viernes, diciembre 29, 2006

La sonrisa de Isabelle

Los medios de comunicación contaban esta semana que Isabelle, la primera mujer en el mundo a quien se hizo un trasplante parcial de cara, podía ahora sonreír. Su vida, sin la desfiguración sufrida por la mordedura de un perro, le promete otra oportunidad de ser feliz.

Cuando se aproxima un nuevo año, a menudo pensamos en lo que vendrá y planificamos. Es un buen momento para decidir si mantenemos las desfiguraciones del propio rostro o nos hacemos un transplante de cara que permita la aparición de una sonrisa de paz.

En todo orden de cosas, existen perros que hieren, con o sin conciencia de lo que hacen, y a veces dejan huellas que amargan la existencia. Las marcas son difíciles de borrar y condicionan en muchos casos la vida futura. El problema es decidir si destinamos el resto del tiempo a analizar con amargura lo que sucedió. A pensar qué hicimos para merecer ese castigo. A determinar cuál fue realmente el perro responsable. A juzgar si era malo o mordió obedeciendo a su naturaleza. O, por el contrario, aceptamos someternos a un transplante y dejamos el rostro feo en el pasado para mirar hacia delante intentando darle belleza.
A veces, como en el caso de Isabelle, se requiere de una gran valentía. Primero se debe perdonar al perro, pensando en el propio bienestar. Comprender o al menos aceptar que lo sucedido ya pasó y admitir la propia responsabilidad, en caso de que exista. Sólo después de aquello se siente ese alivio que permite dejar las cicatrices en el pasado.

Poco se logra con destinar nuestras energías a sufrir recordando. Asumir la realidad de lo ya vivido y buscar una solución lo más satisfactoria posible es lo que permite volver a sonreír, como sucedió a Isabelle. Vale la pena intentarlo en un nuevo año tanto en lo personal como en lo social .

domingo, diciembre 03, 2006

Pistolas y temores

Algunos periódicos nacionales han destacado en estos días dos temas que dan que pensar: el aumento en la compra de armas y el crecimiento del negocio de la seguridad personal, a través de empresas que ofrecen guardaespaldas, para que los hijos vayan a carretear o las mujeres se sientan más protegidas.

Al leer los mencionados artículos me dio la impresión de estar en un país de bandoleros, donde las personas no pueden circular por las calles ni tampoco permanecer tranquilas en sus casas, si no tienen pistolas para recibir con balas a cualquier visitante inoportuno.

El miedo a los posibles asaltos o ladrones parece ser la consecuencia de una larga campaña del terror realizada por ciertos medios de comunicación que dedican gran parte de sus noticieros a la prensa roja.

Si bien existen casos de delincuencia, algunos bastante audaces, no son el pan de cada día de la mayoría de las personas. Basta pensar cuántas personas de las que usted conoce han sufrido una experiencia de ese tipo.

Mostrar, caso a caso, los hechos de sangre publicando hasta sus más crueles detalles es una forma fácil de atraer el morbo y asustar a quienes no tienen una capacidad crítica. También una manera de captar audiencia o lectores, que disfrutan de la tristeza que produce el mal ocurrido a los otros.

Sin embargo, sembrar el miedo para crear la incertidumbre puede tener respuestas más graves que el problema inicial. Cada uno de los que cree estar en un mundo lleno de peligrosos malhechores, reacciona en forma diferente frente a esta realidad y no comprueba si esa situación es cierta. “Ya no se puede andar en micro-me comentaba una amiga- Dicen que andan, de a cinco, robando carteras”. Por eso ella nunca se moviliza en locomoción colectiva y no puede darse cuenta de que eso no es cierto. Yo lo compruebo diariamente, cuando ocupo estos servicios y puedo asegurarlo.

El miedo trae consigo no sólo el alza de las ventas de los medios informativos. Crea también un ambiente de inseguridad que hace que las personas busquen su propia defensa, comprando armas que no saben manejar y que lo más probable es que sirvan más a los asaltantes si las encuentran, que a ellos para defenderse.

Contar con guardaespaldas para que los jóvenes puedan ir a “carretear” hasta altas horas de la madrugada parece un poco exagerado. Mejor sería, sin duda, que los padres hicieran entender a sus hijos el peligro que significa andar en lugares donde se comercializa droga y se mueven muchos delincuentes para que eviten ese tipo de diversión.

La seguridad no existe en ningún lugar del mundo. Ésta es vulnerada hasta en sus más fuertes expresiones. Hemos visto cómo se puede matar a un Presidente de Estados Unidos, pese al aparataje de protección que tiene y, también, atentar contra el Papa.

Antes de invertir en armas o en guardaespaldas personales sería bueno preguntarse cuántos casos concretos de asaltos y robos conocemos y cuántas veces la tenencia de armas en las casas han hecho daño a los mismos propietarios por accidentes o mal uso. Podemos llevarnos una sorpresa.

También verifiquemos, reloj en mano, cuánto tiempo dedica la televisión a narrar casos policiales y recordemos la programación de antes. Es bueno tomar conciencia que es mayor la publicidad de los hechos policiales de hoy, que su aumento real.

Si bien conviene ser prudente en el actuar también lo es vivir tranquilo, sin aplicar la justicia por nuestras propias manos. Eso sería volver a los tiempos primitivos del “Ojo por ojo. diente por diente” , en que cualquiera mataba por venganza o por placer. En ese caso sin duda el remedio es peor que la enfermedad.

Consumidor alerta: Un seguro para reconocer la verdad

Frente a un gran titular de diario que dice: “Juan González es el peor entrenador de la Selección” una mayoría inocente piensa de inmediato que se afirma es cierto. Sólo los que entienden el proceso de la información, leen más allá y se preguntan: ¿quién dijo eso? ¿Le conviene al periódico donde aparece, que todos crean lo que allí se dice? ¿O venderá más ejemplares por poner esa aseveración? ¿Es Juan González, un opositor a ese medio informativo o lo ha ofendido de alguna forma?

Con frecuencia los lectores comunes no se cuestionan nada y creen a pie juntillas lo que se dice en letras de imprenta. El periódico afirma algo que tal vez dijo el peor enemigo del afectado y da lo mismo que sea o no la verdad. El medio no se expone a nada porque, en letra muy chica, aclara quien emitió esa opinión.

El problema para él o los afectados con este tipo de información es mayor si se trata de un diario de alta circulación o de una radio o canal de televisión de alta audiencia, porque serán muchos los que se queden con lo que allí se afirma: “Juan González es el peor entrenador de la Selección” sin pensar en quién lo dice.

La verdad como valor, importa poco hoy. Además, si se trata de discutir el tema, no faltara quién diga que ésta es subjetiva. Lo que para alguno es azul para otro es rojo. Sin embargo, hay hechos muy objetivos como el robo, el crímen y muchos más, que son verdades muy concretas.

Para reconocer cuál es la verdad de lo que se afirma, se requiere no sólo una formación más crítica del consumidor de medios informativos sino también que exista una representación variada de líneas de pensamiento y tendencias ideológicas en la información, lo que ya no sucede en Chile.

La concentración de la propiedad de los medios informativos en representantes de una sóla ideología no parece sana. Va en contra de la tan popular transparencia que se solicita en todo tipo de actividades y puede, por lo tanto, favorecer la corrupción. También hace posible condenar a inocentes sin posibilidad de defensa frente a la opinión pública.

El país requiere con urgencia mayor formación de los consumidores de medios informativos e idealmente, un mayor equilibrio de tendencias en los dueños de los medios de comunicación.

Sólo así, con un abanico de posibilidades de información, el lector podrá llegar a su propia percepción de la verdad que nace de escuchar, leer o ver el acontecer nacional desde diferentes miradas y seleccionar la que prefiere.

martes, noviembre 21, 2006

Ética y educación: ¿se enseña con el ejemplo?

La cátedra de ética se enseña en la mayoría de las carreras de las universidades e institutos profesionales, lo cual es muy positivo. Sin embargo, ésta no siempre se aplica allí. Hay ocasiones en que se predica pero no con el ejemplo. Por eso conviene estar alerta y saber distinguir si la entidad que se escoge es realmente de ésas donde se actúa con ética o sólo se tiene ésta como fachada.

Es verdad que en un sistema de libre mercado cualquier persona o entidad puede ofrecer un producto o servicio y el consumidor tiene la libertad de tomarlo o dejarlo. También, que los precios se deben ajustar a la oferta y la demanda. Pero no es menos cierto que para que el sistema funcione bien, debe existir un consumidor informado. Por lo tanto, debe dársele a conocer a quién paga por cierta educación, lo bueno y lo malo que tiene lo ofrecido. Como esto no ocurre en forma natural, porque a nadie que hace un negocio le conviene decir lo malo de lo que ofrece, el consumidor debe preguntar a personas confiables y estar consciente de la necesidad de informarse antes de adoptar una decisión, cosa que en Chile no siempre ocurre.

En este momento, por ejemplo, algunas universidades e institutos profesionales ofrecen carreras que tienen copado su campo de trabajo, pero nadie difunde este problema. Lo saben los que ofrecen el servicio pero, pocas veces, quienes lo adquieren. Tampoco las entidades cierran las carreras sobre saturadas, como correspondería, si se considerara el punto de vista ético.

En muchas universidades e institutos profesionales, mientras existan personas que deseen inscribirse en el estudio de un determinada profesión, ésta sigue funcionando. No importa que éticamente no sea correcto, porque se defrauda al alumno, quién pierde tiempo y recursos, a veces muy escasos, ya que al terminar de estudiar no tendrá el trabajo esperado.

Para contrarestar la disminución de alumnos en estas carreras, se admite a quienes lo deseen y no a quiénes son aptos para ejercerla. Poco a poco, se baja la exigencia de puntajes de ingreso. Se eliminan los exámenes de admisión. Se otorgan hasta tres oportunidades, en algunas universidades, para que los alumnos aprueben sus exámenes: sí o sí. Y lo que es más grave aún, en las carreras que requieren de habilidades especiales para escribir, dibujar o cualquiera otra, éstas no se miden al ingreso, por lo que es casi seguro que el alumno se dé cuenta en medio de la carrera, cuando ya ha pagado mucho dinero, que no es apto para ejercerla.

Como si esto fuera poco, cuando escasean los alumnos, los profesores tienen que visitar los últimos años de los colegios y organizar actividades para convencer a los ingenuos estudiantes que ése es el establecimiento y profesión que soñó.

Por otra parte, cada día se inventan carreras de ayudantes de profesionales y otras que nunca tuvieron estudios especiales y por lo tanto, sus egresados deben competir con muchas personas autoformadas o no profesionales.

La ética aunque se enseña mucho, importa poco en algunos establecimientos educacionales. Y pese a que saben que los alumnos pagarán sus mensualidades en vano, porque no tiene “dedos para el piano” o porque su carrera no ofrece un buen campo de trabajo, los aceptan y los aprueban. Lo que interesa realmente es que entre a la escuela y pague. Lo que pase con él después no es problema suyo. Si repite, mejor. Es un año más que cancela las mensualidades.

No todos los establecimientos son así. Los hay buenos y exigentes, pero el consumidor debe estar alerta, informarse bien para saber distinguir a los más honestos y premiarlos con su elección.

viernes, noviembre 03, 2006

Niños y mascotas: Una relación desequilibrada

La primera vez que visité los países europeos, hace ya muchos años, me llamó la atención observar el lugar privilegiado que ocupaban las mascotas, en la vida diaria. Muchas veces reemplazaban a los niños, que ya en ese momento no eran demasiados. En el Chile de esa época, los perros aún comían carne y guisos sobrantes y los gatos cazaban ratones. Los niños abundaban en las familias chilenas, especialmente en las más pobres. Los menos afortunados vagaban por las calles y eran acogidos por el entonces Padre Hurtado o la Fundación Mi Casa, entre otras instituciones.

Las cosas han variado sustancialmente en nuestro país. Pero principalmente para las mascotas. La realidad de hoy nos muestra cómo éstas han subido de categoría. Para ellas hay comida especial, que sus amos compran sin fijarse en precios. También, champú con Aloe Vera, camas ergonométricas, radio-collar educativos y hasta hoteles, para que nunca estén solos o mal cuidados.

Los niños de escasos recursos, en cambio, siguen en una situación parecida a la de entonces. Y quizás peor. Porque ahora ven en televisión la gran variedad de productos creados para ellos, pero no tienen a nadie que se los compre. También algunos siguen sin recibir cariño. Además, hoy proliferan los abusadores sexuales y quienes los protegen, acallando cualquier escándalo que enlode a personas “respetables”.

A los niños pobres, antes y ahora, les falta ese alguien que los animales encuentran con facilidad. Esa persona, que como los amos de las mascotas, los quiera, se preocupe de ellos y de sus necesidades básicas. Los que vagan por las calles, igual que antes, si tienen suerte, son acogidos por instituciones. Si viven en familia, hay que hacer campañas para que cada cuál tenga su propia cama y colectas para que coman. Sin duda no tienen la suerte de las mascotas, que cada vez les quitan más espacio al interior de hogares donde los animales son mucho más importantes que los seres humanos desvalidos.

En los países europeos, no crea problemas de conciencia que quien quiera dedique tiempo y dinero a las mascotas, porque los niños tienen asegurada, al menos, una buena subsistencia. En Chile, en cambio, se importó la buena costumbre de proteger a los animales, pero se olvidó que también pertenecen a ese género los seres humanos.

Es posible que los dueños de mascotas no puedan o no quieran, por la razón que sea, preocuparse de los niños. Pero sería muy lindo que, junto con cuidar a sus gatos y perros regalones, se propusieran gastar el mismo dinero y tiempo afectivo, en los pequeños seres de la raza humana.

viernes, octubre 27, 2006

El tiempo y la rigurosidad: valores olvidados

Uno de los grandes problemas de la sociedad chilena es la poca importancia que se le da al tiempo, especialmente al de los demás.

Los que vienen de otras tierras reclaman por la impuntualidad, convertida en hábito y la falta de rigurosidad en la información, que tambié deriva entre otros, en pérdidas de tiempo. Esto lleva como consecuencia al incumplimiento de lo acordado.

Tal vez le ha pasado alguna vez. Va a comprar tinta para su impresora y el vendedor le da el número equivocado o solicita una talla y le envuelven otra. Y claro, le hacen posteriormente el cambio pero ¿cuánto tiempo y dinero en locomoción ha perdido?

Pero no es sólo eso. Si queda de encontrarse con alguien en cualquier lugar o reunión, lo citan a una hora y lo reciben, al menos, media hora después. ¡Qué decir de los días en que visita al dentista, al médico o al peluquero! Puede pasar horas en espera, no tanto por culpa de los profesionales sino de los pacientes o clientes que normalmente llegan atrasados. También es común el atraso de los maestros. Quedan de ir y no van. Se comprometen a entregar sus productos un día y llegan una semana después.

Resulta extraño para quienes vienen de países más desarrollados, observar esta mala costumbre. En sus tierras hasta el transporte colectivo pasa a la hora exacta anunciada y los cumpleaños infantiles comienzan y terminan según lo pre- determinado por los dueños de casa.

Si sólo nos acercáramos un poco a esas buenas costumbres, podríamos crecer en confiabilidad y progresar, en el más amplio sentido de la palabra. Mientras se esté conforme con el actual estado de cosas, los maestros seguirán entregándo sus productos días más tarde y toda la cadena involucrada en este sistema de gasto del tiempo dará como fruto la desconfianza del extranjero y de los que dentro del país quieren cumplir con el avance de sus proyectos.

domingo, octubre 22, 2006

Valentía y hombría: Un difícil equilibrio

En un programa de televisión, uno de los integrantes del show manifestaba el otro día, que tenía miedo de que alguno de sus movimientos de baile pudiera parecer afeminado. Me impresionó su comentario, porque es lo que muchos hombres en Chile temen en su actuar diario. Y me llegó mucho su comentario, porque evidencia una carga que la sociedad impone a los varones desde que son muy chicos.

Los hombres no pueden llorar ni expresar muchos de sus sentimientos por temor a parecerse a las mujeres. Tampoco moverse de determinadas formas porque puede presumirse que son amanerados. Cualquier cosa que los haga distintos a lo que se les muestra como propio de su género, puede llamar la atención de los demás y por lo tanto, no deben arriesgarse a ser como son.

La mochila con que la sociedad más tradicional carga a los representantes del sexo masculino para que los acepten como machos es tan grande, que los que deciden cargarla, pasan su vida demostrando que son capaces de lucir las cualidades que se les han asignado durante décadas: tener muchas mujeres, ser lo más brutos y autoritarios posibles, no demostrar sus lados tiernos, ni el miedo que a veces sienten frente ante muchos hechos que cualquiera teme.

Quienes se ajustan permanentemente a la opción de demostrar que son machos no se dan cuenta de su gran debilidad: no son capaces de decir que no a un sistema que les impone actuar muchas veces como no lo sienten, sólo por temor a que otros interpreten su forma de ser como distinta a la del macho tradicional. Ese tipo de hombre creado quizás por qué mentes perversas, violentas e impositivas, y que afortunadamente hoy va en retirada. Ese prototipo de persona que no respeta a los demás, demuestra la mayor brutalidad posible y oculta lo más valioso que tiene: su amor por los otros, su ternura, su deseo proceder en forma más justa, equitativa y respetuosa con quiénes son diferentes a él.
Afortunadamente, los machos de ese tipo están dejando paso, aunque lentamente, a los hombres de verdad, con más sentimientos, más respeto por los otros, y con mayor valentía, para enfrentar a una sociedad que no les gusta ni corresponde a su verdadera aspiración.

jueves, octubre 12, 2006

Decálogo para una familia feliz

Cuando tenía veinte años, era soltera y daba mis primeros pasos en el periodismo, escribía una columna en un conocido diario, donde aconsejaba a los padres sobre cómo debían educar a sus hijos. Hoy siento algo de vergüenza de haber tenido la audacia, tan propia de esa edad, de dictar cátedra sobre temas tan complejos cuya solución es distinta en cada caso. Algo similar me ocurre cuando escucho a grupos y personas que se creen poseedores de la verdad, diciendo que esto o aquello atenta contra la familia o la destruye. Inventando decálogos para lograr que esa institución sea perfecta.

La experiencia, que me dan los años y los hijos, me hace ver las cosas de manera diferente. He conocido familias de esas en que se da todo lo que, según los fundamentalistas del tema, no se debe dar: matrimonios separados, hijos nacidos fuera de la unión legal, nuevas parejas, etc... Y pese a ello, las he visto cohesionadas y felices. En su interior los unos están preocupados y ocupados de los otros. Se otorgan mutua protección y bienestar espiritual y material, sin juzgarse. En ellas he palpado muchos lazos de amor que a veces no se dan en otras, constituidas de la manera tradicional.

La complejidad del tema requiere de un análisis caso a caso y no de la masificación que hoy se pretende dar. Las familias perfectas, muchas veces sólo parecen serlo porque destierran o acallan a algunos de sus miembros, a los que tienen una opinión u opción diferente. Con tal de proyectar una imagen impecable frente a la sociedad, no se mezclan ni acogen a los separados, a los homosexuales o a cualquiera otro que pueda infectarlos con el virus de lo humano.

Durante años en nuestra sociedad los matrimonios se mantuvieron unidos para siempre aunque el amor, el respeto o la fidelidad fueran cosas del pasado. En esas familias ideales de antes, si las niñas se embarazaban debían casarse a la fuerza o irse muy lejos, lo que normalmente no sucedía a los varones. Los hermanos o hermanas de pensamiento menos conservador, debían dejar el alero del hogar y partir. En ese modelo de familia que algunos añoran, muchas veces lo que parecía perfecto no lo era tanto, porque se excluía a personas de la misma sangre, sin piedad ni caridad cristiana.

Sería perfecto y saludable tener una familia con un papá, una mamá, hijos y abuelos que se quieran mucho y se apoyen en todo. Pero eso no siempre se logra, porque hay factores y situaciones humanas que lo impiden.

Hoy existe una variedad inmensa de familias que pueden tener igual o mejor calidad de vida que la tradicional. Porque no es cierto que una familia se destruye al separarse un matrimonio. O cuando alguien se casa con una mujer o un hombre que aporta otros hijos. No es lo más fácil ni lo ideal y requiere de un tiempo de adaptación. Pero en esos casos, si existe verdadero cariño, la familia no se desintegra, se amplía.

Todo depende de la cantidad de amor que se dé en las relaciones humanas al interior de un hogar. Porque, finalmente, la familia es un albergue para las tristezas, un lugar donde se acoge al que tiene problemas y se le otorga lo que necesita, en la medida de lo posible. Donde se puede llegar y esperar un abrazo, sin que nadie juzgue cómo se actuó. Todo ello, por lazos de sangre, de afecto o de conocimiento profundo y cercano que uno tiene del otro.

¿Y ahora qué hago?

Al observar las noticias en los medios de comunicación, resulta inevitable sentir junto a sus protagonistas, las emociones e impactos que les producen las tragedias o acontecimientos graves que pueden reorientar su vida para siempre.

Los cambios pueden plantearles sin duda muchas preguntas, más aún si son inesperados: ¿Por qué me pasó a mí, que actué tal “como debía”? ¿Valió la pena sacrificarse tanto para que después les pasara ésto? ¿Lo hice bien?

Además de analizar las razones de lo ocurrido y cuestionarse, los afectados se enfrentan a la pregunta ¿qué voy a hacer ahora? Sienten que su vida está frente a una página en blanco y todos sus proyectos, de un minuto a otro, se desvanecieron. Su sufrimiento también hace pensar a los televidentes o lectores, que harían si fueran ellos los protagonistas de esos hechos.

Encontrar la respuesta frente a un cambio puede ser un proceso difícil, especialmente si se cree que los principios que guiaron las acciones pasadas fracasaron, al no obtener los resultados esperados. Por distintos caminos y situaciones, los afectados y quienes los observan pueden llegarse a plantearse ¿qué hacemos ahora para darle un sentido a la vida? Como las necesidades del espíritu son absolutamente individuales, cada uno tiene la respuesta y no es posible que otro se la dé.

Detenerse en la carrera diaria y pensar qué hacer de ahí en adelante no sólo es bueno cuando sucede una tragedia. Es algo que debería hacerse cada cierto tiempo para ir por el camino que más nos ajusta y hace felices. Es bueno preguntarse cada cierto tiempo: ¿Estoy contento con mi actual forma de vivir? ¿Me gustaría hacer algunos cambios? ¿Cómo lleno mi día con actividades que me den satisfacción espiritual? ¿Por qué camino oriento mi futuro?

Las personas reflexivas muchas veces se formulan estas preguntas. Otros, en cambio, dejan que el tiempo se vaya entre sus manos sin más inquietud que resolver los problemas día a día, comer, beber y, de paso, respirar.

Quijotes y Sanchos marchan por el mundo hasta que algo externo e impactante puede cambiar sus vidas. También, puede sumirlos en la impotencia o la depresión, si no se replantean el camino y hacen, como tanto dicen los empresarios, de la crisis una oportunidad.

Todo depende de la reacción frente a los hechos. No de lo sucedido.

sábado, septiembre 30, 2006

TUGAR, TUGAR SALIR A JUGAR

En una sociedad en la que todos deben demostrar seriedad como signo de adultez, resulta difícil jugar. Hasta a los niños se les reprime este impulso y se les orienta hacia la quietud y el silencio, frente al computador. Y en algunos estratos económicos más bajos, éstos no tienen tiempo para divertirse porque deben asumir obligaciones domésticas o de trabajo cuando aún son muy chicos.

Según un estudio de la psicóloga Pilar Sordo, publicado en su libro “Viva la diferencia”, el problema es más grave en las mujeres que, para peor, desde pequeñas se toman en serio hasta sus juegos: a las muñecas les ponen nombre, son sus hijas y eso les crea muchos deberes.
El juego es una herramienta importante para la comunicación y en los niños, un facilitador de aprendizaje. Existen muchas teorías respecto a la necesidad de jugar. Algunos expertos dicen que sirve para gastar la energía sobrante. Otros aseguran que es una actividad permanente del ser humano y que hace la vida más saludable.
El adulto canaliza su deseo de jugar en actividades artísticas o en un buen sentido del humor. Son facetas que los transforman en personas más saludables y que los hacen sentirse mejor.
Antiguamente, jugar a las cartas era una forma habitual de entretención de los adultos. En la segunda mitad del siglo pasado, los té-canasta hacían furor y los matrimonios se entretenían de esta forma entre amigos, mientras hacían hora para ir a buscar a los hijos a las fiestas. Era una forma económica de pasarlo bien durante horas. También era una actividad habitual entre nietos y abuelos y entre padres e hijos.
Hoy sólo se juega al naipe en vacaciones de verano y son escasas las actividades que hacen reír y convivir en armonía. A lo más se hace algún deporte, aunque la mayoría de las veces se asiste de observador a las competencias. Esto contribuye a algunos de los males de esta época, entre ellos el estrés y la falta de comunicación.
Tal vez es el momento de promover el juego entre los adultos y también entre los jóvenes que así dedicarían, como antes, su tiempo a “carretes” más inocentes y menos dañinos que los actuales.

lunes, septiembre 25, 2006

Manejo de dinero: Orgullo y perjuicio

Muchas generaciones de chilenos fueron educadas en la cultura del ahorro que se iniciaba con la apertura, al nacer, de una libreta del Banco del Estado, sucesor de la Caja de Ahorros. Así se enseñaba a los niños, apenas crecían un poco, que debían depositar los pesos que reunían en su alcancía: un chanchito de greda o un buzón con llave, que sólo se abría cuando estaba repleto de monedas. La cultura del ahorro y el pago oportuno de las cuentas era motivo de orgullo para los nacidos en este país y constituía un signo de honestidad.

Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.

El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .

A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.

El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.

Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.

Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.

Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!

jueves, septiembre 21, 2006

El doble estándar de la píldora

Como en muchos otros temas, el doble estandar chileno surge en la polémica por el uso de la píldora del día después: no se trata el problema de fondo sino se discute lo secundario y se lleva a través de la generalización y cierto tremendismo, a la destrucción de la familia y otras expresiones similares que agrandan las cosas sin solucionarlas.

El enfoque es curioso. Especialmente si se considera que la píldora está hace algún tiempo a la venta en farmacias y puede comprarla cualquier persona que tenga el dinero y se consiga una receta médica, si es que realmente se la piden, ya que se ha visto en reportajes de televisión cómo hasta los productos más peligrosos se comercializan a cualquiera sin mayores problemas. Entonces ¿cuál es la razón para poner el tema en la discusión pública como si en éste se fuera la vida de los jóvenes y de la familia chilena? ¿Por qué no dedicar esta misma energía y espacio en los periódicos para educar sanamente sobre sexualidad y en las relaciones padre e hijo con lo que se evitaría que los padres no ignoren lo que hacen sus hijos? ¿Para qué hacer toda esta discusión teórica de algo que ya está superado por una realidad en la que hay adolescentes entrevistadas por los canales de televisión que usan la t de cobre, que sí es abortiva?¿Intereses políticos? ¿Aparentar que tenemos una sociedad perfecta?

Con frecuencia en nuestro país se dan estos debates que se muestran como valóricos y poco tienen que ver realmente con ese tema. Si se propone educación sexual, surgen muchos diciendo que esta materia es sólo responsabilidad de la familia y no de los colegios. Basta recordar la discusión en torno a las Jocas que se produjo hace algunos años. Entonces, se retira de la educación formal el tema, aunque se sabe que los padres no siempre se atreven o están preparados para conversar con sus hijos estos temas. Y volvemos a punto cero. Y vienen las consecuencias, los embarazos no deseados, las relaciones sexuales prematuras y todo el problema que hoy tenemos al respecto. Entonces los mismos que se opusieron a la educación reclaman otra vez.

Sería ideal que la educación en sexualidad la diera la familia, pero no siempre se dan las condiciones para que esto ocurra. Muchos padres crecieron sin recibirla de las generaciones anteriores, por considerarse un tema tabú. Y aunque en apariencia eso ha terminado, aún algunos sienten un pudor que les impide éstas conversaciones con sus hijos. No todos por supuesto. Depende en parte de los niveles socioeconómicos y culturales en que se desenvuelven. Como también depende de éstos, el acogimiento o la paliza que recibe una adolescente que le cuenta a sus progenitores que ha mantenido relaciones sexuales prematuras. De ahí su temor a confesar lo sucedido y la necesidad de que puedan comprar un anticonceptivo de emergencia por sí mismos, ya que existe la incapacidad de algunos adultos de comprender lo que le sucedió a su hija. Porque al hijo no le dirían nada y hasta lo felicitarían por “hacerse hombre”.

Frente a situaciones tan naturales como la relación sexual, se han tejido socialmente una serie de conceptos que parece increíble que aún existan. He oído a jóvenes decirle a otros que no piensen “cochinadas” refiriéndose al sexo, lo que poco tiene que ver con una de las más lindas expresiones de lo humano. ¿Cuánto queda aún en el inconsciente colectivo de esa antigua concepción sucia sobre la relación íntima de una pareja, creada tal vez por mentes que no conocen de qué hablan? ¿Qué grado de machismo subsiste aún en los padres como para que sus hijas teman confesarles su relación con un hombre?

La discusión inspirada en el habitual doble estándar de los chilenos debería reorientarse. Fomentar la educación sexual, una educación acorde a los valores que cada uno tiene, oportuna y completa. Junto a esto debería centrarse la conversación en el respeto del cuerpo y de la voluntad del otro. También, cultivar la fuerza de voluntad para decir no, si alguien lo considera necesario. Para ser responsable de lo que se hace. Para que ambos integrantes de la pareja asuman sus actos. Porque normalmente sólo la mujer debe afrontar las consecuencias del embarazo y la censura social.

Ya es tiempo de dejar de hablar de la píldora del día después y centrarse en la educación. La sexualidad y las relaciones humanas son temas hasta ahora secundarios en la educación formal y también en el hogar, como la mayoría de los que preparan para la vida. Sólo importa a la sociedad chilena, tener buen puntaje para ingresar a la Universidad y, ahora que está de moda, estudiar un magíster o doctorado, inglés y, si es posible, chino. Todo lo que puede aparentemente llevar al éxito económico. Y ese es el error.

Las buenas relaciones familiares fundadas en la comprensión, el respeto y el cariño, son también fundamentales. Nadie es feliz sólo con dinero. Requiere, además, un éxito en las relaciones humanas. Esto permite, aún en la pobreza, que los padres se comuniquen bien con los hijos, se enteren de lo que les sucede sin que los hijos les teman y los aconsejen, incluso en la decisión de compra o retiro de un anticonceptivo de emergencia.

El problema no es que la píldora del día después esté a disposición de quien quiera usarla, pagando o no, lo que parece justo. El tema es que la sociedad chilena actual promueve a través de los medios masivos de comunicación las relaciones sexuales hasta para vender pasta de dientes, sin proporcionar una educación formal o familiar. Y después se horroriza, con su tradicional doble estándar, de lo que sembró atribuyendo la culpa al gobierno de turno.

jueves, septiembre 07, 2006

Manejo del dinero: Orgullo y perjuicio

Muchas generaciones de chilenos fueron educadas en la cultura del ahorro que se iniciaba con la apertura, al nacer, de una libreta del Banco del Estado, sucesor de la Caja de Ahorros. Así se enseñaba a los niños, apenas crecían un poco, que debían depositar los pesos que reunían en su alcancía: un chanchito de greda o un buzón con llave, que sólo se abría cuando estaba repleto de monedas. La cultura del ahorro y el pago oportuno de las cuentas era motivo de orgullo para los nacidos en este país y constituía un signo de honestidad.

Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.

El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .

A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.

El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.

Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.

Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.

Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!

Manejo del dinero:

Muchas generaciones de chilenos fueron educadas en la cultura del ahorro que se iniciaba con la apertura, al nacer, de una libreta del Banco del Estado, sucesor de la Caja de Ahorros. Así se enseñaba a los niños, apenas crecían un poco, que debían depositar los pesos que reunían en su alcancía: un chanchito de greda o un buzón con llave, que sólo se abría cuando estaba repleto de monedas. La cultura del ahorro y el pago oportuno de las cuentas era motivo de orgullo para los nacidos en este país y constituía un signo de honestidad.

Al contrario de lo que antes ocurría hoy ,por intereses comerciales de algunas empresas, personas que no son de su familia incentivan en los jóvenes el endeudamiento, mediante la apertura de tarjetas de crédito, antes que siquiera tengan los ingresos suficientes para pagar sus mensualidades. Se forma así una cultura de la deuda y de la irresponsabilidad, ya que lo que ellos gastan deben pagarlo sus padres, por temor a que se manchen los antecedentes comerciales de sus ingenuos hijos.

El otro día escuché a un joven que contaba que no tenía cómo pagar su almuerzo. La razón me pareció curiosa. No era que se hubiera acabado el dinero de su mesada sino el cupo en su tarjeta de crédito que, al parecer , consideraba como parte de su presupuesto mensual .

A los chilenos mayores les parece increíble que esto suceda, porque supone que el crédito sólo se ocupa para gastos grandes e indispensables, siempre que se tenga el ingreso mensual suficiente para responder al pago de las cuotas que la deuda va a generar. En caso contrario, cuando los gastos no son de primera necesidad, algunos expertos dicen que sólo conviene ocupar la tarjeta para comprar y pagar a fin de mes o en tres cuotas sin recargo.

El uso de instrumentos de crédito produce intereses que aumentan notablemente el precio de las cosas, perjudicando a quien las utiliza a largo plazo. Más aún, si el monto excede su posibilidad de pago. Las revistas de consumidores demuestran cómo comprando con este sistema, a veces se cancela, además del precio de lo adquirido, el valor de otro producto, sólo por concepto de intereses.

Por otra parte, el sistema actual de trabajo hace que la estabilidad en éste sea mucho menor que antes, por lo que es frecuente perder la fuente de ingresos. Esto significa, en caso de endeudamiento, que no sea posible responder el pago de las cuotas y el comprador se incluya en listados que manchan sus antecedentes comerciales, lo que le puede impedir hasta el ingreso a futuros trabajos.

Como en nuestro país, en muchos casos se opta por vender el sillón de don Otto, del conocido chiste, no falta quien proponga como ha aparecido en los medios de comunicación estos últimos días, que la solución es suprimir el Boletín Comercial. Así nadie sabe quién no paga sus deudas a tiempo.

Quizás sería mejor pensar en un regreso a la cultura del ahorro y del cumplimiento en los pagos, la misma que hoy se usa en países desarrollados y exitosos donde personas, más cultas e informadas, están poco acostumbradas a vivir a crédito. ¡ Por algo será...!

viernes, septiembre 01, 2006

La necesidad de dar frutos

En un país como Chile, donde los escritores son los que menos se benefician económicamente de la venta de sus propios libros, siguen surgiendo talentos casi por inercia: porque sus razones no tienen que ver con el dinero, sino con su naturaleza creadora, que los impulsa a dar frutos.

Para ellos es importante saber, al menos, que existe otro grupo que se mueve con similares motivaciones: el de quienes sienten la necesidad de leer y no tienen dinero para adquirir libros, por lo que los solicitan en las bibliotecas.

Ambos grupos han celebrado con alegría los diez años de existencia del Bibliometro, período en el cual este sistema ha prestado más de un millón y medio de libros a lectores que no sólo los devolvieron a tiempo, sino a veces los entregaron forrados, para que tuvieran la mayor protección posible.

El proyecto crece junto con las estaciones del Metro. Esto demuestra que no es falta de interés por leer sino el alto precio, lo que hace que los chilenos no compren muchos libros.

Cada vez que se habla de este tema, inmediatamente se destaca la necesidad de quitar a estos productos el Iva, medida que bajaría un poco su valor. Pero nadie comenta, tal vez por desconocimiento, el recargo enorme que aplican a su precio inicial, los locales que los venden.

Después del largo proceso que implica crear una obra, escribirla, corregirla muchas veces, diagramarla e imprimirla, financiando la totalidad de los costos de los profesionales e insumos, los editores obtienen el valor final del producto. Entonces llega el momento de la distribución y la librería o local de ventas, normalmente, duplica esta suma y, además, le agrega el Iva. De esta forma, un libro cuyo valor final es de cuatro mil pesos, se vende en ocho mil pesos más Iva al comprador final.

Los derechos de autor que se dicen defender impidiendo el “pirateo” son, en su mayoría, irrisorios. Si el libro lo costea una editorial, probablemente, le corresponda a quien lo escribió, el 10% de la ganancia obtenida por ésta al entregarlo a librería, una vez descontado el valor de impresión, diagramación y otros. Lo que quiere decir el 10% de casi nada.

El esfuerzo de escribir y corregir, que dura meses o años, es muy poco valorado. Y si los escritores siguen creando sus obras es por naturaleza: no pueden evitarlo. Son como los árboles que dan sus frutos sin preguntar en cuánto los van a comercializar. Además, cuando tienen éxito, se siente contentos y, si se hacen famosos, disfrutan de lo positivo y negativo que tiene transformarse en un personaje público.
La mayor satisfacción a la que puede aspirar un escritor chileno es, aparentemente, sentirse valorado por sus lectores. Y leído por aquellos que visitan las bibliotecas y el Bibliometro.

jueves, agosto 24, 2006

El peligro de buscar la belleza actual

Una reciente encuesta internacional, que también se realizó en nuestro país, determinó que sólo el 2% de las chilenas está contenta con su apariencia física, una de cada cuatro dice estar gorda y un alto porcentaje ha pensando hacerse una cirugía estética, entre ellas las adolescentes.
El 70% de las chilenas declara que la publicidad y los medios de comunicación han impuesto un modelo de belleza imposible de alcanzar.
Las consecuencias de este fenómeno son, entre otras, un aumento creciente de los cuadros ansiosos, un alto consumo de ansiolíticos; mayor cantidad de cuadros de depresión; un aumento de los casos de bulimia y anorexia y crecientes adicciones, no sólo al alcohol .
A las mujeres de hoy, junto con la responsabilidad de procrear, se le exige ser extremadamente delgadas. Ambos aspectos se contraponen, si se toma en cuenta que para tener buenos partos se requiere de caderas anchas y algo de grasa .
Sería interesante un debate sobre el rol de las comunicaciones en este tema. Qué o quiénes han determinado los actuales cánones de belleza y cuán válidos son éstos.
Muchas personas nunca se han detenido a pensar qué intereses se mueven detrás de la obligación que tiene la mujer en esta sociedad de mujer ser flaca, abandonando sus formas naturales que, normalmente, son las que más atraen a los hombres.
El espacio televisivo que tantas veces se dedica a programas que no aportan mucho a la comunidad, podría incluir temas como éste, que afectan a la sociedad entera. La anorexia y la bulimia constituyen un problema de salud pública cada vez más presente en Chile.
Las exigencias que se ponen hoy para considerar a una mujer bella no son de siempre. En la antigüedad y Edad Media los patrones de belleza ni siquiera se vinculaban al sexo femenino y por lo tanto, tampoco constituian una exigencia para ellas. Esto ocurre recién en el Renacimiento, cuando pasaron a ser “un objeto decorativo”. Y, en todo caso no hay que olvidar que antes: “la gordura era parte de la hermosura”.
Sería conveniente conversar como sociedad, cuáles son las razones de promover una imagen femenina de flacura extrema, como la actual. Es posible que al menos tomemos conciencia del problema y no hagamos el juego a quienes se benefician con la cultura de los productos “light” y otras modas del momento.
Sólo así evitaremos los peligros de tener una belleza predeterminada por los medios de comunicación en vez de la real, que nace en sí misma.

El quinto poder: un consumidor bien informado

Una información fidedigna es indispensable para tomar buenas decisiones, de cualquier naturaleza. Conocer aquello que ocurre en nuestro entorno, es una tarea cada vez más compleja y supera nuestra capacidad de observación directa. Por eso usamos, y confiamos, en los medios de comunicación o “cuarto poder del Estado”. Sin embargo, es importante mantener una actitud conciente, saber cuál es la inspiración ideológica o económica que éstos tienen y qué imágenes o productos nos quieren vender.

El consumidor común muchas veces desconoce esta realidad y asimila con inocencia lo que el medio le dice, interpretándolo como una verdad absoluta, sólo porque “salió en los diarios”. Esto produce a veces injusticias, ya que puede deformar la visión de los hechos y de las personas involucradas en éstos.

Más allá del trabajo periodístico de recopilar y redactar la noticia, existe una labor editorial que determina los temas que se darán a conocer y qué se dirá al respecto, ciñéndose a la línea del medio informativo. Ésta resguarda el pensamiento y los ingresos, no sólo de las empresas periodísticas y sus avisadores, sino de todos los integrantes del holding de los dueños del diario, radio o canal de televisión.

El consumidor de medios debe asumir un rol activo y conocer lo que orienta a su fuente de información. Debe saber quiénes son los dueños de los diarios, radios o canales de televisión en que se informa, conocer su pensamiento y sus intereses económicos. Sólo así podrá determinar, por sí mismo, qué le conviene o no internalizar, constituyéndose en el quinto poder del Estado, tan necesario para regular el proceso democrático y también, el del mercado.




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Alerta frente a la información

Los medios de comunicación para financiar sus productos se valen, principalmente, de la publicidad. Por esta razón, permanecen divididos entre su misión social de informar y los intereses de sus clientes, a quienes no pueden descuidar si desean continuar subsistiendo. Esto hace que muchas veces los editores, que eligen los temas que se van a tratar y lo que se va a decir o callar sobre éstos, sean presionados por las gerencias comerciales de sus empresas. Se trata de lograr que destaquen aquello que directa o indirectamente favorece el consumo de los productos que ofrecen los avisadores del medio informativo, sean o no beneficiosos para los receptores de la información.

En la misma medida que los editores ceden a esta presión y hacen prevalecer los intereses de sus clientes por sobre los de sus lectores o teleauditores, la sociedad entera puede ser conducida a consumir aquello que no la beneficia y más bien le daña. Un ejemplo son los artículos que promueven la compra de elementos nocivos como el cigarro, la comida chatarra o alimentos que tienen productos químicos cancerígenos.

El tratamiento que se da en los medios de comunicación a la nutrición humana, por ejemplo, puede ser muy variado. Cuando se enfoca el tema pensando en el lector o teleauditor, se habla de alimentación equilibrada y de consultar a un especialista, antes de iniciar dietas para adelgazar o incluir medicamentos que tienen este objetivo. Si en cambio el editor hace prevalecer el interés de las empresas avisadoras por sobre el de su público, puede promover, por ejemplo, el uso tratamientos reductores con productos específicos que, “por simple coincidencia” forman parte de su avisaje habitual .

El lector, auditor o teleauditor no puede modificar esta realidad interna de los medios de comunicación pero sí, estar alerta y distinguir la información que sirve sus intereses y aquella que le puede hacer daño. Para ello debe actuar como un consumidor responsable, lo que implica informarse en fuentes variadas, directas, confiables y lo más objetivas posibles. De esta manera, tendrá a mano los elementos para distinguir entre lo que los medios de comunicación le entregan como una información valiosa y aquello que constituye sólo una forma de venta de productos o ideas determinadas.

Una posición más crítica frente a la información impedirá que su actuación sea la de un títere, movido por hilos que otros manejan de acuerdo a lo que desean venderle o hacerle creer.

Facilidades para no estudiar

Dicen que "Lo que natura non da Salamanca non presta", aludiendo a la necesidad de contar con ciertas condiciones intelectuales para estudiar en la universidad. Lo recordé hace poco, cuando un alumno de periodismo confesó a su profesor, en mi presencia, que no tenía facilidad para escribir, ni menos para leer.

Aunque el reconocimiento de su inhabilidad para esta profesión me quedó claro de inmediato, me pareció increíble que cursara el cuarto año de la carrera ¿Cómo había ingresado a estudiar allí si no tenía habilidades para escribir? ¿Cómo había permanecido y aprobado los cursos durante tanto tiempo?
La primera respuesta me la dio sin querer un profesor de planta de esa escuela, cuando le pregunté sobre el examen de selección para entrar a primer año: "Sólo se conversa con ellos, para detectar si tienen problemas psicológicos-me dijo- pero ya no hay pruebas de habilidades de lenguaje, ni de actualidad, como antes. La matrícula ha bajado mucho y no hay que poner problemas".

De acuerdo a la información obtenida, esto sucede en algunas escuelas no sólo de periodismo, ya que en algunas universidades se privilegia lo comercial sobre lo académico. Esto respondió mi segunda pregunta. Hay casos en que esos establecimientos dan tantas facilidades para que los alumnos aprueben las cátedras, que éstos tienen hasta tres oportunidades de examen final en cada semestre.
La idea, aparentemente, es que las promociones se renueven y la universidad funcione, recibiendo los ingresos necesarios para subsistir. También, evitarse problemas con los alumnos.
Algunos profesores, sometidos a tomar exámenes tres veces cada semestre, optan por hacer evaluaciones más simples y aprobar de inmediato a los alumnos. Como éstos perciben cuáles son las reglas del juego, no se preocupan mucho de estudiar: al final aprobarán de todas formas: "la fulanita no viene nunca a clases y siempre sale bien”-comentan. Además, afirman ellos, "la asistencia corre sólo en el reglamento, porque en la práctica no se aplica".
La calidad de profesionales que está saliendo de algunos establecimientos de educación superior, es un problema nuevo para una sociedad como la nuestra, donde estas instituciones, en general, tienen un prestigio merecidamente ganado por el esfuerzo de muchas generaciones. En el caso del periodismo, los profesionales con una mala formación representarn un serio peligro ya que por ignorancia o falta de preparación pueden escribir informaciones erróneas, poco rigurosas o mal redactadas que produzcan equívocos, lleven a la deshonra de las personas e instituciones o conduzcan a la toma decisiones equivocadas. Además, si por cualquier razón ajena a la calidad, alcanzan el cargo de editor, no tendrán la formación apropiada para conducir a un grupo de profesionales en una misión tan importante como la de informar a la comunidad.

El despido inesperado: una práctica inhumana

Uno de los momentos más difíciles de enfrentar para el afectado es aquel en que se le despide del trabajo. En algunos casos es algo que se ve venir, por incompatibilidades con su superior o algún desacierto en el desempeño de las funciones. En otros, los peores, el despido es inesperado ya que el jefe o la empresa, con una falta de transparencia enorme, pese a que hace tiempo quiere eliminar al trabajador nunca se lo ha siquiera insinuado. Conozco casos en que hasta se ha felicitado quince días antes al empleado por su desempeño y, luego, se le ha “desvinculado de su trabajo” como se dice elegantemente hoy, de un minuto a otro, en un acto que puede aparecer algo sádico.

Lamentablemente, en Chile en los últimos años se ha convertido en una moda esta forma de proceder. A criterio de muchas empresas, es mejor que el afectado no sepa lo que viene: para que no cuente a los estamentos superiores los problemas que se viven al interior de su sección o departamento; para que no desprestigie a su jefe, si lo hace mal; para que no alcance a llevarse la información que podría ser de interés: sus últimos trabajos, sus nuevas ideas y todo aquello que podría ser de utilidad para el organismo o entidad en que se desempeña y está almacenado en el computador o en archivadores. La idea es no correr el riesgo de que el empleado haga algo que los afecte a ellos de cualquier manera. Por eso, el mes de aviso, establecido por la ley para echar a un trabajador, se le da en dinero y se le pide en la mañana que en la tarde vuelva a su casa, definitivamente.

Lo que suceda a la persona, afectada con este golpe bajo, no es problema de la empresa, ya que el trabajador, aunque haya aportado durante años su esfuerzo para el beneficio de ésta, ahora no pertenece a sus filas ¿Qué importancia puede tener su dolor, su salud mental, su situación humana en este caso? Y estamos hablando de personas que no han cometido ninguna falta. De personas que muchas veces son despedidas por lo que elegantemente se llama hoy “necesidades de la empresa” lo que significa que eliminarlos de los gastos permite mayores ganancias.

Sin embargo, esta forma de proceder crea una inestabilidad laboral que sienten los demás funcionarios y se desmotivan, lo que incide en la producción. Esta puede ser posiblemente la única revancha frente a un acto tan egoísta y frío, que no da tiempo a las personas, para despedirse de lo que han hecho durante años, para cerrar el ciclo, para tener aunque sea ese breve mes, que antes se daba, para hacerse el ánimo de cambiar de actividad y partir por la puerta ancha, con cierto grado de dignidad.

En el frío mundo del trabajo de hoy, lo único importante es el dinero que produce una empresa, y si una pieza no ajusta, hay que sacarla. Por eso, no es raro leer en los diarios que algunos representantes de este tipo de pensamiento se opongan a cualquier iniciativa que permita el mejor desarrollo humano o de la familia, a través de permisos para los padres cuando nace o muere un hijo o del fuero paternal, por ejemplo. Las personas son para ellos lo menos importante. Lo que vale es la ganancia, el dinero.

Lo curioso es que estas mismas personas tratan de aparecer públicamente como defensores de la familia, de sus integrantes, de los valores y rasgan vestiduras frente a cualquier acción que, según su criterio, los afecte. Es el doble estándar de los chilenos, del que tanto se habla. Lo importante es parecer, no ser.