sábado, septiembre 20, 2008

Asesinato de imagen a la chilena

Los “garabatos”o groserías eran, hasta hace poco tiempo en Chile, palabras que no se decían en público, especialmente en los estratos medios y altos. A las mujeres se les enseñaba a excluirlas de su vocabulario y a los hombres, a evitarlas delante de ellas y de los mayores: “por respeto”. La televisión usaba unos “bip-bip” para reemplazarlos, la radio se los saltaba al editar sus grabaciones y la prensa escrita, salvo los periódicos muy transgresores, los excluían de sus páginas.En no más de cinco años, el panorama cambió radicalmente y la moda impuesta o reflejada por los medios de comunicación, no sólo dejó a la vista todo lo que antes se ocultaba, sino comenzó a destacar aquello con especial regocijo ¡Y pobre del que se oponga! A ese se le tilda con apodos burlescos que aluden a su incapacidad de evolucionar con la rapidez que requiere el mundo actual.
Una evolución “a la chilena” que no se sabe de dónde viene, ni a dónde va y determina, usando un poder fáctico, que todo lo que antes se consideraba políticamente correcto en la actualidad es incorrecto.La realidad giró en 180 grados y, ahora, todos hablan en privado sobre el desagrado que les produce este mundo burdo pero no se atreven a hacerlo en público, para no parecer pacatos.
Más allá de las peculiaridades de nuestra sociedad, el fenómeno que algunos consideran como un “destape” trae como consecuencia un problema evidente de comunicación, herramienta vital en un mundo globalizado. Esto hace que algunos extranjeros crean, como le sucedió a un amigo de Guatemala, que los chilenos no hablan español, sino una jerga difícil de entender. En ésta se reemplazan casi todos los sustantivos y verbos por “la palabreja aquella”, como el distinguido académico Arturo Fontaine Aldunate, denomina al más socorrido de los términos de nuestro limitado vocabulario. Se animalizan las cosas, como grafica magistralmente Lukas en su libro “El bestiario del Reino de Chile” y, como si fuera poco, ahora se usan hasta en los medios de comunicación masiva, términos nacionales que la sociedad considera burdos.
El lenguaje verbal en nuestro país es cada vez más pobre y local, alejándose así de la relativa universalidad del idioma español. Contrasta en forma evidente con el hablar fluido y correcto de las “nanas peruanas” que desempeñan trabajos domésticos para patrones cada vez menos letrados y con el alto nivel de las expresiones culturales del teatro y otros espectáculos que vienen del otro lado de la cordillera.
A medida que Chile avanza económicamente, en vez de subir de nivel cultural, se va degradando públicamente y su lenguaje empobrecido se hace poco entendible para quienes hablan el español en otros países o lo aprendieron para hacer negocios y visitar estas tierras.
Más allá del desagrado que produce a gran parte de los chilenos, esta especie de dialecto, constituye una pérdida importante de vocabulario y una barrera evidente para el entendimiento con los extranjeros, indispensable en un mundo global. Igualmente, usando una expresión de moda, es “un asesinato de imagen” para Chile, considerado antiguamente como uno de los países cultos de Latinoamérica.

viernes, septiembre 19, 2008

Alimento poco tradicional para el espíritu

Aunque parezca increíble, los programas de cocina, constituyen hoy una de las opciones televisivas más cercanas a la alimentación del espíritu. A juicio de muchos, estos producen cierto grado de relajación y permiten encontrar la paz interior, después de un día de tensión y ruido.

La falta de belleza o profundidad en la selección y tratamiento de temas menos concretos, es tan grande que no queda más que gozar mirando un sofisticado plato de comida.
La variedad de ingredientes utilizada en su preparación es también mayor que la de los noticieros, series y otros programas de TV. Las alternativas son a juicio de muchos, pocas y burdas, por eso hay que ver las clases de cocina o apagar el televisor.
La razón fundamental para mantener una programación de bajo nivel intelectual no se relaciona con la preparación de los profesionales que la hacen. Ellos mismos han realizado otras, mucho mejores. Aparentemente, ésta tiene que ver con la arraigada creencia de algunos ejecutivos de televisión respecto a la necesidad de guiarse por el rating pensando que el único objetivo de los medios de comunicación es ganar dinero.
Aunque muchos sociólogos cuestionen la validez de estas mediciones, hay quienes las siguen al pie de la letra. Formados para competir en el mercado, es evidente que para ellos la función social de los medios de comunicación, que permite el desarrollo cultural del país, es un tema pasado de moda.
Sin embargo, ahora a algunos les inquieta otro factor que por ser económico, es también muy válido para ellos: una masa con pocos recursos para comprar, como la que sintoniza los programas y hace subir el rating, no es el público objetivo ideal para quienes desean vender sus productos, porque no tienen los medios para comprarlos.
Este argumento tan frío, que afortunadamente empieza a convencer a algunos ejecutivos de los medios, puede convertirse en una tabla de salvación para los chilenos y aunar una publicidad efectiva con un desarrollo que permita entretener, aumentar el nivel cultural de todos y alcanzar el de otros países. Y esto no sólo se consigue aprendiendo a preparar una comida sofisticada. Lo cual no es algo negativo. El ideal sería comer una rica comida frente a un programa de TV de buen nivel.

Un aporte femenino al debate público

Los programas de conversación de temas relevantes regresan lentamente a la pantalla, para alegría de muchos que ya no encontraban qué ver allí. El espacio “Tolerancia Cero”, desde hace algún tiempo, es el preferido por muchos teleauditores, pero le falta algo: el punto de vista de, al menos, una mujer.
Debatir con respeto temas de interés público y enfrentar posiciones sobre los problemas que atañen a la ciudadanía, es una buena forma de aportar al desarrollo social, a través del periodismo y no cabe más que celebrar cualquier iniciativa seria al respecto. Lo importante, eso sí, es que estos esfuerzos no sólo se concentren en temas políticos, ya tan tratados, sino también en otras materias que enriquezcan la agenda pública y lleven a un diálogo positivo.

El desafío para estas u otras mujeres periodistas es marcar la diferencia. Aportar, además de una mirada distinta en la política o los deportes, aquellos temas que la mujer, por su formación cultural o su sensibilidad, es capaz de debatir en profundidad de otra manera. Todos aquello que al hombre no le interesan o no le convienen.

Entre estos problemas tales como:
la asignación, en forma exclusiva o prioritaria, de los roles domésticos a la mujer y la pobreza que esto conlleva para ellas.
Las razones por las cuáles, en la educación regular y superior, no se incluyen las materias que sirven para vivir mejor como, por ejemplo, las relaciones humanas.
Las responsabilidades ciudadanas de educarse y organizarse para solucionar los propios problemas, sin esperar que todo lo haga el gobierno de turno.
La necesidad de difundir los hábitos que harían posible superar nuestra incultura y nos permitirían crecer como país: la puntualidad en el cumplimiento de los compromisos, entre muchos otros.
Nuestros deberes y derechos como consumidores y tantos más, que harían posibles una sociedad mejor y más armónica.
Estos temas pocas veces se debaten hoy. Sólo se habla de política, fútbol, policía y, ahora, del último chisme en cualquier actividad.
La mujer, para alcanzar paridad de trato con el hombre y ser respetada por el mundo masculino, muchas veces se ve forzada a jugar con patrones masculinos. Ya es hora de que haga su propio aporte, diferente y muy importante. Sería una forma de salir de esta realidad tan poco esperanzadora a la que hemos llegado. Necesitamos una sociedad menos guerrera que busque la felicidad de quienes la componen y no el triunfo de un partido político o equipo de fútbol sobre el otro.