jueves, agosto 24, 2006

El peligro de buscar la belleza actual

Una reciente encuesta internacional, que también se realizó en nuestro país, determinó que sólo el 2% de las chilenas está contenta con su apariencia física, una de cada cuatro dice estar gorda y un alto porcentaje ha pensando hacerse una cirugía estética, entre ellas las adolescentes.
El 70% de las chilenas declara que la publicidad y los medios de comunicación han impuesto un modelo de belleza imposible de alcanzar.
Las consecuencias de este fenómeno son, entre otras, un aumento creciente de los cuadros ansiosos, un alto consumo de ansiolíticos; mayor cantidad de cuadros de depresión; un aumento de los casos de bulimia y anorexia y crecientes adicciones, no sólo al alcohol .
A las mujeres de hoy, junto con la responsabilidad de procrear, se le exige ser extremadamente delgadas. Ambos aspectos se contraponen, si se toma en cuenta que para tener buenos partos se requiere de caderas anchas y algo de grasa .
Sería interesante un debate sobre el rol de las comunicaciones en este tema. Qué o quiénes han determinado los actuales cánones de belleza y cuán válidos son éstos.
Muchas personas nunca se han detenido a pensar qué intereses se mueven detrás de la obligación que tiene la mujer en esta sociedad de mujer ser flaca, abandonando sus formas naturales que, normalmente, son las que más atraen a los hombres.
El espacio televisivo que tantas veces se dedica a programas que no aportan mucho a la comunidad, podría incluir temas como éste, que afectan a la sociedad entera. La anorexia y la bulimia constituyen un problema de salud pública cada vez más presente en Chile.
Las exigencias que se ponen hoy para considerar a una mujer bella no son de siempre. En la antigüedad y Edad Media los patrones de belleza ni siquiera se vinculaban al sexo femenino y por lo tanto, tampoco constituian una exigencia para ellas. Esto ocurre recién en el Renacimiento, cuando pasaron a ser “un objeto decorativo”. Y, en todo caso no hay que olvidar que antes: “la gordura era parte de la hermosura”.
Sería conveniente conversar como sociedad, cuáles son las razones de promover una imagen femenina de flacura extrema, como la actual. Es posible que al menos tomemos conciencia del problema y no hagamos el juego a quienes se benefician con la cultura de los productos “light” y otras modas del momento.
Sólo así evitaremos los peligros de tener una belleza predeterminada por los medios de comunicación en vez de la real, que nace en sí misma.

El quinto poder: un consumidor bien informado

Una información fidedigna es indispensable para tomar buenas decisiones, de cualquier naturaleza. Conocer aquello que ocurre en nuestro entorno, es una tarea cada vez más compleja y supera nuestra capacidad de observación directa. Por eso usamos, y confiamos, en los medios de comunicación o “cuarto poder del Estado”. Sin embargo, es importante mantener una actitud conciente, saber cuál es la inspiración ideológica o económica que éstos tienen y qué imágenes o productos nos quieren vender.

El consumidor común muchas veces desconoce esta realidad y asimila con inocencia lo que el medio le dice, interpretándolo como una verdad absoluta, sólo porque “salió en los diarios”. Esto produce a veces injusticias, ya que puede deformar la visión de los hechos y de las personas involucradas en éstos.

Más allá del trabajo periodístico de recopilar y redactar la noticia, existe una labor editorial que determina los temas que se darán a conocer y qué se dirá al respecto, ciñéndose a la línea del medio informativo. Ésta resguarda el pensamiento y los ingresos, no sólo de las empresas periodísticas y sus avisadores, sino de todos los integrantes del holding de los dueños del diario, radio o canal de televisión.

El consumidor de medios debe asumir un rol activo y conocer lo que orienta a su fuente de información. Debe saber quiénes son los dueños de los diarios, radios o canales de televisión en que se informa, conocer su pensamiento y sus intereses económicos. Sólo así podrá determinar, por sí mismo, qué le conviene o no internalizar, constituyéndose en el quinto poder del Estado, tan necesario para regular el proceso democrático y también, el del mercado.




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Alerta frente a la información

Los medios de comunicación para financiar sus productos se valen, principalmente, de la publicidad. Por esta razón, permanecen divididos entre su misión social de informar y los intereses de sus clientes, a quienes no pueden descuidar si desean continuar subsistiendo. Esto hace que muchas veces los editores, que eligen los temas que se van a tratar y lo que se va a decir o callar sobre éstos, sean presionados por las gerencias comerciales de sus empresas. Se trata de lograr que destaquen aquello que directa o indirectamente favorece el consumo de los productos que ofrecen los avisadores del medio informativo, sean o no beneficiosos para los receptores de la información.

En la misma medida que los editores ceden a esta presión y hacen prevalecer los intereses de sus clientes por sobre los de sus lectores o teleauditores, la sociedad entera puede ser conducida a consumir aquello que no la beneficia y más bien le daña. Un ejemplo son los artículos que promueven la compra de elementos nocivos como el cigarro, la comida chatarra o alimentos que tienen productos químicos cancerígenos.

El tratamiento que se da en los medios de comunicación a la nutrición humana, por ejemplo, puede ser muy variado. Cuando se enfoca el tema pensando en el lector o teleauditor, se habla de alimentación equilibrada y de consultar a un especialista, antes de iniciar dietas para adelgazar o incluir medicamentos que tienen este objetivo. Si en cambio el editor hace prevalecer el interés de las empresas avisadoras por sobre el de su público, puede promover, por ejemplo, el uso tratamientos reductores con productos específicos que, “por simple coincidencia” forman parte de su avisaje habitual .

El lector, auditor o teleauditor no puede modificar esta realidad interna de los medios de comunicación pero sí, estar alerta y distinguir la información que sirve sus intereses y aquella que le puede hacer daño. Para ello debe actuar como un consumidor responsable, lo que implica informarse en fuentes variadas, directas, confiables y lo más objetivas posibles. De esta manera, tendrá a mano los elementos para distinguir entre lo que los medios de comunicación le entregan como una información valiosa y aquello que constituye sólo una forma de venta de productos o ideas determinadas.

Una posición más crítica frente a la información impedirá que su actuación sea la de un títere, movido por hilos que otros manejan de acuerdo a lo que desean venderle o hacerle creer.

Facilidades para no estudiar

Dicen que "Lo que natura non da Salamanca non presta", aludiendo a la necesidad de contar con ciertas condiciones intelectuales para estudiar en la universidad. Lo recordé hace poco, cuando un alumno de periodismo confesó a su profesor, en mi presencia, que no tenía facilidad para escribir, ni menos para leer.

Aunque el reconocimiento de su inhabilidad para esta profesión me quedó claro de inmediato, me pareció increíble que cursara el cuarto año de la carrera ¿Cómo había ingresado a estudiar allí si no tenía habilidades para escribir? ¿Cómo había permanecido y aprobado los cursos durante tanto tiempo?
La primera respuesta me la dio sin querer un profesor de planta de esa escuela, cuando le pregunté sobre el examen de selección para entrar a primer año: "Sólo se conversa con ellos, para detectar si tienen problemas psicológicos-me dijo- pero ya no hay pruebas de habilidades de lenguaje, ni de actualidad, como antes. La matrícula ha bajado mucho y no hay que poner problemas".

De acuerdo a la información obtenida, esto sucede en algunas escuelas no sólo de periodismo, ya que en algunas universidades se privilegia lo comercial sobre lo académico. Esto respondió mi segunda pregunta. Hay casos en que esos establecimientos dan tantas facilidades para que los alumnos aprueben las cátedras, que éstos tienen hasta tres oportunidades de examen final en cada semestre.
La idea, aparentemente, es que las promociones se renueven y la universidad funcione, recibiendo los ingresos necesarios para subsistir. También, evitarse problemas con los alumnos.
Algunos profesores, sometidos a tomar exámenes tres veces cada semestre, optan por hacer evaluaciones más simples y aprobar de inmediato a los alumnos. Como éstos perciben cuáles son las reglas del juego, no se preocupan mucho de estudiar: al final aprobarán de todas formas: "la fulanita no viene nunca a clases y siempre sale bien”-comentan. Además, afirman ellos, "la asistencia corre sólo en el reglamento, porque en la práctica no se aplica".
La calidad de profesionales que está saliendo de algunos establecimientos de educación superior, es un problema nuevo para una sociedad como la nuestra, donde estas instituciones, en general, tienen un prestigio merecidamente ganado por el esfuerzo de muchas generaciones. En el caso del periodismo, los profesionales con una mala formación representarn un serio peligro ya que por ignorancia o falta de preparación pueden escribir informaciones erróneas, poco rigurosas o mal redactadas que produzcan equívocos, lleven a la deshonra de las personas e instituciones o conduzcan a la toma decisiones equivocadas. Además, si por cualquier razón ajena a la calidad, alcanzan el cargo de editor, no tendrán la formación apropiada para conducir a un grupo de profesionales en una misión tan importante como la de informar a la comunidad.

El despido inesperado: una práctica inhumana

Uno de los momentos más difíciles de enfrentar para el afectado es aquel en que se le despide del trabajo. En algunos casos es algo que se ve venir, por incompatibilidades con su superior o algún desacierto en el desempeño de las funciones. En otros, los peores, el despido es inesperado ya que el jefe o la empresa, con una falta de transparencia enorme, pese a que hace tiempo quiere eliminar al trabajador nunca se lo ha siquiera insinuado. Conozco casos en que hasta se ha felicitado quince días antes al empleado por su desempeño y, luego, se le ha “desvinculado de su trabajo” como se dice elegantemente hoy, de un minuto a otro, en un acto que puede aparecer algo sádico.

Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.

Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.

Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.

En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.

Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.

El despido inesperado: una práctica inhumana

Uno de los momentos más difíciles de enfrentar para el afectado es aquel en que se le despide del trabajo. En algunos casos es algo que se ve venir, por incompatibilidades con su superior o algún desacierto en el desempeño de las funciones. En otros, los peores, el despido es inesperado ya que el jefe o la empresa, con una falta de transparencia enorme, pese a que hace tiempo quiere eliminar al trabajador nunca se lo ha siquiera insinuado. Conozco casos en que hasta se ha felicitado quince días antes al empleado por su desempeño y, luego, se le ha “desvinculado de su trabajo” como se dice elegantemente hoy, de un minuto a otro, en un acto que puede aparecer algo sádico.

Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.

Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.

Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.

En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.

Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.

lunes, agosto 14, 2006

Prevenir “a la chilena”

A menudo se dice que “después de la batalla todos somos generales” y, sin duda, hay algo de cierto.

Después de conocer el daño provocado a las investigaciones científicas a raíz del incendio del laboratorio de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, muchos se preguntan cómo es posible que no existiera el respaldo suficiente de lo que allí se hacía o si lo había, cómo se guardaba todo en un mismo lugar.

Este lamentable suceso nos pone en alerta sobre la forma en que actuamos, a diario, la gran mayoría de los chilenos y deja a la luz una de las razones por las que somos un país subdesarrollado. He visto a escritores perder un libro a punto de terminar que tenían en su computador por no haber previsto que se podía dañar su disco duro, por dar otro ejemplo.

La imprevisión es una de las características nacionales al igual que la falta de rigurosidad y la impuntualidad, entre tantas otras. Lo importante es aprender la lección y tratar de aplicarla en un ámbito más amplio que el atingente a este caso.

Ultimamente, por ejemplo, se ha hablado mucho en los medios de comunicación sobre lo que ocurriría en el país, en un próximo sismo de la intensidad de otros anteriores. La recreación virtual dada a conocer por el National Geographic de cómo quedarían Valparaíso y Viña del Mar, si ocurriera un terremoto, en vez de crear pánico y molestia entre los televidentes, los debería llevar a alegrarse de que no sea cierto aún y a pensar en tomar las precauciones para el futuro.

En Santiago también sería conveniente revisar, por ejemplo, lo construido y fiscalizar en detalle la edificación que ha proliferado en los últimos años y que no siempre ha respetado las normas de seguridad necesarias para casos como estos. Las edificaciones con abundancia de vidrios y de gran altura aún no han pasado por la experiencia de un sismo de gran intensidad.
Prevenir situaciones de riesgo y ser rigurosos en la adopción de medidas de seguridad, en general, debería ser parte importante de nuestras preocupaciones de hoy para no lamentar en el futuro pérdidas importantes de valiosa información, de recursos materiales y lo que es peor de vidas humanas.

jueves, agosto 03, 2006

¿ Somos monstruos ?

Los seres humanos a menudo sorprenden con su violencia. El impacto que ésta produce cuando se conoce directamente o a través de los medios de comunicación, hace sufrir a algunos y a otros, disfrutar en forma morbosa, sin que siquiera tengan conciencia de ello. Esa es la razón por la que se informan en la televisión y los diarios, hasta los últimos detalles de los crímenes más horrorosos, cuyo sólo anuncio nos deja atónitos.

Los episodios últimos de la guerra en Oriente Medio muestran los extremos a los que se puede llegar en una confrontación en que el fin parece, a los involucrados, justificar los medios. La muerte masiva de niños produce repulsión a cualquier persona bien inspirada al igual que la de tantos otros inocentes que viven allí o están en misión de paz, para buscar una solución al conflicto.

Además de la confrontación entre países, existe también la guerra permanente entre las personas, con similares horrores. Escuchamos las noticias nacionales y conocemos casos de padres que violan y matan a sus propios hijos. De adultos que disparan a niños de dos años. De torturadores que encuentran justificado su oficio.

¿De qué monstruosa sociedad estamos hablando? ¿Quiénes somos realmente?

La violencia que en otro contexto social, tal vez se usaba como una forma ancestral de defenderse frente al ataque de animales, hoy se fomenta para favorecer diversos intereses económicos, a través de las series de televisión, las películas y juegos de niños. Y en cualquier momento da sus frutos. Los pequeños que gustan del combate y la guerra, tienen su agresividad desarrollada y lista para proyectarla, como adultos, en la sociedad.

Por otra parte, las torturas que algunos aprenden en escuelas militares como algo permitido para hacer hablar o castigar al “enemigo” se transforma en realidad cuando hay conflictos y se usan para demostrar poder y descargar cualquier rabia. De estas terribles prácticas se toman hasta fotografías, no sólo para denunciar los hechos sino para que otros disfruten observándolas.

Basta mirar las entretenciones que los adultos proponen o permiten a sus hijos, especialmente a los varones, para comprender en qué mundo estamos. A ellos se les regalan armas de juguete, series guerreras o cualquier otro objeto que sirve para dañar a los demás y se les deja entrever que si no los usan no son hombres. Deben ser héroes de guerra, personajes capaces de golpear bien y matar a otros, si es necesario. Eso es lo más importante para pertenecer al género masculino.

Como sociedad deberíamos detenernos y repensar estos juegos. Sería conveniente escoger actividades más positivas y eliminar estas prácticas desde la primera infancia. Ya está bueno de seguir en eso. Hay que hacer algo por contribuir aunque sea con un gesto puntual, al término de este mundo violento en que todo se hace por la fuerza, la imposición y el poder de unos contra otros. Esta sociedad en que cualquier signo de tolerancia, paz o amor se considera “debilidad” y sólo se desea en Nochebuena.

Comencemos a contribuir a la paz. Tomemos conciencia de lo monstruosos que somos los seres humanos. Tratemos de aportar en nuestro entorno inmediato, aunque sea una acción diaria, que revierta este proceso. Una acción de amor, de no violencia, de incentivo a vivir en paz. Puede parecer ingenuo, pero todas las grandes acciones empezaron así, por lo que unos pocos hicieron. Lentamente, la masa crece y se llega al punto crítico en que la situación se revierte.

Intentemos contrarrestar esos impulsos que todos tenemos y nos conducen a la guerra: en el trabajo, el hogar y la comunidad.Aunque siempre existirán seres y hechos violentos, las cosas pueden a futuro ser mejores: si cada uno se transforma y fomenta el cambio; si no pedimos a otros ejercer el autoritarismo, el de “golpear la mesa”; si construimos una sociedad en que se respete a los demás, de esas que algunos consideran “débiles” y que son las únicas realmente fuertes, estables y generadoras de paz social.

La violencia sólo fomenta respuestas igualmente duras y desata una espiral sin fin, que perpetúa la desgracia humana. Canalicemos la necesidad de lucha, propia del hombre, hacia fines que favorezcan la paz y no hacia aquellos que la destruyen.

¿ Somos monstruos ?

Los seres humanos a menudo sorprenden con su violencia. El impacto que ésta produce cuando se conoce directamente o a través de los medios de comunicación, hace sufrir a algunos y a otros, disfrutar en forma morbosa, sin que siquiera tengan conciencia de ello. Esa es la razón por la que se informan en la televisión y los diarios, hasta los últimos detalles de los crímenes más horrorosos, cuyo sólo anuncio nos deja atónitos.

Los episodios últimos de la guerra en Oriente Medio muestran los extremos a los que se puede llegar en una confrontación en que el fin parece, a los involucrados, justificar los medios. La muerte masiva de niños produce repulsión a cualquier persona bien inspirada al igual que la de tantos otros inocentes que viven allí o están en misión de paz, para buscar una solución al conflicto.

Además de la confrontación entre países, existe también la guerra permanente entre las personas, con similares horrores. Escuchamos las noticias nacionales y conocemos casos de padres que violan y matan a sus propios hijos. De adultos que disparan a niños de dos años. De torturadores que encuentran justificado su oficio.

¿De qué monstruosa sociedad estamos hablando? ¿Quiénes somos realmente?

La violencia que en otro contexto social, tal vez se usaba como una forma ancestral de defenderse frente al ataque de animales, hoy se fomenta para favorecer diversos intereses económicos, a través de las series de televisión, las películas y juegos de niños. Y en cualquier momento da sus frutos. Los pequeños que gustan del combate y la guerra, tienen su agresividad desarrollada y lista para proyectarla, como adultos, en la sociedad. Por otra parte, las torturas que algunos aprenden en escuelas militares como algo permitido para hacer hablar o castigar al “enemigo” se transforma en realidad cuando hay conflictos y se usan para demostrar poder y descargar cualquier rabia. De estas terribles prácticas se toman hasta fotografías, no sólo para denunciar los hechos sino para que otros disfruten observándolas.

Basta mirar las entretenciones que los adultos proponen o permiten a sus hijos, especialmente a los varones, para comprender en qué mundo estamos. A ellos se les regalan armas de juguete, series guerreras o cualquier otro objeto que sirve para dañar a los demás y se les deja entrever que si no los usan no son hombres. Deben ser héroes de guerra, personajes capaces de golpear bien y matar a otros, si es necesario. Eso es lo más importante para pertenecer al género masculino.

Como sociedad deberíamos detenernos y repensar estos juegos. Sería conveniente escoger actividades más positivas y eliminar estas prácticas desde la primera infancia. Ya está bueno de seguir en eso. Hay que hacer algo por contribuir aunque sea con un gesto puntual, al término de este mundo violento en que todo se hace por la fuerza, la imposición y el poder de unos contra otros. Esta sociedad en que cualquier signo de tolerancia, paz o amor se considera “debilidad” y sólo se desea en Nochebuena.

Comencemos a contribuir a la paz. Tomemos conciencia de lo monstruosos que somos los seres humanos. Tratemos de aportar en nuestro entorno inmediato, aunque sea una acción diaria, que revierta este proceso. Una acción de amor, de no violencia, de incentivo a vivir en paz.

Puede parecer ingenuo, pero todas las grandes acciones empezaron así, por lo que unos pocos hicieron. Lentamente, la masa crece y se llega al punto crítico en que la situación se revierte. Intentemos contrarrestar esos impulsos que todos tenemos y nos conducen a la guerra: en el trabajo, el hogar y la comunidad.

Aunque siempre existirán seres y hechos violentos, las cosas pueden a futuro ser mejores: si cada uno se transforma y fomenta el cambio; si no pedimos a otros ejercer el autoritarismo, el de “golpear la mesa”; si construimos una sociedad en que se respete a los demás, de esas que algunos consideran “débiles” y que son las únicas realmente fuertes, estables y generadoras de paz social.

La violencia sólo fomenta respuestas igualmente duras y desata una espiral sin fin, que perpetúa la desgracia humana. Canalicemos la necesidad de lucha, propia del hombre, hacia fines que favorezcan la paz y no hacia aquellos que la destruyen.