dejan llevar por temas intrascendentes, en su entorno la vida sigue desarrollándose sin su aporte. Y mientras este tipo de mujeres está preocupado de “qué le pasará al personaje principal de la telenovela”, el príncipe que espera para sacarla de su encantamiento parte, como Mambrú, a la guerra donde sea que ésta se lleve a cabo.Las periodistas, por el rol social que les asigna esta cultura, están bien preparadas para entregar a los medios de comunicación contenidos trascendentes que ayuden a despertar a las personas que aún no lo hacen. Las relaciones humanas y el desarrollo personal, por ejemplo, son campos muy valorados por el sexo femenino y contribuyen a formar una sociedad más comprensiva y pacífica. A juicio de los expertos, ellas pueden contribuir a crear una cultura de paz, tan valorada en estos tiempos en que el mundo vive en torno a la guerra.Aunque el rol de los medios de comunicación masiva no es educador, algunos de los temas que estos debaten interpretan las inquietudes sociales que, después de algunos años, se incorporan a la educación formal.El periodismo puede informar, entretener y colaborar a la construcción de una sociedad mejor y menos guerrera, con mejores relaciones al interior de las familias, de la pareja, de las empresas y de toda la sociedad.Esto depende, en parte, de la actitud que asuman las profesionales de la prensa, quienes podrían en este sentido determinar una meta común y luchar por alcanzarla.Conscientes del problema y con una finalidad clara, ellas pueden poner énfasis en estos tópicos que, como son de gran atractivo para los lectores, cumplirían a la vez con el fin de la industria publicitaria que financia los periódicos, al capturar un público para promover sus productos.Las revistas de hoy no tienen razones para ser productos “light” o poco inteligentes. Todo lo que se escribe puede ser entretenido, ya que esto depende más del tratamiento y de la vigencia de los temas que de estos en sí mismos.¿Pueden las mujeres periodistas aportar a la sociedad algo distinto de lo que entregan los hombres?¿Es posible que masifiquen un periodismo para sus congéneres más digno del nivel al que éstas han llegado? O ¿seguirá predominando una visión machista que destina a la mujer un rol menor, en que los comentarios de la vida privada de los famosos, el consumismo y las recetas para obtener un marido deben ser el centro de su pensamiento?Hay algunos que creen también que las mujeres de hoy no necesitan publicaciones diferentes a las de los hombres y que los periódicos femeninos sólo existen porque canalizan una publicidad segmentada, que satisface los intereses económicos de las industrias y promueve el consumo.Cualquiera sea la respuesta a estas interrogantes, el tema merece un análisis.Al Ritmo de la TradiciónLa primera discusión, al tratar este tipo de temas, es si se considera que hombres y mujeres tienen roles sicológicos naturales diferentes o si la sociedad se los ha impuesto, materia sobre la que se ha escrito mucho. De ahí provienen las distintas corrientes de pensamiento sobre qué deben o no deben hacer ambos. Aún persisten las opiniones más conservadoras que excluyen a la mujer de su rol público y la relegan a la casa en exclusividad. Otros piensan que no importa que trabaje, siempre que no abandone los “deberes del hogar”, exigencia que no se le hace a ningún hombre. Y un tercer grupo cree que ambos deben incorporarse al campo del trabajo y, también, a las labores domésticas. Las tendencias más avanzadas señalan que:“Las preguntas sobre la naturaleza de las relaciones entre los sexos y la manera como se construyen y perpetúan esas relaciones han sido un punto de partida para entender que el significado de lo femenino y lo masculino; lo que cada uno puede hacer o se espera que haga; la manera como se distribuye el prestigio; las ocupaciones, las habilidades y hasta las inclinaciones; los roles que cada uno cumple, son construcciones sociales.” [2]“La mayoría de estas diferencias son producto de la sociedad y desafían los planteamientos de la sicología tradicional que durante mucho tiempo ha puesto el acento en el estudio de las diferencias individuales.” [3]De acuerdo a lo que piensan los especialistas anteriores, las diferencias psicológicas entre mujeres y varones son, en un sentido general, artificiales: “el sexo no es una categoría natural basada en diferencias esenciales entre hombres y mujeres...Es una proeza de la imaginación y de la industria. Esto implica laboriosos esfuerzos para transformar hijos varones y mujeres en adultos masculinos y femeninos".Según este punto de vista, la forma en que cada uno considera lo qué es un ser femenino o masculino, ejerce una influencia determinante sobre la manera en que cada uno se ve a sí mismo, actúa y organiza su vida cotidiana. En esta realidad, la sociedad en que vivimos relegó durante muchos años a la mujer a permanecer dentro de la casa y la obligó a sentir que estaba destinada sólo a la crianza de los hijos, dejando al hombre “puertas afuera” con el rol prioritario de proveer los bienes para mantener esa estructura. Separó así al padre de su importante misión afectiva y doméstica en la que habría compartido el placer de una relación permanente y estrecha con sus hijos y su pareja. Además, al ser ellos quienes definían el rumbo de la vida pública del país, les traspasó el poder de conducir el destino de la sociedad, a un futuro que, por las características que asigna a su educación, es esencialmente guerrero.Cada cultura determina, según los estudiosos, qué es femenino o masculino, más allá de lo que los seres sienten como propio de su naturaleza. Esto se puede constatar en las parejas que se atreven a asumir lo que prefieren hacer sin aceptar presiones sociales, lo que es cada vez más frecuente. Ellas, en forma natural, pueden llegar a ser “el maestro chasquilla” de la casa, mientras él cocina y cuida a los niños.¿Por qué deberían hacer roles impuestos por otros, en vez de escoger aquello para lo que son más hábiles?Según algunos especialistas en el tema, “los hombres se han reservado para sí el desempeño de aquellas tareas más importantes para el funcionamiento social, especialmente en la medida en que éstas implican el control sobre los demás aspectos de la dinámica social. Así, la economía, política, legislación, religión, educación, etc., han estado siempre en manos del hombre o bajo su supervisión. Igualmente, los varones han desarrollado una serie de mecanismos conducentes al mantenimiento y perpetuación de la situación descrita. Estos mecanismos han consistido, fundamentalmente, en el fomento para los hombres y el impedimento para las mujeres de una serie de aptitudes, intereses, valores y rasgos de personalidad, y viceversa; así como en la difusión, a través de las instituciones sociales, de los dos conjuntos de rasgos estereotipados, masculino y femenino, de tal manera que los niños y niñas vayan aprendiendo los rasgos que se consideran propios de su sexo. Paralelamente, se desarrolla una serie de mecanismos de control judicial, reforzamientos sociales, castigos, etc., que favorecen el aprendizaje en cada sexo de su rol”. [4]A juicio de ciertos expertos, culturalmente se determina que los hombres son más inteligentes y tienen más fuerza que las mujeres a quienes sólo les interesa la estética, lo social y lo religioso. Se atribuye al hombre el poder para dominar y a la mujer la dependencia y la afectividad. Se atribuye al género masculino una necesidad sexual mucho mayor que la del femenino, por lo que se pide a las mujeres comprensión para la infidelidad de estos.“Los resultados de las investigaciones que han intentado averiguar si esos dos conjuntos de rasgos estereotipados corresponden en la realidad a lo que son los hombres y mujeres y sus respectivos comportamientos, han mostrado, en líneas generales (dada la enorme diversidad de comportamientos, aptitudes y actitudes comprendidas), que los hombres y mujeres se adecuan bastante, en la práctica, a lo que determinan las prescripciones sociales como propio de su sexo. Sin embargo, la mayoría de las investigaciones han mostrado también que esa correspondencia entre las prescripciones sociales y la realidad se debe, fundamentalmente, a variables socioculturales y no a determinantes de tipo biológico.” [5]El estudio de los roles sexuales como tema de investigación se generó en la mitad del siglo veinte, época en que comenzaron también a preocuparse de la mujer como objeto científico. Grandes cambios sociales, económicos, políticos y psicológicos se produjeron con la revolución industrial. La ciencia también avanzó muy rápido en ese momento. Antes, las opiniones al respecto eran personales y tenían un origen religioso, filosófico o supersticioso.La investigación, actualmente, tiene una terminología especial muy precisa en sus conceptos, lo que permite una buena comunicación entre los investigadores. También existen teorías sobre la forma en que se adquieren los roles sexuales dentro de las diferentes culturas. Existe un enfoque biologicista que pone énfasis en la relación entre la estructura anatómica y fisiológica y las diferencias en la conducta humana.La teoría psicoanalítica, por su parte, pone el acento en la influencia de la figura de los padres del mismo sexo en los hijos del mismo sexo, mientras que la del aprendizaje social en como la observación, el modelo, los premios y castigos, sirven para adquirir determinadas formas de actuar. Por último, la teoría cognitiva observa los caminos de la socialización infantil después que se les define como varón o hembra.Al observar detenidamente los roles sexuales se llega a la conclusión que estos no sólo varían en cada pareja humana, sino también en las sociedades, según la raza, la clase social e incluso la región geográfica, lo que anula definitivamente una posición rígida referente a lo que “debe hacer” el hombre o la mujer. Por lo tanto, también desaparece la obligación de escribir temas que sólo interesen a uno de los sexos o pedir a los periodistas, hombres y mujeres, que aporten lo naturalmente masculino o femenino en sus escritos.Si a esto agregamos que la tendencia de los países más desarrollados es compartir el ámbito doméstico y el del trabajo lo más equilibradamente posible, podríamos determinar que caminamos hacia un mundo en que ambos sexos actuarán en lo público y en el hogar, con cierta igualdad, distribuyendo más justamente que hoy, la carga de trabajo.Desde este punto de vista, no se justificaría un material periodístico específico para hombres y mujeres en una sociedad futura, en nuestro país, aunque tal vez sí en el momento actual, ya que por cultura se mantiene las diferencias aprendidas.¿Celeste o Rosado?Más allá de la discusión sobre si las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres son o no naturales, éstas existen aún en nuestro país, porque se enseñan desde que los pequeños nacen y visten, por primera vez, de rosado y celeste.Hasta a un niño puede parecerle absurdo que aún se le impida jugar con muñecas cuando ve a su padre mudar o pasear en coche a su hermano. También, las niñas pueden pensar que es extraño que no les regalen nunca un auto a pedales, ni de otro tipo, cuando su mamá conduce el suyo. Son cosas de hombres y de mujeres, en esta sociedad tan contradictoria, donde la realidad supera los prejuicios pero mantiene las costumbres.Las diferencias psicológicas de origen cultural entre los sexos se notan también en el periodismo chileno y las usa la publicidad para lograr sus objetivos.“A lo largo de los años, los medios de comunicación se dieron cuenta de la importancia que tiene la mujer para vender un servicio o producto. Por ello, tanto la publicidad como los artículos, reportajes e incluso programas televisivos están enfocados a ganar, especialmente, la atención y la preferencia de la mujer. Fue así como a mediados del siglo pasado empezaron a surgir revistas y programas en la radio, dirigidos única y exclusivamente al público femenino. Sin embargo, dichos medios de comunicación informaban a la mujer sólo de cuestiones vanas y fomentaban la creencia de creadores de movimientos artísticos e intelectuales, quienes argumentaban que la mujer era un ser de cabellos largos e ideas cortas. En otras palabras, la mujer era vista como una consumidora que debía estar al día para satisfacer a los hijos y al esposo”.[6]Son muchos los estereotipos que las revistas femeninas han fomentado y, algunos bastante dañinos, que han trascendido hasta nuestros días. Según la misma fuente anterior, uno de ellos es la imagen de que, “a través de cientos de artículos, este tipo de revistas invitan a la mujer a ser bella para que pueda conseguir al príncipe de sus sueños y, peor aún, dan a entender a toda mujer que si no retienen a sus hombres, es precisamente porque no tienen un físico y un cuerpo adecuado”. Estos conceptos difundidos por los medios de comunicación son responsables de muchos casos de anorexia y bulimia, trastornos que sufren mayoritariamente (90%) las mujeres.El poder de la letra de imprenta, que avala una moda, angustia a lectoras incautas mientras mantiene muchas industrias que viven de promover productos y remedios para adelgazar.“Existen análisis complementarios centrados en los valores sociales referentes a la condición femenina que incluyen la autopercepción de la mujer y su dependencia de los modelos culturales por los que adapta su cuerpo en términos de dimensión y peso a las normas imperantes. Un análisis comparativo muestra que mientras crece dramáticamente la cifra de mujeres anoréxicas, también lo hacen los artículos y la publicidad relacionados con el tema en las revistas femeninas. De hecho, las revistas femeninas promueven los regímenes dietéticos diez veces más de lo que lo hacen las publicaciones destinadas a los hombres”.[7]Ideas Claras y Periodismo CompatibleCuando trabajamos en los medios de comunicación, sabemos que normalmente los avisadores quieren mandar sobre lo que escribimos, en especial si son grandes empresas. De esta forma, es posible hacer que un periodismo aportador, más acorde con lo que las lectoras gustan leer y las periodistas quieren escribir, choque con los intereses económicos de quienes se mueven detrás de la publicidad. Sin embargo, creo que aunque no se logre el nivel deseado, es mucho lo que se puede hacer dentro de los medios informativos para otorgar una mejor calidad al periodismo. Lo importante es tener claro el objetivo que perseguimos como profesionales de la información y no darnos por vencidos en nuestros propósitos.Buscar la confrontación con los avisadores no es lo mejor, pero tampoco lo es renunciar a lo que creemos de interés para nuestras lectoras. También ellos necesitan que las revistas se lean, y hay temas trascendentes que atraen mucho a las mujeres. Y cuando hablo de trascendentes, no me refiero a la política nacional e internacional con toda la importancia que esta tiene, sino a un ámbito que, por educación, influencia cultural y cualquier otra razón misteriosa, se define como más propio de la mujer: el desarrollo personal y las relaciones humanas. Estas dos áreas, que determinan en gran medida la felicidad de los individuos y el éxito en la vida, influyen en el desarrollo de las empresas y la preservación de la paz mundial. Sin embargo, son consideradas como secundarias por muchos hombres, culturalmente formados para la competencia y la guerra. Por ello, le asignan un espacio en los medios informativos, muy inferior al fútbol, desde luego, remitiéndose a páginas consideradas “femeninas”. La educación aún no ha integrado estos tópicos en el currículum regular de la enseñanza básica, media o universitaria. Sólo se acude a ellos cuando los conflictos ya están en proceso, para analizar por qué el joven se droga, fracasa en los estudios o es un rebelde empedernido. También los analizan en las empresas cuando las relaciones laborales están muy malas. Igualmente se acude a estos si los matrimonios están ya a punto de separarse. No hay prevención, información de desarrollo individual ni colectivo. En otros países existe una vasta y valiosa literatura escrita por psicólogos, psiquiatras y otros especialistas que podría iluminar las mentes de las personas en conflicto y evitar las catástrofes. La realidad es que pocos las conocen y normalmente las han leído en los medios de comunicación.En este sentido, el periodismo escrito por mujeres y el dedicado a éstas ha comenzado una labor que, a mi juicio, no debe interrumpirse sino incrementarse. Mi experiencia es que este tipo de artículos, junto con aportar al buen desarrollo humano, gusta mucho a la mujer chilena, por lo que indirectamente beneficia a los avisadores al subir los índices de lectura. Como éste, hay muchos otros temas que es tarea de las mujeres periodistas poner en el tapete mientras pasa el tiempo necesario para que los hombres los valoren masivamente y se unan a la construcción de una sociedad más pacífica.Educar para el buen consumo, por ejemplo, puede ser mucho mejor que hacerlo para el consumismo. Y esto no se contrapone con una buena publicidad, como se demuestra en países más avanzados que el nuestro. En un sistema de libre mercado, el consumidor debe asumir su rol para que éste funcione bien. Esto pasa por una educación general al respecto, la que en Chile aún es incipiente, mientras en las sociedades más desarrolladas tiene una importancia decisiva.En Europa y Estados Unidos, entre otros, existen numerosas revistas que informan sobre calidad, precios y otras materias, que permiten hacer elecciones acertadas de lo que ofrece el mercado.Hasta el puzzle y el horóscopo, dos de las secciones más leídas en las revistas de cualquier tipo, pueden orientarse a un pensamiento más positivo y enseñar lo que no se aprende en el colegio.Los temas culturales, de entretención y, tantos otros, que no están necesariamente al servicio de la publicidad, deben proliferar. Especialmente aquellos que inciden en crear una sociedad más respetuosa de los demás, de su posibilidad de pensar distinto y de tantos aspectos que, en definitiva, demuestran el verdadero desarrollo de los pueblos.Seguramente como periodistas deberemos hacer compatibles los intereses sociales con los de las empresas que financian las publicaciones. Esto no significa entregarnos a su causa sin luchar por elevar los contenidos que determinarán, en parte importante, el pensamiento y la actuación de las mujeres y sus familias en el futuro.No debemos olvidar que los temas que elegimos para escribir en los medios de comunicación constituyen parte importante de la realidad que la gente conoce finalmente, dando forma a la opinión pública.La Paz Nuestra de Cada HoraSegún autoridades de alto nivel mundial y representantes de diferentes corrientes ideológicas, una de las áreas en que la mujer y, por qué no la periodista, debería aportar un contenido propio a la comunidad es en la promoción de la paz, un tema tan sensible en la actualidad. Esto sería para contrarrestar la posición guerrera del hombre, ancestralmente educado para esta acción.Existe un mito griego que deja en evidencia la actitud del hombre y la mujer frente a la guerra. Éste narra que se hizo un concurso para poner el nombre de la capital de Ática. Se congregaron doce jueces para decidir qué cosa era más útil de las presentadas por cada uno de los competidores: “Fue Atenea la que resultó victoriosa, al ser considerado más valioso haber plantado olivos. La rama de oliva es símbolo de la paz y símbolo de la Diosa Atenea y representa la actividad tradicional de las mujeres del lugar: plantar olivos (donde abundaban) y símbolo de la actitud pacífica femenina de la sociedad matriarcal, frente a lo ofrecido por Neptuno que había dado un golpe en el suelo del que hizo salir un caballo (símbolo de la guerra, actividad de varones en esa época y de la actitud guerrera de la sociedad patriarcal). La victoria de Atenea provocó la ira de Neptuno / Poseidón y tuvo consecuencias nefastas. Para calmar a Neptuno, Cecrops, padre de Atenea, tomó la decisión de castigar a las mujeres. Entonces, para desagraviar al Dios se impuso a las mujeres los siguientes tres castigos: a) se les quitó el derecho de votar; b) se prohibió que en adelante los hijos llevaran el nombre de sus madres (matrilinealidad), y c) se les despojó del título de ciudadanas, de manera que quedaran reducidas a ser meras esposas de los atenienses.”[8]Muchos representantes de alto nivel de instituciones y religiones diversas opinan que la mujer posee aptitudes que promueven la paz y le asignan una función en este sentido.“Las guerras nacen en la mente de los hombres; es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz. Las mujeres adhieren, con menos facilidad que los hombres, al mito de la eficacia de la violencia y pueden aportar una amplitud, una calidad y un equilibrio de visión nuevos, con miras al esfuerzo común que supone pasar de una cultura de guerra a una cultura de paz”.[9]“Se reconoce cada vez más que (las mujeres) tienen aptitudes y experiencias que les permiten hacer una contribución en todas las etapas del proceso de paz.”[10] “La mayor parte de lo amoroso y la ternura queda unido a la mujer, y pasa a definir lo femenino. Lo masculino queda relacionado con la función de lucha contra las adversidades del mundo externo, así como son tareas netamente masculinas la caza y la guerra...[11]“..Deseo dirigir mi mensaje a las mujeres, pidiéndoles que sean educadoras para la paz con todo su ser y en todas sus actuaciones: que sean testigos, mensajeras, maestras de paz en las relaciones entre las personas y las generaciones.! “[12]“¡Si todas las mujeres del mundo se decidiesen a construir la paz! Si ellas jamás se omitiesen en esta ingente tarea que la pareja humana debería llevar a cabo: el sueño de la paz, acariciado por todos y todas, seguramente llegaría a convertirse en realidad palpable, mucho más rápidamente...Milenios de ideología patriarcal (es decir, unilateral) fueron milenios de guerras casi interminables. El desequilibrio del mundo, quién sabe, sea el resultado de la exclusión de las mujeres de los niveles de decisión”...[13].La Media-EducaciónEl problema de los roles asignados es bastante más antiguo de lo que imaginamos. Mientras logramos determinar si lo que quieren que hagamos coincide con nuestras mayores aptitudes individuales, podemos ejercer lo positivo que se nos ha inculcado por generaciones como algo propio: promover las buenas relaciones humanas y la paz.Contribuir a formar la mente de los seres humanos para su propia conservación, desarrollo y una vida más grata puede ser una tarea importante para el periodismo. Si bien el rol de esta disciplina no es educador, existen momentos en que la información y la educación se acercan tanto que es difícil establecer una frontera entre ambas. Se educa cuando se da a conocer a través de un medio masivo de comunicación la aparición o recrudecimiento de una enfermedad, sus causas y sus formas de prevención.También cuando se da a conocer una película o una exposición de arte contando sus orígenes, la historia del autor y el movimiento al cual pertenece. Esto, sólo por dar dos ejemplos simples.En mi variada experiencia en el campo periodístico, me he dado cuenta que son múltiples las informaciones con contenidos educativos que incluyen los periódicos. Estas abren un espacio de conversación pública que, después de imponerse en la sociedad como algo necesario de ser aprendido, rescata la educación regular. Me tocó vivir esta experiencia en el campo de la ecología, donde inicié en los años setenta la difusión, a través de la revista del Domingo de El Mercurio, de temas de conservación de la naturaleza que ahora se incluyen en los libros de estudio de enseñanza básica y que, en ese tiempo, constituían una novedad de la que pocos sabían.Formar conciencia de la necesidad de no juzgar al otro, sino comprenderlo en sus acciones, es algo impensable en las publicaciones periódicas de hoy, que destacan cualquier “caída” de las personas y de los personajes públicos, con el mayor escándalo posible, para despertar el morbo de la gente y aumentar los niveles de lectura del medio. Pienso que, pese a todo, podemos hacer algo para que esto cambie y también creo que hay formas más inteligentes de capturar lectores. Estas tienen que ver con cuánto les sirve el medio para solucionar sus problemas prácticos y también los más profundos y existenciales. Creo que la clave del éxito tiene mucho que ver, además, con la entretención e información que damos al público objetivo del medio, pero no puede quedarse sólo en eso.Público Objetivo: Mujer ChilenaDefinir cómo es la mujer chilena resulta ambicioso y prácticamente imposible, si se toma en cuenta la gran variedad socio cultural que existe y los contrastes de su educación. Las cifras pueden ayudar un poco a dilucidar el tema, pero el conocimiento que tenemos los periodistas, que determinamos lo que le gusta al público, es más bien intuitivo. Sin embargo, las publicaciones presentan a las mujeres de un modo determinado por los conceptos generalizados entre editores, en su mayoría, de sexo masculino.Y ¿qué dicen los medios informativos sobre la mujer en Chile? “Primero que todo, que somos imágenes de portada por nuestros/sus cuerpos. Todas sabemos que una de las maneras de vender diarios, revistas o minutos en la televisión es mediante la cosificación del cuerpo femenino, convertido en objeto de deseo masculino. Luego, que somos imágenes y/o historias en las secciones de menos importancia al interior de los medios: espectáculos o páginas sociales. Aparecemos, entonces, como compañía de, como adorno o destacadas por atributos físicos, sin que se considere el aporte de las mujeres a la sociedad. Aparecen también los discursos en contra de las mujeres o claramente misóginos. En tercer lugar, que lo que nos interesa está contenido en secciones o especiales como son las páginas o suplementos femeninos, donde la realidad política y económica quedan fuera. Me detengo en este espacio "para las mujeres" que ha ido adecuándose a los cambios que hemos promovido y vivido las mujeres. Se orienten hacia mujeres del estrato socioeconómico alto o medio, siempre destacan la doble jornada - y la doble exigencia- de las mujeres: el trabajo y la familia.Por un lado, se reconoce que estamos en el espacio público pero, por otro, se sostienen roles y visiones tradicionales, como la exigencia de la belleza, del buen vestir, de ser madre, enfermera, cocinera, economista, sicóloga y decoradora. En cuarto lugar - y en realidad es lo más importante, pero no por ello lo más evidente y visible-, que las mujeres no estamos. No somos parte de la jerarquía que se muestra y cuando lo somos, sospechosamente, lo que se dice de estas mujeres no está vinculado a la discusión pública sino a realidades privadas. Ejemplos repetidos son las preguntas a ministras, senadoras, diputadas, alcaldesas, generalas, acerca de cómo se las arreglan con la casa, las hijas e hijos, el aseo, la peluquería. O destacar aspectos secundarios de las mujeres en el poder, como su apariencia física o el gusto por determinadas prendas de vestir, cosas que jamás interesarían en caso de un hombre en estos cargos (imborrable recuerdo la lectura de foto de un vespertino que señalaba que las ministras del gabinete se distinguían ¡por usar minifalda!)”.[14]La visión de las mujeres no corresponde mucho a la realidad de su vida ni de sus talentos, ni de su aporte a la comunidad.“El verdadero avance de la mujer en la sociedad, sus logros y sus metas, no son visualizados en su verdadera dimensión. Excluidas por años de la representación como sujetos, regresan a ella como figura, como objeto: las imágenes y figuraciones del cuerpo femenino por sus excesos, han terminado por convertirla en la reina del Eros y en un gancho de la publicidad y el mercadeo”.[15]Espejo de los TiemposLa publicidad ha reemplazado, en muchas revistas con un público femenino, el espacio que antes dedicaban a temas de interés para las mujeres por avisos colocados en páginas derechas, las más leídas según las encuestas. Los artículos periodísticos, en cambio, en algunas de ellas están en letra muy pequeña y página izquierda, lo que demuestra cómo el periodismo es, cada vez más, un relleno dentro de estas publicaciones, mientras la publicidad es ahora lo principal. Y no es de extrañar que esto suceda.Vivimos en un modelo económico distinto, cuya meta primera es hacer negocios en los cuales todos los procesos los manda y regula el mercado y los medios de comunicación son un reflejo de la realidad.Cuando las mujeres estaban la mayor parte del tiempo en casa, las revistas hablaban de “labores” para que ellas hicieran para su familia, recetas de cocina y uno que otro cuento romántico, que las hacían soñar con que el amor ideal existía y un príncipe, como los de las películas de Disney, las despertaría a la vida con un beso y las llevaría al altar, con lo que solucionaría todos sus problemas.Posteriormente, en los años sesenta, la mujer comenzó a luchar por sus derechos y por el ejercicio de una sexualidad más parecida a la del hombre. Entonces surgió la revista “Paula”, con artículos tan “audaces“ para esa época como los del uso de la píldora y otros sistemas de anticoncepción. Hoy, cuando la realidad femenina ha cambiado mucho, pocas creen en príncipes encantados y nadie se admira de casi nada.Se ha entrado en un período de adormecimiento, en el cual lo más importante es comprar e informarse de los chismes de alto nivel, aunque eso no satisfaga en definitiva ninguna necesidad del alma. Se supone, o le conviene a los publicistas darlo como un supuesto, que las mujeres quieren pasar el rato, entretenerse y olvidarse de los problemas que, si tuviéramos otra actitud, tal vez podríamos evitar o solucionar en parte.El resto de la lectura o de la información masiva está en publicaciones para todos los gustos que se dirigen al hombre, la familia, los aficionados al arte, la jardinería, las manualidades, etc.. En este momento se podría decir que existe menos periodismo femenino concebido en la forma tradicional y muchos periódicos de distinto tipo donde ellas también se informan .¿Podemos las mujeres de esta profesión aportar algo diferente al periodismo o será éste uno de los muchos “productos light” tan en boga? ¿Necesitan nuestras lectoras un periodismo de un nivel mejor al que hoy existe? Dos preguntas diferentes que convergen en un tema común: periodismo y mujeres. Son éstas algunas de las interrogantes que he tratado de contestar desde un punto de vista personal y de estudiosos del tema.El debate corresponde a todo el gremio y, seguramente, las respuestas serán muy variadas y aportarán el camino a seguir para nuestra y otras generaciones. Lo importante es discutirlo, pensarlo, decidir un camino propio y no dejarnos llevar por el medio que nos rodea. A lo mejor podemos contribuir, con un pequeño aporte, a la “humanización “ de todos y establecer una paz más duradera.* Periodista, Licenciada en Comunicación Social, U. de Chile. Profesora Géneros Periodísticos en Escuela de Periodismo U. Santo Tomás[1] Instituto Nacional de Estadísticas- “Síntesis Censal 2002”; Santiago-Chile, abril 2003. Disponible en www.ine.cl/cd2002/sintesiscensal.pdf[2] Suárez de Garay, M.Eugenia. “Lo artificial de las diferencias”; Universidad de Granada, Granada-España, 1994. Disponible en www2.udg.mx/laventana/libr2/maru.htrul[3] Hare-Mustin, Rachel T; Marecek, Jeanne. “Psicología y construcción de los sexos”; Textos Universitarios Herder; Barcelona-España; 1994. [4] Moya Morales, Miguel. “Los roles sexuales”; en Gazeta de Antropología Nº3; Universidad de Granada; Granada-España,1984. Tesina. Disponible en www.ugr.es/rpwlec/G03-08Miguel_Moya_Morales.html.[5] Moya Morales, Miguel. “Aproximación psicosocial de los roles sexuales”.Tesina; Universidad de Granada; Granada-España, 1984. Disponible en www.ugr.es/rpwlec/G03-08 Miguel_Moya_Morales.html.[6] Rodríguez Zepeda, Sofía. “Medios de comunicación y estereotipos”. Instituto Nacional del Distrito Federal de México”; México D.F- México, agosto 2001. ww.inmujer.df.gob.mx/medios/articulos/ago01.html[7] Rosenzvaig Roberto. “Anorexia y bulimia”; en La Tercera de la Hora ( suplemento “Mujer a Mujer”); Santiago-Chile, 10 agosto 2002.[8] Cano F.; Martín. “Mitos que recuerdan el matriarcado”. Portal de e-leusis.net: "La Ciudad de las Mujeres en la Red"; 2000 (http://www.e-leusis.net/documentos.asp).[9] UNESCO “ Manifiesto 2000”, Cuarta Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre la Mujer; Beijing-China, septiembre 1995.[10] Annan, Koffi. "Las mujeres suelen ser las primeras víctimas de los conflictos armados". Mensaje del Secretario General de las Naciones Unidas con ocasión del Día Internacional de la Mujer; marzo 2001.[11] Borro; Dr. Carlos Enrique. “Apuntes acerca del retorno al matriarcado”. Antropología masónica. www.masonería-argentina.org.ar/simbolo/732001.htm[12] S.S. Juan Pablo II. “La mujer, educadora para la paz”. Jornada Mundial por la Paz 1995.[13] Ghisleni; Hna. M° Augusta (FSCJ), “Si todas las mujeres del mundo” ; en revista “Just Good Company”; 2000 (www.justgoodcompany.com/1.1/sitodastext.htm).[14] Muñoz Castillo, Carolina. “Aprendiendo y enseñando periodismo desde la diferencia sexual”. En segundo “Encuentro de Facultades de Comunicación Social - Cono Sur”; Noviembre de 2002.[15] Sélum Yabeta Roxana. “Imagen cuerpo y diferencia”; en Sala de Prensa; Año 3, volumen 2; mayo 2001. Web para profesionales de la comunicación iberoamericanos (www.saladeprensa.org).
posted by Violeta Güiraldes @ 7:45 PM 0 comments
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